17 «Ponle título
a esta sesión»
Al despertarme al día siguiente, no vi a Silvia, pero sí un mensaje suyo de que tenía que ir al trabajo y que ya hablaríamos más tarde. Esta chica y su manera de despedirse… No es que me hubiera gustado despertarme con ella, pero sí otro tipo de mensaje.
Me quedé sentada en la cama un rato, doblando los calcetines que me había dejado sin doblar de la colada pasada, mientras en mi cabeza repasaba lo que acababa de ocurrir. Es una sensación de liberación, pero, a la vez, de absoluta confusión. ¿Es que ahora era lesbiana? ¿Ya no iba a volver a acostarme con chicos después de esto? Me había gustado mucho el sexo con Silvia —más que con Héctor, al menos—, pero no sabía bien qué significaba eso para mí. También sabía que quería repetir, pero ¿en exclusividad, o no? Conozco la palabra «bisexual» y entiendo el concepto, pero ¿es lo que soy, acaso?
Las preguntas se acumulaban en mi cabeza mientras miraba a la nada y seguía doblando calcetines. De repente, llamaron tres veces a la puerta, que estaba entreabierta, y entró en silencio mi hermana; supongo que pensaba que estaría dormida. Me miró, se rio y se sentó a mi lado sobre la cama.
—¿Qué tal ha ido? —preguntó, como si de una situación normal se tratara y, también, como si ella no supiera perfectamente lo que pasó anoche aquí.
—Pues no lo sé —respondí—. Supongo que bien, aunque ahora mismo tengo más preguntas que respuestas.
—¿Otra vez pensando en si salir corriendo u organizar la boda? —soltó con humor.
—No sé. Creo que antes de hablar de esto, necesito pararme a reflexionar sobre ello. Ha sido increíble: el sexo ha sido maravilloso y me he sentido muy cómoda con ella. Pero después, al levantarme, y además de no verla, encontrarme un mensaje tan ambiguo, me ha hecho sentir muy confundida. Es como si yo tuviera que dar todas las respuestas. Lo sé, todos me decís que no tengo por qué tomar decisiones cada vez que siento algo, pero me ha dejado con una sensación de «¿y ahora qué?», que no sé procesar. En fin, hermanita. En estos días te cuento. Oye, ¿tú dónde has dormido?
—¿Yo? En el sofá, como siempre —respondió, riendo—. Entré con la llave que me diste y no hice ningún ruido para no molestaros.
—Espera, ¡¿estabas aquí anoche cuando nosotras…?!
Mi hermana se rio y yo me cubrí la cara, avergonzada. ¡Qué fuerte!
Me dio un par de palmaditas en el hombro.
—No te preocupes, no os juzgo y que viva el amor. He visto salir a Silvia muy temprano y en silencio; casi no me ha dado tiempo ni a reaccionar cuando ya cruzaba la puerta.
—Lo que te digo: una completa confusión. Pero bueno —proseguí—, ya veré cómo me voy sintiendo. Nos queda poco para que salga tu tren; voy a vestirme.
—Gracias por estos días, Sonia. Los necesitaba —me confesó mi hermana.
—Gracias a ti, por todo.
Nos dimos un abrazo y fuimos a recoger las cosas corriendo para no llegar tarde.
Después de todo lo acontecido durante el fin de semana, tenía una cita con mi psicóloga. Tras despedirme de mi hermana, iría a su consulta porque tenía muchas preguntas que hacerle; entre ellas, qué es el ghosting.
Quedaban diez minutos para que saliera el AVE hacia Madrid, así que mi hermana y yo tuvimos tiempo de despedirnos. Me dijo que lo había pasado fenomenal y que, la verdad, tal y como estaba su vida, podía plantearse mudarse a Barcelona durante un tiempo, siempre que yo estuviera de acuerdo. Mis palabras exactas a esa proposición fueron:
—¿Que si estoy de acuerdo? ¡Estaría encantada!
A falta de cinco minutos para montarse en el AVE, me dijo todas esas cosas que le dices a alguien que te importa: «Cuídate mucho», «descansa más», «llámame cuando necesites y, sobre todo, cuando quieras»… Pero también me dijo algo un tanto atípico:
—Decidas lo que decidas, recuerda los momentos en los que has sido feliz de verdad. Los que no puedas recuperar, conviértelos en recuerdos; pero aquellos que puedas revivir, no dudes ni un instante en hacerlo.
Ya, a mí también se me escapó una lagrimilla de emoción al escucharlo.
Después de estas emotivas palabras y de un abrazo enorme, se montó en el AVE y yo me fui a la consulta prácticamente corriendo, porque no llegaba.
Lo primero que hice al llegar sin aliento a la sesión fue preguntarle a mi psicóloga qué significa la palabra «ghosting».
Ella, impactada por cómo me vio al llegar, lo primero que hizo fue mirarme a los ojos y pedirme que me calmara, que ya había llegado y que, durante esa hora, no había ningún tipo de prisa. Esta mujer tiene mucha facilidad para hacer que me sienta muy segura en su despacho.
Una vez tranquila, me indicó que no me definiría lo que es el
«ghosting» porque es sencillamente una etiqueta y que, si yo quería, podíamos definir este concepto juntas en función de cómo yo lo hubiera experimentado. Vaya, que me preguntó qué había sucedido en estos días para que apareciera esa palabra y yo empecé a contarle la historia con todo lujo de detalles.
Le comenté todo el distanciamiento bilateral con Silvia y, sobre todo, la confusión que sentí mientras esto se daba.
Ella me preguntó por los motivos que me llevaron a no escribirle, y le expliqué que, indirectamente, sentía que no me correspondía a mí el iniciar una conversación después de lo sucedido. La cara de mi psicóloga tras escuchar esto simulaba la frase « sujétame el cubata». Y aquí estoy, contándote las conclusiones a las que he llegado en la sesión de hoy:
¿Por qué he decidido que otra persona
se responsabilice de mis deseos antes que yo?
Bueno, reconozco que no había pensado en eso antes, pero supongo que lo hice porque no sé hacerlo de otra manera. De hecho, ya de bien pequeñita
siempre respondía con un «lo que tú quieras» cuando alguien me planteaba cualquier cosa. Recuerdo que, si salía mal, sentía un alivio increíble de pensar que no había sido yo quien había tomado la decisión. Como que las consecuencias eran las mismas, pero el sentimiento de culpa no. Creo que prefiero reprimir los deseos que tenga antes de sentirme culpable por fracasar en ellos, y Silvia no iba a ser una excepción.
Si ambas desaparecimos,
¿por qué creo que ella lo ha llamado ghosting?
Creo que ella ha sentido el peso de la responsabilidad que inconscientemente le di, así que es muy probable que sintiera que la acción de aparecer o desaparecer era únicamente suya. La verdad, pensando en todo esto, necesito construir un vínculo diferente con Silvia. No me gustaría seguir desarrollando esa culpa y, ni mucho menos, no tomar decisiones en mi vida que puedan repercutir en mi presente e incluso futuro. De hecho, creo que lo que sucedió, algunas noches atrás, es una señal de que ni quiero ni puedo hacer eso de nuevo.
¿Cuál era mi intención «desapareciendo»?
Fingir que no me importaba tanto y engañarme pensando que a ella tampoco, si no aparecía. Siendo completamente honesta, creo que no la habría ido a buscar, pero, por supuesto, no quiere decir que hoy en día no estuviera esperando que apareciera. ¡Qué irónico! Siento que lo tengo todo controlado y, en realidad, lo único que hago es controlar los pasos de los demás para que ellos sean los que me aporten una decisión estable para mi vida.
—La terapia funciona, lo que no sé es si alegrarme o prepararme para lo que se viene.
¿Creo que alguna de las preguntas que me ha formulado mi psico respondería a lo que pasó hace unas noches?
Creo que absolutamente todas. Si saco conclusiones sobre cómo me he estado sintiendo, reconozco que lo que pasó hace unas noches fue el reflejo
de lo que quería que sucediera desde que empecé a sentir algo diferente a una amistad por ella. Esto no significa que sepa lo que siento, pero es cierto que quizá no he sabido escucharme o aceptar qué era lo que realmente quería. Tengo que aprender a conocerme antes que al resto y necesito asegurar que aquello que quiero, sea correspondido o no, pueda desarrollarlo.
¿Qué es lo que quiero en este momento?
Quiero ver qué más puedo sentir.
Con Silvia me he reprimido mucho, como si fuera algo diferente y extraño, pero eso ya se acabó. Por eso, hace unas noches la llevé a mi casa.
Sentí que no quería despedirme, que no quería perderla y que, si le dejaba marchar sin hacer lo que deseaba hacer, muy probablemente volvería a entrar en el bucle dañino en el que me había metido cuando no tuvimos contacto.
***
Wow, ¡menudo viaje! Aunque todas estas preguntas me han hecho llegar a una clara conclusión: no soy mi enemiga, y no debería tratarme como tal.
Estoy segura de que lo hago para protegerme, pero creo que, en este momento, para seguir haciéndolo, necesito quitarme el escudo del tabú, la represión y la prudencia. Quiero equivocarme, cometer errores y conocerme a través de ellos. Quiero seguir en terapia y reconocerme en una versión más actualizada de mí misma. Creo que este va a ser uno de los momentos más importantes de mi vida. Y no sabes cuánto lo necesito.
Por cierto, al final de la sesión, mi psicóloga me pidió que, al responder las preguntas, le pusiera un título a la sesión.
Creo que la voy a titular: Catarsis.