10 Un café sin más
El sábado, antes de quedar con Silvia para tomar ese café, salí de casa para comprar el regalo de mi amiga Sara. Como Nuria nunca está en los cumpleaños, porque siempre tiene algún viaje entre manos, me pidió asesoramiento para saber qué comprar y, la verdad, a mí me apetecía mucho hablar con ella. Con ella siento que no tengo que adornar mis palabras, pensamos muy similar y somos supertolerantes la una con la otra, así que quería contarle y conocer su opinión sobre todo lo que me ha estado pasando.
Cada vez que quedo con Nuria tenemos una tradición: ir a sitios bonitos de Barcelona para tomar un brunch y romantizar nuestro encuentro; así que, antes de ir a comprar el regalo, fuimos a comernos unas tortitas rosas con mil toppings por encima.
Mientras comíamos y reíamos a partes iguales, estuve hablando de Silvia y le comenté que nunca la había percibido como una simple «posible amistad», y es que así lo siento. ¿Sabes esa sensación de que podrías mantener una amistad con alguien sin la necesidad de tener algo con esa persona, pero sintiendo algo diferente que con el resto? Pues yo esa sensación no la había tenido nunca, y menos con una chica. A ver, no me juzgues, no es por el género de la persona, es porque me parece muy curioso que alguien me haga sentir así; sobre todo después de lo de Héctor.
Cuando acabé, Nuria empezó a reírse y de manera directa solo se le ocurrió decir:
—O sea que, ¿por fin nos podemos librar del fantasma de Héctor?
Me quedé alucinada por esa respuesta. Quería responderle muchas
cosas, como: «¿Te das cuenta de que estoy hablando de una mujer?» o «¿Es que todas creéis que sigo aferrada a Héctor?», pero decidí responderle con algo que me parecía mucho más importante:
—Creo que hay mucha diferencia entre Héctor y Silvia. Es como si me metiera en un mundo diferente, en el que mi presente es este y mi pasado es Héctor. Es probable que Silvia me haga sentir cosas muy diferentes… —le indiqué.
—¿Y eso que crees que puede hacerte sentir, es lo que quieres sentir?
—me preguntó Nuria.
—Pues la verdad es que no se me había pasado esta pregunta por la cabeza… Creo que no es tanto si quiero sentirlo, como si estoy preparada para sentirlo. No sé si tengo energía suficiente para empezar a sentir algo complicado por alguien, ¿sabes?
—Amiga —prosiguió Nuria—, me parece que eso no puedes escogerlo tú: sentirás lo que tengas que sentir. Además, ¿acaso eso es malo? Si el cuerpo te pide volver a ilusionarte… De todos modos, si conocer a alguien te hace gastar tanta energía, piensa en por qué te ocurre eso, ¿no?
La conversación con Nuria me hizo reflexionar y quitarme cierta espinita acerca de si había hecho bien aceptando la invitación de Silvia para tomar café. Por cierto, finalmente no compramos el regalo.
Silvia y yo quedamos a las seis de la tarde en una cafetería muy pequeñita, pero acogedora, cerca de donde vivíamos. Cuando me vio, me dio un abrazo y, tras sentarnos y ponernos a hablar, empezó a mirarme muy fijamente. Me ponía nerviosa, pero, cada vez que bajaba la cara, ella me levantaba la barbilla para que la mirara a los ojos. Estuvimos unos instantes así, hasta que me dijo:
—No tienes nada de lo que avergonzarte, Sonia. Ojalá pudiera hacer que te sintieras más cómoda mirándome a la cara, eso sí.
Ahora sí que me moría de la vergüenza, porque yo soy de poco contacto ocular y me cuesta bastante mirar a los ojos, pero, si le decía eso, pensaría que soy todavía más rara de lo que me había mostrado.
—No prometo nada, pero intentaré dejar de sentir esta vergüenza —le respondí con timidez.
Durante todo el momento del café, sentí que podía hablar con ella de todo. Estuvimos hablando de mi familia —algún día te hablaré de ello a ti también, que tiene tela—, del trabajo, de nuestros hobbies… Vamos, que
hablamos de todo lo que se podía hablar. Pasaron las horas muy rápido. De hecho, nos cerraron la cafetería y decidimos pasear hasta que llegamos a un parque. Eran las diez de la noche y nos entró hambre, así que decidimos pedir comida a domicilio y que nos la trajeran a mi casa, que esta vez me tocaba a mí ser anfitriona.
¿Sabes qué sensación tuve? Como si nunca fuera a juzgarme por la persona que soy. Sentí que le generaba la misma curiosidad que la que ella me generaba a mí, y esa correspondencia fue muy interesante.
Cuando terminamos de cenar, empezamos a escuchar un disco de Gary Moore, ya que descubrimos ese mismo día que a las dos nos encantaba. Si conoces este tipo de música, entenderás que no se baila, así que nos tumbamos en el sofá. Yo puse los pies sobre ella y me empezó a acariciar las piernas. Las caricias fueron muy dulces y noté que no eran malintencionadas, así que, de lo cómoda que me sentí, me quedé dormida.
Sí, me quedé dormida con una semiextraña dentro de mi casa, por lo que imagínate la seguridad de la que te estoy hablando.
Cuando desperté, comprobé que ella también se había dormido. Miré el reloj y eran las dos de la madrugada. Al verla tumbada, sentí la necesidad de devolverle ese cariño y me quedé abrazada a ella, pero, cómo no, en ese momento la desperté. No te mentiré: cuando la vi tan cerca de mí, sentí muchísimas ganas de besarla, así que… lo hice. La besé y ella me siguió.
No puedo describirte lo que me hizo sentir ese beso; solo puedo explicarte que fue uno de los más tiernos y, a la vez, excitantes que había sentido en toda mi vida. Pero, al separar los labios, ella sonrió y no volvió a besarme.
Solo nos abrazamos durante toda la noche.
Y ese día no bebí.