El amor y otras malas decisiones 16 Ya es oficial
48%

16 Ya es oficial

Era Silvia. Sí, así como lo oyes: Silvia era la amiga y socia de la chica de la cola de la discoteca. Creo que ella y yo hablamos de todo lo posible, excepto de su trabajo, aunque sí que llegamos a hablar del mío.

Me dio un vuelco al corazón, sentí que el tiempo se me paraba… Hasta que vi en ella una mueca de sonrisa incrédula.

¿Cómo era posible que nos encontráramos de una manera tan inesperada como esta?

Mira, yo no soy persona de creer en el destino, pero las cosas que me pasan me incitan a ello. Tras un corto silencio incómodo que para mí duró horas, la amiga de Silvia, Laura, decidió romperlo con una pregunta cuya respuesta era bastante evidente:

—¿Os conocéis?

Como Silvia no logró responder a esa pregunta, yo estuve ahí para hacerlo por ella con un:

—Yo a ella sí que la conozco, pero con el tiempo que ha pasado desde que no hablamos, no podría asegurarte que me recuerde.

Pero ¡¿qué me pasa?!

Automáticamente, mi cabeza empezó a formularse preguntas tales como: ¿habré sonado rencorosa?, ¿por qué he dicho eso?, ¿se lo habrá tomado mal?, y miles de pensamientos intrusivos más que eran imposibles de descifrar antes de que respondiera.

Mientras mi cabeza me jugaba esta mala pasada, a Silvia le dio tiempo a responder con una carcajada y un:

—¿Esta es tu manera de decir que me has echado de menos?

Tierra, trágame. Lo bueno es que, después de ese momento, que podría haber sido mucho más incómodo, empezamos a hablar del proyecto que tan intrigada me tenía. Era tan interesante que se me olvidó incluso que estaba Silvia al lado. Eso sí, su amiga se encargaba de recordarlo constantemente al explicarme la función que desarrolla en la sociedad que están iniciando.

Al parecer, Silvia es una de las mejores fotógrafas que Laura ha visto en su vida y, según comenta, nunca antes se había encontrado con alguien a quien le apasionara tanto su trabajo. Ante esos comentarios, Silvia parecía sentirse incómoda, y supuse que debía ser modestia.

En el momento donde empecé a sentirme más cómoda con la situación, vi a mi hermana acercarse preocupada porque tardaba mucho. Al localizarme, me miró de lejos y ya supo que algo sucedía entre ellas y yo.

Cuando se acercó, hice las presentaciones:

—Ana, te presento a Silvia, una amiga.

—Así que una amiga que no me ha presentado mi hermana, ¿eh? —

respondió Ana, mirándola con interés. Por la sonrisa que le dedicó, supe que se estaba haciendo ideas… Y que probablemente no iría muy desencaminada—. Pues encantada, Silvia.

—Igualmente, ni te imaginas la ilusión que me hace conocerte —

respondió ella, amable.

Me pareció ver que le hacía un guiño cómplice a mi hermana.

En cuanto esto sucedió, mi hermana giró la cabeza en mi dirección y automáticamente me apartó de ellas para preguntarme:

—¡Lo sabía! ¿En qué momento te has enrollado con una chica?

Desde luego, no sé si esto sucede normalmente entre hermanas, pero créeme que entre nosotras esta «telepatía» es más habitual de lo que parece.

No estoy muy segura de si su pregunta me hizo sentir más insegura de lo que ya estaba o si realmente me ayudó a normalizar la situación, pero empecé a explicarle, de la mejor manera que pude, lo que me ocurría con Silvia; aunque me cuesta mucho identificar lo que me está pasando, en general.

—Pues… hace poco. Nos estamos conociendo. Es muy complicado de explicar, Ana… Estoy tan confundida que no sé ni siquiera qué es lo que siento cuando estoy con ella —admití.

—En realidad, da bastante igual lo que sientas por ella. O sea, no es que dé igual, pero quiero decir que no tienes que saber lo que sientes en cada

momento. Lo que veo es que te apetece vivirlo y que creo que eso es lo importante. Después de tanto tiempo en una relación estable, permítete salir de tu zona de confort, hermanita. ¡Todo es más sencillo cuando lo vives que cuando lo quieres etiquetar! —reflexionó en alto Ana.

Tras la conversación con mi hermana, nos volvimos a acercar a Silvia y a Laura, y esta última decidió darme su tarjeta para que pudiera ponerme en contacto con ella otro día, ya que habían decidido marcharse.

Antes de que se fueran, le pedí a mi hermana que me dejara unos minutos a solas con Silvia y, con una sonrisa de oreja a oreja, aceptó mi petición. Se fue de nuevo con mis amigas, muy seguramente a recabar toda la información que pudiera sobre lo que sucede entre Silvia y yo, y que todavía no me ha dado tiempo a aclararle.

Cuando nos quedamos a solas, lo primero que se me ocurrió preguntarle fue la razón por la que había desaparecido durante tanto tiempo.

Se quedó sorprendida, pero más sorprendida me quedé yo con su respuesta:

—Pues es que pensé que tú necesitabas este ghosting, después de todo lo que había pasado entre nosotras.

Mira, no tengo ni idea de lo que es ghosting, pero no hay cosa que más rabia me dé que tomen decisiones por mí.

Por supuesto, no le dije nada de esto y me limité a escucharla.

Cuando acabó su explicación, me preguntó por qué motivo no fui yo la que trató de contactar con ella y, como su duda también tenía su lógica, decidí ser sincera, ya que no iba a dejar que la vergüenza y el miedo me dejaran una deuda pendiente conmigo misma, ¡que para algo voy a terapia!

—Para mí, es muy complicado averiguar lo que siento y no quiero confundirte ni a ti, ni a mí misma hasta que no sepa qué me pasa exactamente… Pero, siendo sincera, que tú hayas tomado tanta distancia no me ha ayudado a averiguarlo.

Cuando terminé de soltar todo lo que llevaba guardando, sentí un gran alivio hasta que la respuesta de Silvia me puso a pensar:

—¿Y no crees que para averiguar lo que sientes tienes que estar algo confusa en algún momento?

Supongo que tenía razón, así que, en ese momento, pensando o sin pensar, la besé.

De hecho, me confundí completa y totalmente con todo, excepto con las

indicaciones del taxi hacia mi casa. Silvia y yo nos besamos hasta cerrar la puerta; después, allí, seguras y solas, exploramos lo que sentíamos una y otra vez durante toda la noche.

Nunca me había sentido tan segura estando tan perdida.