El amor y otras malas decisiones 19 La fugitiva
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19 La fugitiva

Sé que hace una semana que no grabo este diario, pero, a mi favor, diré que ha sido una semana completa y, a la vez, maravillosa: he estado muy ocupada en el trabajo, he visto a mis amigas y, sobre todo, he quedado con Silvia.

Tras disculparme por lo del otro día, todo ha vuelto a la normalidad, y la verdad es que la relación con ella va fluyendo estupendamente. Cada día estamos más unidas. Aunque, si estoy escribiendo aquí, es porque ayer pasó algo.

Estuvimos en casa de Silvia todo el fin de semana. Pedimos comida, vimos una serie entera, nos dimos caricias y, cómo no, dormimos juntas.

Cada vez me siento más segura cuando tenemos relaciones sexuales: ella me guía, me enseña y, sobre todo, me hace entender de qué manera podemos disfrutar ambas. En otras palabras, el sexo es igual de tierno que salvaje. Si me llegas a decir hace un mes que me iba a acostar con una chica, me hubiera reído veinticuatro horas seguidas. Ahora tengo que confesar que cada noche que paso con ella me gusta más. Aparte de eso, durante ese fin de semana le comenté que fuéramos con mis amigas a un bar, ya que las echaba de menos y me gustaría que las conociera mejor, para que forme parte del grupo oficialmente.

Al escuchar la palabra «oficialmente», sin embargo, Silvia me miró con gesto de sorpresa y esquivó la conversación.

Esto me hizo encender algunas alertas: ¿Habré hecho algo mal? ¿Habré dicho algo fuera de contexto? ¿Será que no quiere pasar tiempo con mis amigas?

Repasé mis palabras, una y mil veces, mientras ella preparaba el vermú, para tomar en el balcón de su casa, y ahí es cuando llegué a la conclusión de que, igual que a mí pueden asustarme algunas cosas de este vínculo, a ella también. Así que decidí echar mano de mis herramientas aprendidas en terapia y le pregunté directamente:

—¿Hay algo de lo que te he dicho que te asusta o sencillamente no te gusta? Créeme que hago un gran esfuerzo para preguntarte esto, porque la Sonia de hace unos meses hubiera hecho como si nada. Habría sufrido unos días de insomnio y se acabó el tema. Pero esto me importa, y, sobre todo, me importa que tengas confianza en mí.

Hay veces que me sorprende todo lo que estoy aprendiendo. No solo a comunicar, sino también a mostrar. Pero creo que ella no está en el mismo mood que yo con este vínculo, porque le costó muchísimo responderme. De hecho, se hizo el silencio durante unos cinco minutos hasta que decidió devolverme el favor y sincerarse conmigo:

—Todo lo que has dicho está bien, y me encanta. Pero sí, me encanta y me da miedo a partes iguales. Me cuesta introducirme en la vida de la gente. Siento que me atrapo y que dejo mi vida, para ocupar la de otra persona. No sé si estoy en este punto contigo, pero me asusta que puedas marcharte por esto.

Me sentí como si le hubiera pedido matrimonio en ese momento y, como esa no era mi intención, decidí asumir y respetar sus palabras.

—No pretendía asustarte, ni mucho menos. Solo pretendo compartir más momentos contigo y que esos no supongan malestar para ti. Disculpa, entiendo cómo te sientes y podemos seguir hablando de La isla de las tentaciones tranquilamente.

Pero, cuando realmente murió la conversación, fue cuando ella la mató con una última frase, casi pisando la mía:

—No me asustas tú. Me asusta el compromiso que puedo llegar a adquirir contigo.

Me pareció tan confuso, que decidí darle un abrazo y retomar la otra conversación en nuestra burbuja de dos.

A la mañana siguiente, yo tenía sesión de psicoterapia y, aunque sé que mi psico tiene las sesiones muy preparadas, quería que me explicara un poco lo que sucedió con Silvia. Ahí salió lo que ella denominó «miedo al compromiso». Me hizo algunas preguntas para determinar si tiene miedo al

compromiso:

1. ¿Cada vez que mencionas planes a medio-largo plazo, como viajes, presentaciones, conciertos, eventos juntas…, se incomoda o te da respuestas inconclusas?

2. ¿No quiere definir la relación o se resiste a presentarte como su pareja a otras personas?

3. ¿Sientes que, aunque sea atenta o amable contigo, no termina de abrirse del todo contigo o quizá no habla mucho de su pasado?

4. ¿Hace comentarios como dando a entender que una relación le haría perder tiempo o sentirse atada?

5. En las relaciones que ha tenido, ¿hasta dónde ha llegado?

6. ¿Un día te busca de manera muy intensa y al otro se aleja sin explicación?

7. ¿Es comunicativa contigo en el día a día sobre lo que hace o piensa?

Después de responder a todas estas preguntas, mi psico me miró, sonrió y me preguntó qué pensaba yo al responder todo eso. Evidentemente, le dije que estaba claro que podía ser miedo al compromiso y que la culpa era mía por no haberme dado cuenta.

Mi psico me frenó enseguida, para responderme algo que me dejó sin palabras:

—Decir que la culpa es tuya es como decir que el miedo te lo tiene a ti, y no al compromiso. Tú estás fluyendo en una relación, y este tipo de miedos o dudas no se pueden saber hasta que no se dan estos pequeños pasos. Igual que tú no culpas a Silvia por la inseguridad que pueda tener, no es justo que seas tú quien se culpe por su miedo al compromiso. Recuerda:

«Tú no eres el problema, lo que sientes no es el problema. El problema es pensar que tú puedes evitar que ella tenga ese miedo». —Y no acabó ahí—: También me gustaría recordarte y remarcarte que te estás centrando más en lo que siente ella que en lo que experimentas tú ante ese miedo, y en decidir de qué manera quieres vivir el vínculo a partir de ahora.

Te prometo que en esos momentos odié a mi psicóloga.

Me habría encantado seguir encontrando las respuestas a mis problemas en mi propia persona, pero no; ella tenía que recordarme que hay cosas que, lo haga mejor o peor, no puedo evitar. Además, tenía toda la razón. No me

centraba en lo que sentía hacia mí misma, solo estaba pensando en qué hacer con respecto a ella.

Le pedí ayuda y me recomendó un ejercicio inventado por ella —como casi todos, vaya—, que me valdría para evaluar cualquier vínculo. Se basa en decidir, tras las experiencias que cambian o atascan el vínculo, de qué manera queremos «transformarlo» o verlo a partir de ahora. Me dijo que los vínculos se pueden mantener, fortalecer, debilitar, omitir/suprimir o recuperar.

Cuando pretendes mantener un vínculo, el trabajo reside en que la unión se quede tal y como está, y no requiera el mismo tiempo y energía que hasta el momento. Que no avance, pero que tampoco se quede atrás o se debilite. El ejemplo que me expuso sería que, si cada viernes quedo con mi amiga y no quiero que ese vínculo se debilite, pero tampoco puedo o quiero que se fortalezca, tengo que esforzarme en que ese ritual se cumpla puntualmente.

En cambio, cuando quieres fortalecer el vínculo con el propósito de que este ocupe un espacio mejor o más grande en tu vida, ambas personas tienen que quererlo y esforzarse a partes iguales. Un ejemplo de ello sería empezar a pasar más tiempo juntas o a hacer planes algo más personales para que la confianza se vaya estableciendo de manera gradual.

Debilitar el vínculo es algo más sencillo, por desgracia, y muchas veces sin querer lo hacemos. Se trata de dedicar menos tiempo y energía a ese vínculo, y que poco a poco se vaya debilitando porque se fortalecen otros.

Ejemplo de esto podría ser el tiempo de calidad en pareja: cuando, sin querer, te acostumbras a estar con esa persona y dejas de dedicarle espacios que antes le ofrecías por costumbre o, simplemente, porque no te nace hacerlo. Un ejemplo consciente podría ser que te estés dando cuenta de que la compañía de un amigo ya no te resulta igual que antes y decides verlo cada vez menos o contarle cada vez menos cosas.

En cambio, suprimir el vínculo es diferente a debilitarlo, porque supone haber tomado la decisión de que ese vínculo no nos aporta algo positivo o simplemente no nos aporta nada, directamente, y decidimos que deje de ocupar espacio en nuestra vida. Es decir, despedirnos de ese vínculo.

Ejemplo de ello puede ser cuando nos sentimos traicionados, inferiores o simplemente nos han herido y no queremos tener ese vínculo en nuestra vida. Aunque parezca la transformación más sencilla, mi psicóloga me

recalcó que es una de las pocas transformaciones que es difícil revertir, así que hay que estar muy segura de ello.

Y, por último, recuperar un vínculo, lo cual también me parece sumamente complicado. Se pueden dar fases donde estamos al límite de nuestras fuerzas debido a que hemos luchado mucho por esa relación o por no perderla. Recuperar un vínculo es positivo porque todo ese esfuerzo merece la pena si las dos personas ponen de su parte; pero también es difícil, sobre todo por manejar la incertidumbre que recuperar algo supone para los seres humanos.

Me puso dos ejemplos: uno se puede dar cuando hemos dejado de lado sin querer o de manera inconsciente a un amigo o incluso a nuestra pareja, y eso ha hecho que se debilite el vínculo y hemos decidido recuperarlo de nuevo. Otro ejemplo que me puso es cuando un vínculo nos ha hecho daño y queremos sanar una herida, pero también recuperar lo que teníamos con esa persona.

Parece sencillo, pero, a partir del momento en que me expuso todo esto, tenía que reflexionar acerca de qué manera quería el vínculo con Silvia y actuar al respecto.

Tras muchas horas de reflexión, y siendo consciente de que de momento no deseo debilitar ni suprimir ese vínculo, decidí que lo más sensato para ambas es mantenerlo.

Después de la conversación que tuve con ella y ese «problemita» con el compromiso que tiene, decidí que las cosas estaban bien como estaban y que, si dábamos algún pasito, lo daríamos juntas.

Ese mismo mediodía quedé con ella y, si algo he aprendi do en terapia, es que cada decisión que tome sea comentada a las personas a las que esa decisión les puede repercutir de alguna manera. Así que decidí hablar con ella de todo el lío que me había hecho en la cabeza y de la decisión que había tomado con respecto a dar ciertos pasos en nuestra relación: