El amor y otras malas decisiones 8 Si estás leyendo esto
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NO BEBAS

Beber no es mortal, pero si te pasas corres el riesgo de morir de vergüenza al día siguiente. Literalmente, MORIR de vergüen za.

Mirando la rueda de las emociones que me dio mi psicóloga para hacer este diario, he entendido por qué la vergüenza nos agobia tanto que no nos deja pensar en otra cosa: resulta que la vergüenza es una emoción que deriva de la tristeza y la culpa. Sentir vergüenza, bajo mi punto de vista, es peor que sentir culpa. Porque, cuando sientes culpa, es porque sabes que has hecho algo que puede no estar del todo bien y eres consciente de ello.

Sin embargo, cuando no sientes vergüenza, no eres consciente de que tus palabras o acciones pueden resultar comprometidas, así que te dejas llevar y, si eres tan sincera y estabas tan borracha como yo, probablemente la cagues.

«No será para tanto», estarás diciendo, y quizá tengas razón. El problema no está en si es para tanto; el problema es la percepción que tengo de mí misma después de todo. A ver, te explico, porque creo que no te estás enterando de nada.

Cuando fui a casa de Silvia, no pasó nada entre nosotras más que palabras. Demasiadas palabras. Estuvimos hablando de trabajo, de música, de relaciones anteriores, y terminamos hablando de sexo. Y yo, como estoy todavía en primero de soltera, empecé a hablar de manera muy explícita sobre por qué me gustan los chicos; tú ya me entiendes. Siento que cuando estoy cómoda no tengo ningún filtro. Ella me siguió haciendo preguntas

sobre este tema de manera concreta y, claro, yo respondí. El problema no está en mis respuestas, sino en la impronta que hayan podido dejar esas respuestas en ella.

¿Se habrá sentido incómoda?

¿Le habré parecido homófoba?

¿Le habré parecido salida?

¿Le habré parecido una homófoba salida y por esa razón se habrá sentido incómoda?

Había llegado el momento de sacar el ejercicio del «y si…» que me recomendó mi psicóloga para cuando algunos pensamientos intrusivos y ansiosos se me hicieran un bucle infinito del cual no pudiera salir.

El ejercicio consiste en lo siguiente: a todos los pensamientos que rondan tu cabeza tienes que ponerles un «y si…» delante, y averiguar qué es lo peor que podría pasar y qué es lo MEJOR que podría suceder.

Ya, yo tampoco creía que hubiera nada bueno en esta situación, pero, hasta ahora, todo lo que estoy aplicando me está yendo bien. Comencemos: 1. ¿Y si se ha sentido incómoda?

Lo peor que puede pasar: que no quiera hablar conmigo de lo sucedido y siga sintiéndose incómoda.

Lo mejor que puede pasar: que lo hablemos y me diga que todo está bien, que ya no se siente tan incómoda.

2. ¿Y si le he parecido homófoba?

Lo peor que puede pasar: que se quede con esa imagen de mí para siempre.

Lo mejor que puede pasar: demostrarle que no lo soy y que ese pensamiento con el tiempo vaya cambiando… Paciencia.

3. ¿Y si le he parecido una salida?

Lo peor que puede pasar: que tenga una imagen de mí que no corresponde con la persona que soy, y además una muy mala imagen.

Lo mejor que puede pasar: que entendiera que estaba tan a gusto que me extralimité y que le haya podido pasar algo similar alguna vez para así poder empatizar conmigo.

4. ¿Y si esta vergüenza no desaparece nunca?

Lo peor que puede pasar: que me culpe a mí misma en exceso y eso haga que cambie la manera en cómo me expreso y soy, porque no quiero volver a sentirme así nunca más.

Lo mejor que puede pasar: que cada vez que recuerde esta cagada me diga a mí misma que tampoco he matado a nadie, y que todo el mundo comete errores.

Ya sé que estás pensando que lo mejor que puede suceder es que nada de esto haya pasado, pero es que el ejercicio consiste en entender que sí ha pasado para que, si finalmente se da alguna de las posibilidades, sepas cómo manejar el conflicto y el pensamiento a la vez.

¡Uf! Ahora estoy mucho más tranquila. Además, si tengo el último pensamiento —que te aseguro que lo voy a tener durante mucho tiempo—, siempre tendré esta hoja de recordatorio. Te recomiendo que lo hagas; la verdad es que a mí me ha servido un montón.

Por lo pronto, he decidido no escribirle ni llamarle; ella tiene mi número y, si en algún momento quiere hablar conmigo, siento que es mejor que sea ella quien dé el paso. No es orgullo, es vergüenza: ahora mismo toda conversación que pueda iniciar va a ser un «tierra, trágame» para mí y, aunque para ella quizá no, prefiero disipar mi vergüenza y dejar de experimentar esta incomodidad que siento.