El amor y otras malas decisiones 11 Buenos días, princesa
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11 Buenos días, princesa

Dicen que al día siguiente se ven las cosas desde otra perspectiva, ¿no?

Pues esta es la primera vez que eso no me ocurre.

Al despertar, era consciente de lo que había hecho, aunque reconozco que seguía sin saber lo que quería. Solo sabía que ne cesitaba un café y preguntarle si a ella también le apetecía uno, pero no iba a despertarla para eso; ya lo hizo el ruido de la cafetera por mí.

—Buenos días, princesa —dijo al aparecer en la cocina—. ¡Qué ganas de café, claro que quiero!

Prince… ¿Qué? Vale, sé que no debo entrar en pánico por cualquier cosa, pero lo hice. Y, cuando me pongo nerviosa, digo tonterías, como bien he demostrado ya en este video-diario, así que la tontería más grande que se me ocurrió fue:

—He soñado toda la noche contigo. Ya sabes, como aquella película.

Tras un segundo, callada, sonrió y continuó con un:

—Solo pienso en ti, princesa, pienso siempre en ti.

Tuve suerte: es tan boomer como yo —para contextualizar, por si te estás perdiendo, la canción es de Pol, y se llama «Buenos días, princesa».

Póntela, te gustará—. No sé cómo lo hace, pero convierte con naturalidad los momentos donde yo me sentiría eternamente incómoda con otras personas. Me hace sentir que parte de mi esencia es divertida y curiosa. ¿Tú crees que está mal que me valide a partir de lo que piensa otra persona de mí?

Tras el café más extraño pero cómodo de mi vida, Silvia me dijo que tenía que marcharse con su hermana a comer —su tradición de los

domingos—. A la hora de despedirnos, nos dimos un abrazo superlargo e intenso. No quería besarla. No iba a hacerlo y ella lo sabía. Así que nos abrazamos, abrió la puerta y se marchó.

Me quedé unos diez minutos sentada junto a la puerta de casa. ¿Qué había pasado? ¿Por qué no me arrepentía de nada de ello? Pero ¿no se suponía que no estaba preparada para sentir algo por nadie? Espera un momento, ¿CÓMO QUE SENTIR? ¿Es que ya sentía algo por Silvia? Y…

¿Y qué si fuera así?

Mientras seguía en ese bucle, llamaron al timbre, y estaba tan inmersa en mis pensamientos sin resolver que me llevé un susto de muerte. Era mi amiga Sara, con quien no recordaba que había quedado, para que me devolviera una falda que le dejé para una cena que tuvo anoche. Y parece que llegó en el momento adecuado y perfecto para que yo me pusiera a explicarle, como una histérica, todo lo que sucedió anoche. Nada más entrar por la puerta, de hecho, le puse una copa de vino en la mano, para que pudiera digerir todo lo que iba a contarle. Es que es muy fuerte. Muy fuerte.

Pero lo más fuerte es que, cuando se lo conté todo, ni te imaginas lo que me dijo:

—¿Y por qué no seguiste después del beso?

Oye, ¡como si yo hiciera todo esto cada día! Aunque lo cierto es que tampoco tenía respuesta a esa pregunta. Supongo que no me veía preparada, porque aún estaba algo confun di da.

—Pues no lo sé, Sara. No estoy acostumbrada a tener una cita con alguien, mucho menos subirla a mi casa y prácticamente nunca besarla en esa primera cita —respondí.

—Bueno, pero te das cuenta de que la has llamado cita, ¿verdad? —

contestó.

—Pues sí, pero…

—Pero nada —me interrumpió—. El hecho de que no estés acostumbrada puedes gestionarlo de dos maneras: o esa persona es especial para ti y es una experiencia positiva, o bien te dejaste llevar y te arrepientes de haber hecho esto por primera vez en la vida.

—Pues la verdad, quitando la palabra especial, prefiero quedarme con la primera opción… —admití, tímida.

—¿Por qué tienes tanto miedo a la palabra «especial»? —me preguntó.

—Quizá me cuesta ver que algo sea especial. Creo que tendría que

hacerle un hueco diferenciado en mi vida, y eso es demasiado importante para mí.

—Eso lo puedo comprender —indicó Sara—. Lo que no comprendo es que, cuando lo sientes, no seas capaz de reconocerlo.

Nos quedamos en silencio y nos abrazamos. Después me vestí y nos fuimos a dar una vuelta para despejar las ideas.

Le cambié la cita a mi psicóloga, que tiene más paciencia que una santa conmigo, y al día siguiente fui a terapia a contarle todo esto. Me hizo reflexionar mucho, ¿sabes? Me llevó a darme cuenta de que no pasé de ese beso porque con ella me siento tan cómoda que no tengo la necesidad de decidir de manera consciente, sino que sencillamente me dejo llevar. Y, en realidad, tiene sentido, porque quizá con otra persona hubiera forzado la situación para que tomara algún camino, pero no con ella.

También decidí hacerle la misma pregunta que ya me había hecho yo anteriormente:

—¿Está mal que me valide a partir de lo que piensa otra persona de mí?

A lo que mi psico me respondió con otra pregunta:

—¿Te validas a partir de lo que piensa de ti, o a partir de lo que te hace sentir sobre ti misma?

Esta mujer siempre me hace lo mismo, pero tiene toda la razón: Silvia me hace sentir que puedo mostrarme tal y como soy, y con ella dejo de juzgar tanto mis acciones.

Al salir de la sesión, recibí un mensaje de WhatsApp de Silvia en el que decía:

Buenos días, princesa. He soñado

toda la noche contigo.

¿Te gustaría que nos viéramos y así

completamos la canción?

A lo que yo respondí:

Sí, veámonos en un karaoke.

Que yo, si me pongo, me pongo en

serio.