El amor y otras malas decisiones 22 Pero… ¿qué es
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22 Pero… ¿qué es

una disociación?

Hoy he ido a urgencias. Sí, así como lo estás oyendo. Todo ha pasado muy rápido y ha comenzado esta mañana.

Anoche, después de cenar, Silvia vino a dormir a mi casa. Ambas estábamos muy cansadas, así que decidimos acurrucarnos —aprovechando las noches de finales de agosto, que ya empieza a hacer fresquito con la ventana abierta— y dormir.

A la mañana siguiente, me desperté algo aturdida, como si no pudiera controlar lo que sucedía: me hacía el café y sentía como si estuviera viendo todo lo que ocurría como si pasara en una película. Es como si estuviera fuera de mí. Cuando Silvia se despertó y me dio los buenos días, apenas pude hacerle un gesto de vuelta. Solo podía observarla, como si todavía siguiera durmiendo y fuera un sueño. Es una sensación que, hasta ese momento, no había tenido nunca.

—¿Qué tal has dormido, princesa? —me preguntó mientras se servía su café.

—Bien, aunque me he levantado algo confundida. Debe ser el calor —

contesté a duras penas.

—Ah, ¿sí? Pues yo he dormido fenomenal. Por cierto, ahora que me encuentro fresca y renovada, ¿qué era aquello de lo que querías hablar anoche?

¿Cómo? ¿Que había algo de lo que quería hablar anoche? Entré en pánico. De esa noche solo recordaba haber tomado un plato de macarrones

a la carbonara, en ese sitio nuevo de Diagonal, habernos recorrido toda la línea en autobús, porque no funcionaba el metro, y poco más, la verdad.

Me acuerdo de llegar a casa, ponerme el pijama y dormir acurrucada a Silvia. Había pasado buena noche, al menos eso creo. La cuestión es que no recordaba nada sobre tener una conversación. Ni siquiera algo que me molestara.

—Pues la verdad, no recuerdo querer hablar contigo sobre nada. Igual luego me acuerdo —logré contestar, tras habérmelo pensado mucho.

—No, si al final vas a tener razón en que no era importante —continuó ella.

Y, al decir esa frase, sí que se me vino a la cabeza una sensación que no llegó a ser recuerdo. Decidí pasar página y continuar el día.

Ambas fuimos a trabajar.

La verdad es que no tenía la cabeza para muchas de las tareas más simples que me habían enviado. Parecía como si no tuviera fuerza, pero, por otro lado, me sentía muy acelerada. Normalmente, suelo tomar dos cafés, pero hoy solo me había tomado uno. Sentía como si no controlara los latidos ni la respiración, y esos síntomas fueron a más.

Llegó un punto en el que estaba muy preocupada y tuve que marcharme a urgencias.

Mientras esperaba en la sala del médico, veía mi alrededor cada vez más irreal: niños llorando, personas mayores llamando a la puerta del doctor para ver si podían atenderles más rápido, y el típico señor de mediana edad que está hablando por el móvil a grito pelado, olvidando que existimos las personas de su alrededor.

Cuanto más tiempo pasaba, antes miraba el reloj. Me invadía el agobio y la angustia por no saber si me pasaba algo incontrolable, como un infarto o un ictus, porque, claro, recordemos que llevaba así desde esta mañana.

Cuando creía que no me iban a atender jamás, se abrió una puerta y escuché una voz moderada decir mi nombre completo.

La doctora, al verme tan alterada, supo al instante lo que me ocurría.

Se trataba de un ataque de ansiedad.

Otro.

Qué recuerdos, ¿verdad?

Pero esta vez sentía que era diferente y decidí explicarle los síntomas más pausadamente, a lo que ella me contestó:

—Ya, bueno, es que no todos los episodios de ansiedad son iguales. En tu ficha dice que estás yendo a terapia, ¿no? ¡Es estupendo! Cuéntale a tu terapeuta lo que ha sucedido y, como hace poco viniste con algo parecido, te voy a pasar con psiquiatría. Toma esta pastillita. Te la pones debajo de la lengua y espera en la sala ocho a que te llamen, ¿vale? —Continuó—: Ah, y mucho ánimo, ¿eh? Seguro que estás pasando una etapa de mucho estrés.

Fue como si se hubiera tragado un librillo de cómo consolar a una persona preocupada para dummies y hubiera escupido todas las frases estándar hacia mí.

Pero bueno, decidí esperar a ver qué me contaba el psiquiatra.

Tras diez minutos de consulta y leerse mi historial médico, me recetó un relajante muscular para tomar esa semana, acompañado de una baja de una semana y un indiferente «mejórate».

Tras la sesión, decidí volver a casa y no contarle nada a na die.

Recordaba la conversación que había tenido en la última sesión con mi psicóloga, pero había cosas que no me cuadraban. Empecé a dar vueltas a todas las ideas que me dio y a aquello en que me insistió: la vinculación sexual con Silvia y en que encontrara el origen de ese enganche.

Pero no lo encuentro, porque, hasta donde yo sé, esta noche no hemos tenido sexo y, además, no recuerdo que quisiera hablar con ella, ni de qué.

Hubo un momento en el que mi cabeza estalló y me quedé dormida en el sofá sin darme cuenta.

Tras despertarme de una siesta de aproximadamente tres horas, decidí coger el teléfono y llamar al gabinete de mi psicóloga. Necesitaba entender qué me pasaba y me dio cita a última hora de la tarde, a las ocho y media.

Te prometo que este día se me estaba haciendo eterno y necesitaba respuestas cuanto antes.

Llegué a la consulta al menos quince minutos antes, y yo suelo aparecer justita a todos lados.

Lo primero que hice fue agradecerle este hueco porque debía de estar cansada y que esperaba no haberle fastidiado mucho los planes. Ella sonrió y me dijo que, si tuviera algo más que hacer, no me hubiera dado la cita, así que le podía empezar a contar mi historia.

Después de explicarle la locura de día que había tenido y mirarla con cara de desconcierto vital, mi psicóloga me indicó que probablemente estuviera siendo víctima de una «disociación» y, lo más impactante, que era

normal.

—¿Una disociación? ¿Qué es eso? ¿Es grave? ¿Tiene cura? —le pregunté un pelín alterada.

—Tranquila —respondió—. Es muy normal, y más en casos como el tuyo. Pero antes voy a hacerte unas preguntas, por si no he acabado de comprender la situación y así no explicarte cosas que no son.

Las preguntas que me hizo fueron:

• ¿Tienes dificultad para recordar todo lo que pasó o son lagunas de memoria con fragmentos borrosos, como si hubieras visto una película o te hubieras despertado de un sueño?

• Esta mañana, ¿te has levantado como si estuvieras muy cansada o con resaca? ¿En qué lo has notado?

• Has dormido más hoy. Me has dicho que te has echado una siesta. ¿Ha sido por fatiga mental o por la desorientación y confusión que hayas podido tener?

Le respondí tal y como llevaba siendo mi día, y es que había dado en el clavo en todo. Mientras iba haciéndome preguntas, yo me asustaba más, porque me daba cuenta de que la respuesta iba a ser positiva en disociación.

—¿Qué me está pasando?

—Efectivamente, se trata de una disociación. A ver, siendo más específicas, se trata de una amnesia disociativa. No te preocupes. Es normal que este tipo de disociación suceda cuando estamos teniendo conflictos emocionales o experiencias muy estresantes: vamos, que has olvidado los eventos importantes que han estado relacionados con algún trauma o algún estrés emocional. No te preocupes, no es intencional. Tú no eliges olvidar, pero el cerebro lo hace como mecanismo de defensa, para bloquear el acceso consciente a recuerdos que nos puedan hacer daño. Es muy probable que empieces a recordar de aquí a unos días, pero sí que me gustaría saber cuál ha sido el motivo de tu bloqueo.

La frené en seco.

Me asusté muchísimo y sentí que quería salir de la sala. Necesitaba espacio, pero también respuestas.

Mi psicóloga se dio cuenta y decidió dejarme un momento a solas y, cuando yo estuviera preparada, entraría para poder ayudarme con lo que

pasaba.

Mientras estaba fuera de la sala, mi cabeza empezó a explorar las definiciones que había tenido de amnesia y ninguna de ellas correspondía con ansiedad o algo parecido a lo que me ocurría: normalmente, tienes amnesia cuando te disparan, cuando te das un golpe en la cabeza o mil cosas más relacionadas con razones físicas, ¿no? ¿Esto me iba a suceder más veces? ¿Significa que tengo un problema neurológico? ¿Cuánto tiempo tardaré en recuperarme? ¿Va a ir a peor? Madre mía, hacía tanto que no sobrepensaba de esta manera… Si de algo me ha servido la terapia, es a encontrar respuestas a asuntos a los que no quiero enfrentarme, pero están en mi cabeza hasta que lo hago. Así que decidí llamar a mi psicóloga para que volviera y prepararme para responder a todas esas preguntas que mi cabecita había hecho en menos de cinco minutos.

Cuando volvió al despacho, permanecí en silencio esperando calmarme y deseando escucharla:

—Por tu reacción, me dispongo a pensar que nunca habías oído hablar de ello, pero lo cierto es que, en casos como el tuyo, la disociación es un síntoma más. Sé que te preocupa y que la sensación es muy confusa, así que vamos a intentar identificar los desencadenantes de este olvido con algunas preguntas. Es probable que, después de tu siesta, hayas logrado ayudar a tu sistema nervioso a relajarse. ¿Qué pasó antes del olvido? ¿Tuviste alguna pelea, situación incómoda o angustiosa? —me preguntó mi psicóloga.

—La verdad es que sigo sin recordar mucho de lo sucedido, ¿es normal? —le respondí, fingiendo no estar abrumada con la situación.

—Es completamente normal. A veces los recuerdos emergen en sueños cuando estamos a solas, y en el caso de estar en terapia, a veces podemos recordar con flashes que nos vengan a la mente. Así que voy a ser un poco más precisa en mis preguntas para evocar recuerdos detallados. En tu historia, me dices que esta mañana Silvia te ha comentado que tú querías hablar con ella. Sé que me has dicho que no recuerdas sobre qué, pero

¿podrías decirme por qué no lo hablasteis en ese momento? ¿No quisiste abordar el tema?

—Esa pregunta me ha hecho recordar algo: yo quería hablar con ella, pero la realidad es que Silvia me dijo que no le apetecía.

—¿Recuerdas cómo te sentiste?

—No. No me acuerdo de nada. Estoy tratando de hacer un esfuerzo,

pero no recuerdo nada de cómo me sentí en ese momento.

—Pues quizá ese sea el principio del bloqueo: la represión emocional.

Puede que no recuerdes exactamente cómo te hizo sentir ese momento, pero… ¿sabrías decirme qué respondiste a eso?

—No respondí nada.

Nos callamos y reflexionamos por un momento durante la sesión.

—¿Y qué hubieras querido responder en ese momento?

Esa pregunta desbloqueó todas mis emociones.

—Me sentí decepcionada, con muchas ganas de hablar y preferí respetar sus tiempos, antes que los míos. Me costó mucho ordenar en mi cabeza todo lo que le iba a decir y cómo iba a hacerlo, para que esa conversación fuera positiva para ambas. Me dolió que todo ese esfuerzo se redujera a «mañana lo hablamos». Fue una decisión egoísta por su parte que, además, yo decidí acatar. Lo que no recuerdo bien es por qué, después, estuve tan a gusto con ella.

Ambas enmudecimos unos segundos, hasta que mi psico rompió el silencio:

—¿Recuerdas aquello que hablamos sobre la tolerancia de algunas conductas en la sesión anterior? Pues bien, es probable que tu cerebro haya intentado quitarle hierro al asunto con la justificación de que, si para ella no es tan importante, para ti no debe serlo tampoco. Mira, Sonia, me encantaría decirte que puedes vivir así y omitir todos los sentimientos que pongan en duda o peligro tu vínculo con Silvia, pero te estaría mintiendo, tal y como lo estás haciendo tú con tu cabecita. Ha llegado el momento en el que has de decidir si el esfuerzo que estás dedicando a que funcione la relación está siendo compensado o es recíproco. Para ello, piensa en qué es lo que te ha llevado a darte una oportunidad con ella desde el principio y evalúa si esa versión de ti misma sigue estando presente. Cuando pienses en ello y obtengas una respuesta, no intentes acallarla esta vez.

Salí de consulta como si me hubiera enfrentado a tres horas de crossfit.