El amor y otras malas decisiones 23 Mejor no me despido
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23 Mejor no me despido

Once llamadas perdidas. Once.

Ni nueve ni diez. Once llamadas perdidas tenía de Silvia, desde que nos despedimos ayer por la mañana. Con sinceridad, después del día tan complicado que había tenido, solo quería rememorar y ser capaz de salir de esa disociación en la cual me había visto inmersa. Para ello, sentía que tenía que estar sola, no pensar en nadie más que en mí y, sobre todo, dormir.

A la mañana siguiente, nada más abrir los ojos, me encontré esas once llamadas perdidas. No sabía qué debía hacer, de verdad. ¿Tú qué piensas sobre el asunto? A mí, la verdad, es que no me nacía contestar a las llamadas y mucho menos a los WhatsApp de preocupación que he recibido; así que opté por no dar ninguna respuesta.

En el momento de hacerme el café, recordé la conversación entre Silvia y yo de ayer; sobre todo, sus palabras: «No, si al final vas a tener razón en que no era importante».

Algo muy similar a la rabia empezó a comerme por dentro y, de repente, cogí el móvil.

Estuve a punto de llamar a Silvia. Quería hablar con ella sobre todo lo que me había pasado por la cabeza y decirle que había tomado una decisión sobre lo nuestro. Pero lo cierto es que no había decidido qué hacer aún, así que, en lugar de buscar su nombre en los contactos del teléfono, preferí abrir el WhatsApp y preguntar por el grupo de mis amigas quién estaba disponible para hacer un vermú en una hora.

Todas aceptaron. Claro, un domingo sin vermú no es domingo.

Al llegar al lugar —una de las mejores vermuterías de Barcelona, por

cierto—, nos sentamos al sol y cada una pidió un vermú distinto.

Sara pidió un vermú blanco, tan divertido y diferente como ella. Nuria pidió uno rosado: original, vibrante y, por supuesto, una opción diferente a las demás. Y Lidia… Lidia optó por mi favorito: el clásico vermú negro.

Cuando me preguntaron qué bebida quería yo, la respuesta se me complicó hasta el punto de no pedirme nada; solo el agua que habíamos pedido entre todas para acompañar.

Mis amigas se sorprendieron muchísimo. Normalmente, sé con mucha seguridad qué es lo que quiero tomar y, sobre todo, lo que me apetece, pero ese día, por apetecerme, solo me apetecía quedarme en el sofá, haciéndome una bolita humana.

Como decía, suelo estar muy convencida de lo que quiero en el momento. Así que a mis amigas les sorprendió mucho, no solo mi indecisión, sino el hecho de que no haya querido acompañarlas a tomar algo. Entre muchos de los motivos que podría haber, está el hecho de que había sido yo la que había propuesto quedar.

—¿Te pasa algo? —preguntó Sara—. Nos da la sensación de que estás preocupada por algo y no sabes de qué manera decirlo.

—Sí, como si nos necesitaras, pero no supieras para qué —añadió Lidia.

—Va, suéltalo ya, ¿ha pasado algo con Silvia? —finalizó Nuria, que después de nuestra conversación del otro día debía de olerse algo.

¿En qué momento tuve la genial idea de querer huir hacia delante e implicar a mis amigas?

—Pues lo cierto es que no ha pasado absolutamente nada con Silvia. De hecho, he decidido que no pase nada más nunca.

La respuesta las dejó ojipláticas, mirándome y en silencio. Ese silencio me pareció liberador, aunque Sara tardó muy poco en romperlo:

—¿Habéis roto? Lo sentimos mucho, cielo.

—Sí, lo sentimos, cariño —añadió Nuria—. ¿Qué ha pasado?

—¿Y cómo ha sido? —se unió Lidia.

La verdad es que no tenía ni idea de qué contestar, porque ninguna de esas tres preguntas se podía responder a través de mis acciones: ni había roto con Silvia, ni había pasado nada —al menos que ella supiera—. Y, desde luego, si tuviera que responder a la pregunta de cómo ha sido, diría que dejando de contestar a las llamadas. Así que lo que se me ocurrió decir

fue…

—En realidad, he dejado de responder a sus llamadas. He decidido que no quiero eso en mi vida y ya está. Me hacía sentir cosas muy bonitas, pero también muy desagradables. Llevo unos días sintiendo que he perdido la conexión con la persona que soy, y no puedo permitírmelo. Así que he dejado de responderle y de llamarla. Con seguridad, en algún momento dejará de buscarme.

El silencio de mis amigas fue mucho más largo esta vez y, para mí, más incómodo.

El momento en el que di mi explicación, supe, por las caras de mis amigas, que estaba haciendo algo mal. Pero creo que tal vez no sé hacer las cosas de otra manera.

Sara rompió el silencio para preguntarme:

—Entonces ¿le estás haciendo ghosting?

Mi cabeza empezó a sentenciar mi conducta como un comportamiento tóxico. Realmente, hasta que Sara no me había planteado esto, mi único objetivo era huir de esa relación para que no me hiciera más daño. Aunque ahora, dándome cuenta de todo lo sucedido, creo que tendría que haber sido algo más valiente y enfrentar esta situación. Y, por eso, creo que inconscientemente quería quedar con mis amigas: me gustaría no solo saber que existen mejores maneras de gestionar las cosas, sino que también desearía aprender a aplicarlas con su ayuda. Así que empecé a preguntar:

—¿Y cómo creéis que puedo alejarme de ella sin hacerme daño? No sé si me veo preparada para escuchar su voz y no caer rendida a sus pies; oler su perfume y no pensar en otra cosa que no sea besarla. De verdad, creo que me va a costar mucho hacer las cosas bien.

—Te estás equivocando, amiga —interrumpió Lidia—. A veces, la mejor forma de hacer las cosas correctamente es actuar de la misma forma que te gustaría que lo hicieran contigo. No te empeñes en hacer las cosas bien sin hacerte daño, porque eso es muy complicado. Fíjate en lo que pasó con Héctor: por mejor o peor que lo hiciera, os hizo daño tanto a él como a ti. Todo por no afrontar sus sentimientos desde el principio. De verdad, céntrate en aquello que, a medio plazo, te reconfortará haber hecho.

—Sí —añadió Sara—. Y, si nos necesitas, te estaremos esperando en este bar, aunque tengamos que quedarnos hasta la noche.

—¡Mucho ánimo, amiga! —exclamó Nuria—. Siempre podrás contar

con nosotras.

Y así sin más, brindé con agua por primera vez.

***

Fue un mediodía que se alargó bastante hablando sobre todo esto, pero, como estaba a punto de estallarme la cabeza y no quería cogerles el ritmo con las copas, me fui y las dejé con la fiesta. ¿Dirección? Casa de Silvia.

Sabía que iba a estar en casa porque daban una maratón de su serie favorita y me había preguntado hace semanas si quería verla con ella. Pero, como mi casa queda prácticamente al lado de la suya, pensé en subir a por una sudadera; yo, a principios de septiembre, ya empiezo a tener frío.

Mientras iba en la línea roja de metro, empecé a recordar toda esta historia con Silvia, desde el principio: por un lado, ella me había descubierto que puedo sentir cosas maravillosas por otras personas que no sean Héctor. Además, me ha abierto la mente en unos sentidos que no te puedes llegar a imaginar. Eso me alegra, porque, gracias a ella, sé que puedo querer a todas las personas sin miedo, tabúes e incluso géneros. Yo no sé si este es tu caso, pero es muy liberador desprenderse de esas ataduras. Deberíamos amarnos más, y no comernos tanto el coco.

Me quedaba una parada para llegar a mi casa cuando me di cuenta de que era la primera vez que los pensamientos sobre algún tema que me preocupa me resultaban agradables y útiles para enfrentar la situación sin autosabotearme.

Creo que la terapia funciona.