19 La fugitiva #2
—He estado hablando con mi psicóloga sobre lo que creo que me pasa contigo y a ti conmigo. Mira, entiendo que en este momento no te apetezca tener nada serio o formal, así que he decidido dejar de pedirte más compromiso por tu parte. Sí, es injusto hacer esto cuando hace una semana yo ni siquiera quería asumir que podíamos llegar a tener algo. Volcar mi inseguridad en ti no soluciona nada, así que, por mi parte, quisiera seguir fluyendo contigo, paso a paso, sin prisas y como nos pida el cuerpo. ¿Te
apetece?
Ella respondió con tono liberador y a la vez de preocupación:
—Me has dejado sin palabras, Sonia, la verdad, pero me parece genial.
Te agradezco mucho que hayas pensado en todo esto y que entiendas y respetes mi decisión, pero… ¿Estás segura de que esto no te va a alejar de mí?
En ese momento pude comprender que el vínculo le importaba tanto como a mí, y fue la respuesta perfecta para validar la decisión que había tomado.
—Si he tomado esta decisión es porque lo he pensado mucho y sé exactamente qué hacer con el vínculo que tenemos. Créeme, si nos alejamos, no es porque respete TU decisión, sino porque yo he tomado la mía, independiente de la tuya.
La parte donde únicamente hablé de su decisión me dejó algo desconcertada. Aun así, después de la conversación tan sincera que tuve con ella, descubrí que realmente tenía que esperar. Al fin y al cabo, cada persona tiene sus tiempos. Así que, después de mi jornada laboral partida, llegué a casa, me serví una copita de vino blanco y puse a reproducir mi lista favorita en Spotify, dispuesta a prepararme para salir con mis amigas sin Silvia.
Habíamos quedado en el bar de al lado de mi casa, así que tenía tiempo de sobra para despejarme. Aun así, no podía dejar de darle vueltas a cómo se habían dado las cosas, preguntándome cuál es esa señal que debía esperar que me demostrara que ella también estaba dando pasos. Sé que resolví todas mis dudas en esa conversación, pero mi cabeza siempre sobrepiensa y eso es algo con lo que trato de luchar todos los días; créeme, es agotador.
Siendo ya las ocho de la tarde, decidí bajar antes de que llegaran mis amigas porque me gusta tomarme algo sola en la terraza. Es mi momento de calma, antes de la tormenta.
Ya sentada y riéndome yo sola, mientras veía mi sitcom favorita, percibí que alguien me tocaba el hombro en señal de saludo. Era Silvia, que había terminado de trabajar y se marchaba a casa. Me hizo mucha ilusión verla, aunque hubiéramos estado juntas ese mediodía. Le di un gran abrazo y le conté que estaba esperando a mis amigas y que, si quería, podía sentarse.
Ella negó con la cabeza, justificando que estaba muy cansada, cosa que me esperaba; así que asentí con una sonrisa, ya que realmente no me
molestó. Se despidió de mí y continué viendo la serie. Me sentí muy en calma con respecto a la situación. Supongo que, después de la conversación de hoy, no percibí su negativa como un rechazo y eso me hizo estar en paz conmigo misma.
Pasada media hora, empezó a llegar la más puntual de mis amigas: Lidia. Unos cinco, diez minutos más tarde, llegó Sara y, finalmente, media hora más tarde, apareció Nuria.
Pedimos algo de cenar y nos pusimos al día.
Esta vez, le tocó a Lidia contar sus novedades. Se había marchado de vacaciones y había conocido a un chico en su pueblo. Aunque no era de expresar las emociones, como Sara o Nuria, le brillaban mucho los ojos, y eso me preocupó. Verás, a ella le cuesta mucho sentir algo por alguien, y hacerlo a tanta distancia puede llegar a desestabilizarla; pero eso ya se lo diré a solas en algún momento.
Justo cuando Lidia terminó de hablar, y en un intento evidente, pero discreto, por cambiar su tema de conversación, lo dirigió hacia mí, preguntándome qué tal estaba yo con Silvia. Les dije que bien, que
«fluyendo». No quise ser muy explícita y menos mal, porque de repente todas me miraron fijamente.
En el momento en que más juzgada me sentía y empezaba a cabrearme, alguien tocó mi hombro de nuevo y, al volverme, más incrédula que sorprendida, vi que se trataba de Silvia.
—He empezado a escuchar unos gritos que venían de este bar y no me dejaban descansar, así que he decidido apuntarme a la fiesta… Si aún estoy a tiempo, claro. —Sonrió, como si la respuesta fuera obvia.
Todas mis amigas se entusiasmaron. Tomaron una silla para Silvia, mientras yo solo la miraba y sonreía. Supongo que esta era la señal que tanto estaba esperando.
En cuestión de minutos, la conversación giraba a su alrededor: anécdotas de su trabajo, del viaje que planeaba… Supongo que quería que la conocieran mejor y, por eso, desplegó todo su encanto. Estaba magnética, como la noche que la conocí. Puede que incluso más. ¡Nunca la había visto tan carismática! Cuando alguien intentaba contar algo, ella inclinaba la cabeza, escuchaba dos segundos y remataba con una historia que superaba a las que estábamos contando las demás. Todas se reían. Todo el mundo parecía muy cómodo. Capté varias veces en las que mis amigas se miraban
entre sí y sonreían, y lo interpreté como buena señal: les caía bien mi…
¿chica?, ¿novia? ¿Acaso llegábamos a ser pareja?
Para mí fue la noche perfecta: cenamos, bebimos, bailamos… O quizá debería decir que ella hizo que lo fuera. Silvia bailaba como si el resto solo acompañáramos su ritmo. Es como si toda su energía nos eclipsara. A veces, se acercaba a mí y me decía al oído:
—Me gusta cómo me miras. Es diferente a como lo hacen las demás.
Me sentía halagada y validada. Y eso no está mal… ¿No?
Tras horas y horas de fiesta, culminé la noche en la cama con Silvia. Y
creo que esa fue la mejor parte, aunque el listón estuviera tan alto.
Antes de dormirse, me apartó un mechón de la cara y susurró:
—Sabía que esta noche les iba a caer bien a tus amigas.
Asentí, le di un beso y me apoyé sobre su hombro mientras ella se dormía. Yo, sin embargo, de repente no pude pegar ojo, porque me quedé pensando en que no sabía si eso era cierto.