21 Sesión de exploración
Han pasado dos semanas desde la conversación con mis amigas y he tenido sesión con mi psicóloga.
Durante todos estos días, he estado bastante en piloto automático, continuando de manera rutinaria con mi trabajo, mis amistades y los planes con Silvia. De hecho, he estado tan en piloto automático que en la sesión no me salían las palabras, por más preguntas que me hiciera mi psicóloga.
Como sabía que esto podía pasar, le mostré estos vídeos para que pudiera conocer los últimos acontecimientos de mi vida. Ella accedió a verlos, siempre que después pudiera responderle si tenía alguna duda respecto a lo que contaba en ellos.
Yo también accedí. Al fin y al cabo, me resulta mucho más sencillo expresar lo que siento mediante preguntas que hacerlo porque sí.
Mientras ella veía los vídeos, me sentía un poco incómoda. No sé si es porque inconscientemente sabía lo que me iba a preguntar o porque realmente cuento las cosas como las vivo.
Tras unos minutos leyendo detenidamente todo lo que había vivido estas semanas, empezaron las preguntas:
—Aquí dices que hace dos semanas tuviste una noche que tus amigas y tú vivisteis de una manera diferente. Aunque después tuvieras una «ruptura de cristal», concepto del que me encantaría conversar contigo, me gustaría preguntarte: si no viviste la noche como tus amigas, ¿de qué manera la viviste?
Reflexiva, tras esta pregunta que, la verdad, esperaba que me formulara, le dije lo único que creo poder confirmar:
—Tengo sentimientos encontrados con respecto a esta pregunta. Siento que una parte de mí sí que percibía lo que me dijo más tarde Nuria, pero otra parte no lo vio tan grave. También he podido reflexionar y me he dado cuenta de que salí de la discoteca con angustia, y no sé por qué. Es como si no me sintiera cómoda con la situación. Cuando se marcharon mis amigas, estaba algo ausente y distante, pero Silvia estaba más afectiva conmigo que durante el resto de la noche, así que creo que me dejé contagiar de esa energía y acabé estando mucho más cómoda, como siempre que estoy con ella. Aunque no fue hasta que llegamos a casa y empezamos a besarnos que no sentí eso tan único que noto cuando estoy con ella. Así que, a la mañana siguiente, únicamente recordaba las cosas buenas y, supongo, que estas enterraron a las malas. Después, cuando Nuria vino a mi casa, sentí desbloqueadas muchas de las sensaciones que mi cerebro había olvidado; a eso es a lo que llamo «ruptura de cristal» —concluí.
—A lo que tú llamas desbloqueo, en este momento puede generar tolerancia. Imagínate que cada vez que tienes dolor de cabeza, tomas un ibuprofeno, aunque el dolor sea muy leve y fugaz. Evidentemente, con el paso del tiempo, nuestro cuerpo genera resistencia y cada vez necesitará dosis más altas o antiinflamatorios más fuertes para aliviar la jaqueca. Así, estarás tolerando cada vez mayores cantidades de manera inconsciente, solo porque es la única vía que conociste para tratar el dolor de cabeza. De manera que se ha convertido en tu único recurso ante ese problema. Pues lo mismo pasa en nuestro cerebro con los comentarios y las conductas de los demás: si encontramos un remedio que compense las conductas disfuncionales que tienen hacia nosotros, cada vez toleraremos más. Que tu cerebro haya bloqueado u olvidado cómo fue la noche significa que, inconscientemente, ha abierto la veda a tolerar todo; si volviera a pasar, probablemente ni lo detectarías. Tu amiga ha sido una gran amiga, porque se ha arriesgado mucho al ser la persona que te quita el antibiótico de las manos. Eso podría haber afectado a vuestra relación, pero gracias a ello ahora estamos en un buen punto para trabajar en esto.
Vale. Esto podía ser más grave de lo que esperaba. Quizá había llegado la hora de poner límites, pero antes, había algo que necesitaba resolver:
—Vale, y según lo que hemos hablado, ¿cuál crees que es el «recurso»
que compensa aquellas conductas que dices que son nocivas para mí?
—En primer lugar, yo no digo que sean nocivas. Que lo sean o no,
depende mucho de ti y de cómo las experimentes. Por otro lado, y respondiendo a tu pregunta, creo que algo que está condicionándote mucho en los límites con ella puede estar relacionado con el sexo. ¿Qué sensaciones tienes cuando tenéis relaciones sexuales?
Me quedé bastante bloqueada, pero decidí averiguar hacia dónde me llevaba todo esto:
—La verdad es que para mí el sexo nunca ha sido muy importante o significativo. A ver, entiéndeme, disfruto de él, pero podría vivir perfectamente sin ello.
—Y con ella, ¿también te pasa o tienes sensaciones diferentes?
—La verdad es que con ella es diferente. No me había parado a pensarlo hasta ahora, pero, cuando estoy con ella, es como que siento más ganas. Es como si fuera siempre a disfrutar. No diría que es más atracción, sino más ganas porque sé que voy a disfrutar muchísimo. Quizá, porque es mi primera experiencia con chicas, pero no me paro a pensar. Simplemente, disfruto, y la verdad es que no me había detenido a pensar en que se está despertando en mí una nueva versión, con más ganas. ¿Es eso malo?
Mi psicóloga me miró con una cara de «quiero saber más, pero no voy a agobiarte», pero decidió contestarme en vez de presionar:
—No, mujer. Nunca es malo sentir. Pero puede que sea eso lo que te esté condicionando: cuando experimentamos algo nuevo y es agradable, nuestro cerebro siente la necesidad de seguir explorándolo, procurando que cada encuentro sea más intenso y duradero. En este sentido, muchas veces tendemos a centrarnos únicamente en aquello que no hemos vivido y es agradable, dejando de lado aquello que es más desagradable. Cuando antes te he hablado del sexo, es porque me ha dado la sensación de que todos los sentimientos desagradables que pudieras detectar se vieron borrados por la noche que pasaste con ella. Y esto no es malo, pero tú tienes que decidir si esta estrategia de compensación va a seguir adelante y cuánto puedes llegar a tolerar.
—¿Y cómo puedo saber hasta dónde o cuánto puedo tolerar?
—Te voy a proponer un ejercicio. Me gustaría que cuando estuvieras con ella, pudieras guiarte por las sensaciones que tienes, así que vamos a etiquetar y clasificar esas sensaciones por colores: el color azul representará sensaciones muy agradables con ella. El naranja significará una sensación más bien agridulce; es decir, que no sepas exactamente dónde
catalogarla porque no te disgusta, pero tampoco te hace sentir del todo bien.
Finalmente, la amarilla representará una sensación que te haya disgustado o te parezca desagradable. La idea es que, en cada momento que estés con ella y notes alguna de estas sensaciones, hagas una línea del color que la represente. Puedes hacerla en tu móvil o en una libreta, donde te venga mejor. El objetivo es poder tomar conciencia de todas tus emociones de manera equilibrada, para valorarlas todas por igual.
Esto sí que eran deberes para casa —y para fuera de ella—. Aun sin saber si estaba preparada, decidí aceptar la tarea y terminamos la sesión, como siempre, con muchas cosas en las que pensar.
Justo después de la sesión, había quedado con Silvia para tomar algo en una cafetería, y la verdad es que me apetecía contarle lo que me había sucedido en la sesión y cómo estaba. Como siempre, intenté llegar un poco antes que ella para tomarme un café a solas y, por qué no decirlo, para concienciarme de lo que le iba a decir y tratar que no se sintiera incómoda.
Al verla llegar, parecía sonriente y con ganas de verme. Me dio un beso, un abrazo y se sentó a la mesa. Le pregunté cómo había ido el día y me contó un poco por encima. No se la veía especialmente ilusionada, pero sí parecía de buen humor.
Cuando terminó de contarme su historia, me devolvió la pregunta sobre cómo estaba y vi el momento ideal para poder contarle lo que quería.
—Pues la verdad es que quería hablar contigo sobre algo que hemos tratado en terapia, porque me apetece hacerlo. Es sobre cómo fue la noche del sábado y cómo me sentí…
—Espera un momento —me cortó Silvia—. Mira, he tenido un día bastante cargante y únicamente me apetece desconectar contigo. No digo que no vayamos a hablarlo, pero ¿puede ser en otro momento? Si no es así, dímelo y nos vemos mañana para hablar, pero hoy te prometo que no puedo más.
Me quedé muy muy bloqueada. Siempre he tenido la sensación de que me cuesta muchísimo expresar lo que siento y estoy aprendiendo a no guardármelo porque, como dice mi psicóloga, el trauma es aquello que no podemos narrar, y lo que sí que somos capaces de narrar es un aprendizaje.
Ella, que sí que me había contado cómo le había ido su día, pedía que reprimiera mis sentimientos, pensamientos o emociones. En parte la
entendí; todos tenemos un mal día y preferimos desconectar, pero… ¿Acaso su día importa más que el mío? ¿Que ella no pueda solucionar los conflictos que ha tenido significa que yo, que sí que podría solucionar este con su ayuda, no debía hacerlo?
Pero no lo dije.
No le dije nada de esto.
Y, por no decir, no dije más que un triste…
—Perdona. Claro, mañana lo hablamos sin problema, puede esperar.
Y realmente sí que podía esperar, pero no quería que tuviera que hacerlo. Supongo que a esto se refería mi psicóloga con «sensación agridulce». Lo que más me preocupa es que, desde que ella se sentó a mi lado, sabía que era la primera sensación que sentiría, porque creía que era la peor. Y, ahora que ya la he sentido, puedo confirmar que lo es.