El amor y otras malas decisiones 18 Una nueva yo,
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18 Una nueva yo,

o al menos eso intento

Tras una semana de la sesión llamada «Catarsis», por fin he vuelto a ser un ser sociable.

Durante esta semana, me he preparado para ser una persona diferente a la que conozco, porque necesito reinventarme, explorar, abrir mi mente… y eso solo lo consigo si me despido de una parte de mí.

En estos días he intentado salir del trabajo y empezar a pasar tiempo a solas. He comenzado un nuevo libro, he ido de compras y he mejorado mi look. Pero la verdad es que este cambio no es únicamente externo; también estoy haciendo un gran esfuerzo por decir que no en los momentos en los que la antigua Sonia diría que sí, y viceversa.

Hoy es la primera vez que he quedado con mis amigas después de la sesión y, evidentemente, me han notado bastante diferente. Ellas lo han llamado «rara», pero yo prefiero llamarlo «diferente», porque se acerca un poco más a cómo me siento realmente.

Fuimos a comer y me preguntaron por qué había estado tan ausente estos días. Les dije que necesitaba tiempo para pensar en todo lo que sucedió cuando salimos de fiesta y decidí ser honesta con ellas:

—Quería contaros que me he acostado con Silvia y me ha gustado. No sé si me gustan las mujeres, pero tampoco tengo claro cómo se averigua eso. Lo que sé es que quiero probarlo con ella. No sé si me entenderéis, pero, en general, también deseo cambiar la manera de hacer las cosas: quiero dejar de ser la persona que soy, porque siento que de esa manera

estoy haciéndome daño constantemente. Así que, si me notáis diferente estos días, es porque estoy tratando de hacer mejor las cosas por mi bien.

Hubo un gran silencio, unido a rostros de sorpresa, desaprobación y miles de preguntas guardadas que siento que les costaba formular.

Estábamos en una de nuestras comidas normales y corrientes, en nuestro restaurante de siempre, y, justo cuando estaba a punto de pedir una hamburguesa como siempre, vi en la carta un plato que ponía «novedad».

Así que frené en seco al camarero, que me estaba preguntando el punto de la carne, y le pedí el plato nuevo de la carta. Acompañado de una cara de sorpresa, me advirtió que era completamente diferente a lo que suelo pedir, y le respondí que eso era justo lo que necesitaba escuchar.

Mis amigas se quedaron muy sorprendidas. Siempre les digo que voy a pedir otra cosa y acabo con una hamburguesa, y, claro, debieron de sentirse algo confundidas.

La conversación acabó fluyendo como de costumbre. Sara empezó a contarnos una conversación incómoda que había tenido con su pareja actual. A lo tonto, desde su primera cita ya llevan unos meses saliendo… La verdad es que no me gusta para ella, bueno, ni a mí ni a nadie, pero es su decisión y la escuchamos con atención, como siempre.

La cuestión es que, mientras nos contaba una de las muchas meteduras de pata de ese tío —debido a su gran ineptitud para valorar que alguien tan increíble como ella está a su lado— llegaron los platos. Yo intenté centrarme en mi «novedad», pero no podía dejar de mirar las hamburguesas de mis amigas, hasta que Lidia me preguntó si mi plato estaba bueno. Tras asentir con gran firmeza, le ofrecí probar, a lo que ella me contestó:

—No, gracias. No me gustan las novedades, si son muy diferentes a lo que suelo estar acostumbrada… Aunque a ti se te ve encantada, ¿no?

Asentí de manera disconforme y me levanté para salir y tomar el aire.

Me había molestado mucho el tono con el que me había sugerido que quizá me había equivocado. ¿Por qué es tan difícil entender que para cambiar algo en mí tengo que hacerlo incluso con aquellas cosas que me gustan?

Pasados unos minutos, sentí que quizá estaba demasiado sensible y me había tomado a mal algo que podía no haber sido malintencionado; así que volví a la mesa y, sin tener que decir una palabra, me cambiaron la conversación y continuamos de la misma manera, como si no hubiera pasado nada. Al final nos despedimos con un abrazo, como siempre, y cada

una regresó a su trabajo.

Ya en mi puesto, me costaba concentrarme. Normalmente, suele haber unas dos horas después de la comida en las que me cuesta remontar y eso hace que baje el ritmo de trabajo; algo habitual, cuando sientes que no llegas: bajar las revoluciones. Pero hoy sentí una extraña necesidad de hacerlo diferente. No sé si fue porque al cambiar de plato en el restaurante no me sentí completamente satisfecha y necesitaba compensarlo, pero quería exprimir todas las horas que pasara en el trabajo después de comer.

Por eso, agarré dos cápsulas de café y me puse al lío.

Fueron tres horas ultraproductivas: revisé el trabajo de hoy, terminé el que tenía pendiente para mañana y ayudé a mis compañeras a finalizar tareas pendientes del día siguiente. Cuando en mi reloj fueron las 18:00, recogí mis cosas y, justo antes de salir, el jefe me felicitó por el soporte que había dado esta tarde a mis compañeros. No me felicitó por mi trabajo; supongo que da por hecho que es lo que tengo que hacer: lo que me recompensó fue el esfuerzo extra que hice por mis compañeros.

Escribiendo esto, la verdad es que no sé si me lo tomé bien o mal, la verdad.

Cuando llegué al metro, empecé a sentir un bajón de energía tremendo, y me sentí tan cansada que me equivoqué de parada; bajé una más tarde.

Volviendo a casa, solo pensaba en tumbarme en el sofá, y ni siquiera en grabar este diario.

La verdad es que me noto algo frustrada, porque durante toda la semana he intentado disfrutar del tiempo después del trabajo y siento que hoy he llegado al límite de mis fuerzas, cosa que me ha impedido tener un tiempo libre de calidad después, porque estoy que me caigo del cansancio.

Tuve una sensación muy similar hace un par de días cuando quedé con Silvia, ¿sabes? Salí a tomar algo con ella y fue la primera en ver mi nuevo conjunto; ropa que no estoy acostumbrada a llevar y que estoy tratando de que forme parte del cambio. Suelo ser una chica que viste con sudadera enorme, pantalón ancho y unas Airforce 1; aunque me encante ir arreglada los findes, los días entre semana soy ese tipo de persona. Bueno, lo era.

Porque así lo he decidido.

Cuando me vio aparecer, se quedó sorprendida. No sabía muy bien qué decir, así que decidí ser yo la que rompiera el hielo y le pregunté que qué tal me veía. Tras mirarme las botas de punta fina, la minifalda de vinilo

burdeos y el top asimétrico negro, respondió:

—Estás muy guapa.

No sé si me encantó la respuesta, pero después fue a más.

Cuando la camarera me preguntó qué quería tomar, me puse muy nerviosa y dije que lo decidiría más tarde. No sé bien qué me pasaba, pero sentía una gran presión por hacerlo todo diferente. Silvia, preocupada, me miró y preguntó si estaba bien; yo asentí con la cabeza y empezamos a charlar.

Tenía una sensación muy extraña que no sé describir, y es que notaba que nada de lo que decía tenía importancia, que la aburría, aunque la viera sonreír. Entonces, empecé a hacerle preguntas extrañas como: «¿Quieres que cambiemos de tema?» o «¿Quieres que hagamos algo diferente?», y Silvia me miraba sorprendida. Realmente, me notó muy insegura, y trató de calmarme, dándome caricias por el brazo.

No sé por qué me sentía así, pero empecé a retirar mi brazo, intentando que no se diera cuenta, pero sí que se percató.

Ambas nos mantuvimos calladas hasta que ella rompió el silencio:

—Te noto muy diferente a otras veces que hemos quedado. Perdona por las caricias, no pretendía incomodarte, ni mucho menos. Sé que no somos pareja. Espero que no te hayas avergonzado de que nos vieran juntas en un bar.

Lo dijo muy calmada y en un tono muy relajado, pero yo me sentí a la defensiva con ella.

—No me avergüenzo de nosotras, me avergüenzo de mí misma. Y lo mejor es que me vaya, porque no me siento bien —le indiqué muy alterada.

—No, lo mejor será que me vaya yo. Mira, no sé qué proceso estás viviendo ni qué intentas hacer, aunque algo me imagino. Solo quiero que sepas que lo que pedías antes para beber estaba bien; como vestías antes, aún mejor; y las conversaciones que has tenido siempre conmigo… eran insuperables. A veces no hay que cambiar todo en nosotros porque haya algo que no nos guste. Ya nos veremos en otro momento. Pide lo que te apetezca, pero que sea de verdad.

Y así se marchó.

Me sentí decepcionada conmigo misma, algo que no había sentido antes. La verdad es que me cuesta mucho saber qué es lo que debería cambiar y qué es lo que no. Aunque lo cierto es que últimamente estoy

sintiendo que me fuerzo a decir, hacer o sentir cosas con tal de generar mi

«versión más óptima».

Al llegar a casa, decidí quitarme todo el maquillaje y las prendas que llevaba, para ponerme mi sudadera de siempre y sentarme en el sofá. Como no me apetecía poner la tele, empecé a pensar en mi nueva versión y si yo me sentía a gusto con cómo estaba siendo.

Hoy en día, y grabando esto, viendo lo que ha sucedido con mis amigas, con mi alimentación y con Silvia, he pensado mucho por qué estoy haciendo esto, y he recordado las palabras de mi psicóloga: «Cambiar radicalmente la persona que eres no hace que seas una “mejor versión”, sino una versión que sigue sin aceptarse a sí misma, pero que, en lugar de reprocharse a sí misma cómo es, prefiere huir de ello».

Y me doy cuenta de que ahora mismo no estoy enfadada conmigo, pero es que tampoco me reconozco. Pensé que ser una mejor versión de mí misma era alejarme de todo lo que soy, y creo que no he podido estar más equivocada.

Ahora, reflexionando sobre todo lo que ha ocurrido, comprendo que mis esfuerzos no eran por aceptarme; porque, si hubiera sido para ello, no me hubiera alejado tanto de mi personalidad. Me siento muy perdida cuando intento llevar a cabo algo por mí misma y veo que me alejo bastante. Me gustaría que hubiera una varita mágica a la que poder pedirle el deseo de aceptarme tal y como soy. Pero supongo que eso que me propongo también es huir. Aquí y ahora, prometo que voy a intentar ser mi mejor versión, pero sobre todo, que esa versión sea mía.