9 Llamadas perdidas
Como cada lunes, desde hace tres meses, toca terapia.
Durante la sesión con mi psico, suelo desconectar el móvil. Ya me cuesta de por sí concentrarme, por lo que imagínate si me está vibrando el teléfono en el bolsillo. Así que, tras decirme que está muy orgullosa del famoso ejercicio del «y si…» y hablar de cómo estoy llevando este momento, salí de la sesión y encendí el móvil.
Tenía una llamada perdida de Silvia. Y otra de Héctor. ¡¿EN SERIO?!
No sé a cuál de las dos llamadas le tenía más pánico. Pero bueno, tenía todo el día para devolver ambas.
Después de mi rato en consulta, me fui a trabajar. Durante toda la jornada no pude evitar pensar que en cualquiera de esos momentos podía estar devolviendo las llamadas, pero lo cierto es que no sabía qué esperar de ninguna de ellas.
Mientras observaba el móvil, deseando que se le acabara la batería, entendí que evitaba las dos situaciones y que desconocía cómo iban a salir finalmente. Así que decidí comprender las expectativas que tenía de ambos y solo devolver la llamada que sintiera que podía salir mejor.
Pensé que, si llamaba a Silvia, probablemente podría escuchar su tono de voz y entender cómo se sentía después de la noche más bochornosa de mi vida. Sin embargo, si llamaba a Héctor, probablemente no estuviera preparada para escuchar lo que me tuviera que decir; sobre todo, porque ni siquiera sabía cuál era la intención de esa llamada: ¿querría verme?, ¿le habrá pasado algo a él, a algún familiar suyo o al go por el estilo? Además,
¿cómo me sentiría al escuchar su voz después de tanto tiempo?
De repente, empecé a sentir un nudo en el estómago, pero no era una sensación desagradable… Y no sé si era peor que no lo fuera.
Al volver a casa, tomé una decisión: decidí devolver la llamada que podría hacerme sentir peor, pero resolver algo a la vez, y llamé a Silvia.
Antes de que pudiera decir nada, le pedí disculpas. Sí, lo sé, ¿vale? Pero es que yo soy así y no puedo evitarlo. Entonces fue cuando, sorprendentemente, Silvia me contestó algo que no esperaba:
—Ey, Sonia, antes de seguir… Te diré que me imagino la razón por la que te estás disculpando y tengo que decirte que todo está bien. Fue muy divertida toda la noche, aunque, si tuviera que quedarme con un momento, sería justo por el que te disculpas.
—Silvia…, sé que no nos conocemos mucho y que quizá dices todo esto para que no me sienta tan incómoda, pero la verdad es que no me ayudas engañándome —le respondí con un tono de arrepentimiento.
—Es que no te lo digo para engañarte, ni mucho menos. Escogería ese momento porque esa parte de ti me parece muy graciosa e interesante a la vez. No sé si estás de acuerdo conmigo o si lo logras ver, pero el hecho de hablarme tan explícitamente de tus preferencias te hace ver como una persona abierta y sin tabúes delante de mí, y eso significa que te sientes cómoda. Y, por consiguiente, me lo haces sentir a mí —concluyó Silvia.
Me sentí aliviada, la verdad. La vergüenza seguía ahí —de hecho, todavía sigue—, pero el hecho de que ella me hiciera sentir cómoda con la persona que soy… No me lo esperaba y me reconfortó mucho.
Después de una conversación bastante larga y entretenida, donde hablamos no solo de lo que pasó aquella noche, sino de todo: de mis amigas y de las suyas. De su casa y de la mía. De sus rutinas y de las mías. Llegó un punto en la conversación donde me cortó para proponerme una cosa:
—Oye, Sonia, en lo que hablamos, he visto que la aguja del reloj ha dado una vuelta entera. Creo que deberíamos seguir esta conversación quedando en persona esta semana. Bueno, si quieres y puedes, claro.
Como tú ya conoces mis horarios, creo que está claro lo que le dije:
—Pues… a no ser que sea el finde, me es imposible.
Ella accedió y quedamos para tomar un café el sábado por la tarde.
Sí, un café. No podía arriesgarme a beber una gota más de alcohol hasta que no se me pasara esta sensación, aunque, siendo totalmente sincera, creo que nunca se me pasará.
Si te preguntas qué me produce Silvia, te podría decir que curiosidad.
Estoy acostumbrada a tener amigas y no verlas más allá que eso, pero es que Silvia me atrae de una forma… ¿Diferente? También me trata de una forma diferente, supongo. No puedo decirte lo que me hace sentir porque no lo tengo claro, pero algo muy profundo en mí necesita explorar esa sensación hasta el final. ¿A ti nunca te ha pasado? Porque lo que es a mí, sentir esa especie de magnetismo, no. Y he decidido aplicar lo que estoy aprendiendo en terapia: sentir nunca es malo.
Como salí tan a gustito de la llamada con Silvia, decidí que estaba capacitada para devolverle la llamada a Héctor. Y lo cierto es que me fui ilusionando por momentos, porque necesitaba saber qué era lo que quería y ver en qué punto estaba él.
Cuando me atreví a marcar, respondió al tercer tono. Le saludé con timidez, le dije que tenía una llamada suya a las diez de la mañana y le pregunté si había pasado algo. No te lo vas a creer. Su respuesta fue:
—Ah, hola, Sonia. Es que te marqué sin querer. Tu nombre está al lado del de Simón y había quedado con él.
Hago una pausa para que asimiles esto.
…
¿VERDAD QUE SÍ? Todo el tiempo preocupándome por esa llamada, por cómo me iba a sentir, por si me necesitaba y por eso me llamaba, por si había pasado algo, incluso por si quería que nos viéramos… Y resulta que se había equivocado. Además, se había equivocado y esa equivocación no había sido importante para él.
Me quedé callada unos instantes y me dijo en un tono animado:
—¿Hola? ¿Tú también te has equivocado?
A lo que yo contesté:
—Sí, me he equivocado y mucho. Buenas noches.
Antes de esa llamada quería saber de él, hablar con él e incluso sentirme mejor por haberlo hecho. Sin embargo, tras esa llamada…, solo deseé haberme quedado con la sensación de la charla con Silvia.
Y sí, juro que no le contesté que me había equivocado por rencor; es que de verdad sentí que me había equivocado en absolutamente todo con esa perdida.
Pero, como mi psicóloga me dice siempre: «Una acción nos da mucha información». Por lo que descubrí, todavía tengo la tendencia a pensar y
sentir que Héctor solo puede hacerme bien y por eso hice esta llamada. Así que quizá esto me ayude a saber que también puede hacerme daño, queriendo o sin querer.