El amor y otras malas decisiones 20 Rotura de cristal
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20 Rotura de cristal

Hoy estoy muy enfadada. Tengo una mezcla entre rabia y frustración tan grande que solo vengo a escribir lo que me ha pasado.

Después del fin de semana tan maravilloso que tuve, esperaba que llegara el día de hoy para, como cada lunes, quedar con mis amigas en nuestro restaurante favorito. Siempre tengo ganas de verlas, pero esta vez tenía muchas más para que me dieran su opinión sobre Silvia.

Nada más encontrarnos y darnos el abrazo reglamentario de siempre, empezamos a charlar. Nos sentamos fuera, aprovechando que era un día de agosto de poco calor. No quería sacar el tema yo, porque deseaba que llegara solo, así que esperé. Pero veía que no salía la conversación, incluso creo que la evitaban; por lo tanto, lo introduje yo:

—Qué bien nos lo pasamos el finde pasado, ¿verdad?

Hubo un silencio ensordecedor después mi comentario y, para mi sorpresa, unas caras de incomodidad que no lograba descifrar; así que les pregunté si les pasaba algo.

—Queríamos hablar contigo sobre el día que vino Silvia con nosotras de fiesta, pero no estábamos seguras de cómo sacarte el tema —confirmó Lidia con sinceridad.

—Amiga, la verdad, creemos que esa chica no encaja del todo contigo.

Tendrías que pensar bien qué quieres hacer —añadió Sara.

—Sí, creemos que hay algo en ella que no te hace sentir del todo cien por cien. Es como si no fueras tú, es como si… —insinuó Nuria, antes de que pudiera interrumpirle.

—Parad, parad… Un momento. ¿Qué es esto? ¿Una emboscada? —

exclamé, algo alterada—. Pensaba que Silvia os caía bien, ¿qué es lo que ha pasado?

Todas enmudecieron durante unos segundos y entonces entendí que había transformado esa comida en una intervención para mí.

—La verdad es que el hecho de que pensemos eso sobre Silvia no significa que no nos caiga bien, pero hemos visto actitudes de ella hacia ti que no nos terminan de gustar —confesó Lidia.

—Y ya no es su actitud, es la tuya. Te vemos como si estuvieras dejando pasar muchas red flags y no sabemos bien la razón —continuó Nuria.

Me enfadé muchísimo. De hecho, me enfadé tanto que me levanté y me fui.

Intentaron frenarme, pero, si me quedaba allí, probablemente hubiera dicho cosas de las que me arrepentiría en ese momento.

La verdad es que ya me estoy arrepintiendo hasta de haberme marchado. Por suerte o por desgracia, entre nosotras siempre hemos cuidado las unas de las otras, y en los momentos donde ellas han estado confusas o en una situación que no merecían, siempre se han dejado ayudar por mí. Puede que ese sea el problema: que sé cómo ayudar, pero me impactó mucho que fuera yo la persona que necesitaba ayuda.

Pasada la tarde, estuve en el trabajo sintiéndome culpable por haberlas dejado allí plantadas y me estuve preguntando por qué lo había hecho. He llegado a la conclusión de que quiero proteger lo que tengo con Silvia. Es como si sintiera que es tan frágil que cualquier cosa podría romperla, y nunca he sentido tanta inseguridad, como hasta ahora, con un vínculo. No sé, puede que se me estén juntando muchos miedos de golpe o vete tú a saber. Creo que lo hablaré en la próxima sesión con mi psicóloga.

Mientras iba en el metro, revisé mis mensajes de WhatsApp y me di cuenta de que no tenía ninguno del grupo que tenemos mis amigas y yo:

«Más guapas que locas» . En parte, sé que me lo merecía, porque nunca debí haberlas tratado así.

Justo cuando bloqueé el móvil, me encontré un mensaje de Nuria: Antes no me has dejado terminar.

Estuve unos minutos sin responder, pero decidí ser honesta:

Lo sé.

Al no obtener respuesta, una vez llegué a la parada de mi casa, decidí ponerme a Beret y continuar mi camino.

Al llegar, vi de lejos a una chica con pelo largo y moreno, unos leggins largos y un casco de moto. Conocía a esa chica, pero no reconocí su cara porque casi nunca la veo seria. Era Nuria, que me esperaba.

Conforme más me acercaba, más miedo me daba lo que podía pasar o decirme.

—No me has dejado terminar —volvió a decirme, pero esta vez en persona.

Me quedé completamente helada. No sabía qué comentar, así que decidí acercarme para darle un abrazo. Justo cuando iba a pedirle perdón, mientras abría los brazos, me indicó:

—Espera un momento. Antes de que nos abracemos, quiero decirte una cosa sobre lo que ha pasado. Te conozco, y te conozco bien. Sé que no estás pasando por un buen momento, y te lo noté nada más verte al lado de esa chica. Entiéndeme, estoy acostumbrada a que brilles sola, y en ese momento estuviste más preocupada de que brillara ella. Comprendo que no era una situación sencilla, porque era la primera vez que la traías al grupo, pero hablo en nombre de todas cuando digo que esa chica se aprovechó de ese momento y quiso ser excesivamente encantadora con todas. Con todas, menos contigo: le invitamos a una despedida de soltera que va a celebrarse de aquí a tres meses y nos dijo que sí, con todas las letras. Sin embargo, tú la invitaste al cine el finde que viene y te contesta que no sabía si podría encajar ese plan en sus días libres. Le dábamos abrazos y chupitos, y a ti prácticamente ni se te acercó en toda la noche. Con seguridad, habrá alguna explicación para todos esos comportamientos, no lo niego, pero de alguna forma ella nos hablaba de lo mucho que le gustaba estar contigo y a ti ni siquiera fue capaz de darte la mano cuando tú la estabas reclamando —sí, lo vi—. Solo quiero decirte que necesito que entiendas que sintiéramos estas cosas y quisiéramos explicártelo. También quería decirte que, pase lo que pase, puedes contármelo, porque igual no encontramos la solución, pero siempre estaremos aquí para entenderte.

No supe qué decir, me quedé destrozada.

Todo lo que mi cabeza había rememorado sobre esa noche estaba muy edulcorado por la sensación que tuve con ella al final de la noche. Sí, el sexo fue increíble y quizá me nubló todas las decepciones que habían permanecido durante toda la noche. Mientras Nuria describía lo que todas mis amigas notaron ese día, sentí como si se estuviera rompiendo un cristal que hasta ahora no había querido ver agrietado, o que había pasado por alto porque, ya sabes, si no está roto…

En fin, cuando por fin me salieron las palabras, logré responder a todo lo que ella necesitaba, o al menos lo intenté:

—Te agradezco todo lo que me has dicho y que hayas venido hasta aquí, después de cómo me he portado con vosotras. Os debo una disculpa y, con sinceridad, creo que lo haré mañana cuando volvamos a comer, porque desconozco por qué he reaccionado así. Aunque, gracias a ti, parece que he encontrado parte de la respuesta. Gracias, de verdad. Y sé que se puede notar, y todo lo que visteis me hace sentir avergonzada de haber soportado ciertas actitudes, pero lo cierto es que estoy hecha un lío con todo esto. ¿Te gustaría subir y hacer una sesión de pizza, mascarilla y Sexo en Nueva York?

—Me encantaría.