7 Más allá de los límites
Por fin ha llegado el día. No podía seguir eludiendo esto, y créeme que lo he intentado: hoy salimos de fiesta. Mi primera fiesta desde que rompí con Héctor y, la verdad, es que no sé cómo sentirme.
Siempre he salido de fiesta con un objetivo claro, pasármelo bien con mis amigas, pero me da la sensación de que esta vez ellas están empecinadas en que conozca a un tío en esa fiesta. ¿Por qué lo sé? Bueno, porque se han puesto excesivamente pesadas con que es una buena oportunidad para conocer gente y que suelen ir personas muy interesantes.
Lo cierto es que tengo muchas ganas de divertirme con ellas, así que al fin he accedido, pero lo otro…
Mi psicóloga me comentó que, cuando este día llegara, pusiera una serie de límites para sentirme cómoda en todo momento. Así que decidí que mis límites se iban a dividir en tres aspectos principales: Mis amigas
Tíos
Temas
prohibidos
Cuando no quiera beber, no me ofrezcáis
Estoy acompañada.
Héctor.
más.
Si no quiero ir en taxi, iré en metro.
No tengo número
Ruptura con
de teléfono.
Héctor.
Cuando me quiera marchar, os lo diré y no
Ya tengo copa.
Cómo llevo la
quiero insistencias para que me quede más.
terapia.
Vale, lo admito, no estoy muy receptiva, pero estos son los límites que ahora mismo necesito para saber que voy a disfrutar de la fiesta al cien por cien. La verdad es que nunca me había parado a pensar que podía poner límites. Siempre he pensado que ponerlos sería coartar al otro, pero nunca me había planteado que, por dejar ser a los demás, me coartaba a mí misma.
Siento más respeto por mí misma ahora que los he puesto.
He de decir que describí de manera demasiado específica los ámbitos donde poner límites, pero de eso ya hablaremos después.
Antes de entrar en la discoteca, fuimos a un local de copas contiguo para charlar un rato, algo imposible después, al estar más de cinco horas bailando sin parar rodeados de un millón de personas —aunque debo reconocer que esa sensación me gusta—. La conversación fue bastante entretenida. Mientras hablábamos, sentía que un grupo de chicas nos miraban y murmuraban sobre nosotras. Yo pensé que hablarían de Nuria, que siempre lleva modelitos en tendencia, así que no le di mucha importancia.
Cuando pedimos la cuenta, fui al baño consciente de que no volvería a ir a uno en mucho tiempo. Mientras esperaba en la cola, apareció una de las chicas del grupo que tanto nos miraba. Le hice una mueca de saludo y me la devolvió, pero me mantuve callada. Cuando estaba a punto de ser mi turno, se me acercó y me preguntó en un tono bastante cálido:
—¿No vas a preguntarme por qué os miramos tanto?
Me quedé sorprendida, porque no sabía qué esperaba que le respondiera.
—Bueno, si me lo quieres contar, sí que quiero saberlo. Aunque supongo que estaréis alucinando con el outfit de mi amiga, ¿no?
A lo que ella respondió:
—Sí, claro, aunque me ha costado ver que estabas acompañada… Solo podía fijarme en ti. —Y, con toda la naturalidad del mundo, abrió la puerta y se marchó.
¿Acababa de ligar conmigo una mujer? No sabía si creerlo, pero, al volver a mi mesa, evidentemente, fui directa a contárselo a mis amigas. La respuesta que obtuve fue: «Pues es mona». Y lo cierto es que a mí también me lo había parecido, pero me gustan los chicos, así que… no entiendo nada.
Varias horas dentro de la discoteca, estuve bailando y cumpliendo a
rajatabla todos mis límites. Me sentía superorgullosa de eso. Y, como los cumplí todos, cuando quise marcharme, lo hice.
Sin embargo, cuando estaba pidiendo el Cabify con la dirección de mi casa, la chica del baño apareció. Como vi que se me acercaba, le sonreí de manera cordial hasta que, a mitad de camino, entre la discoteca y yo, comprobé que no había salido por casualidad, sino que venía directa hacia mí.
Cuando estuvo cerca, me hizo una pregunta:
—¿Por qué no te quedas un poco más? La noche puede ponerse interesante.
—Bueno —respondí—, la verdad es que todo lo que tenía que hacer, ya lo hice: he bailado, reído… Créeme que, tal y como estoy anímicamente, no puede ponerse más interesante la noche.
—¿Así que eres de esas personas? —me preguntó.
—¿De esas personas? —respondí bastante confusa.
—Sí, de esas personas que se conforman con haber vivido lo que esperaban y no lo que les queda por vivir.
—Digamos que sí —contesté, soltando una risa, sorprendida por la respuesta—. Además, le quedan cinco minutos a mi Cabi, así que dentro de muy poco estaré durmiendo plácidamente.
—Bueno, pues si le quedan cinco minutos a tu coche, me quedan cinco minutos a mí para convencerte —rebatió.
Me quedé estupefacta. Claro, porque… ¿Qué responderías tú a eso?
Pero, firme ante mi idea y mis límites, decidí mantener los motivos para marcharme intactos.
—Pues estás perdiendo tu tiempo. Ya me he dado cuenta de que esta noche no será una de esas oportunidades en las que algo cambie mi vida para siempre, la verdad —le dije.
—¿Estás segura de eso? ¿Cómo lo sabes si te marchas ahora que alguien te está ofreciendo la oportunidad de pasar una noche diferente?
Enmudecí. La cuestión es que le di la razón, porque sentía que la tenía.
Así que, finalmente, logró su objetivo: me convenció y volví a entrar —
menos mal que ponen los sellos esos de tinta en la mano, que tardan tres duchas y media en borrarse.
Es curioso cómo he sido más estricta conmigo misma que con mis amigas en los límites que puse. Fíjate que no esperaba pasarlo así de bien.
Supongo que tengo que empezar a poner límites según mis preferencias, y no según mis expectativas…
Mis amigas, que siempre bailan al lado de la puerta para que Lidia pueda fumar, se alegraron tanto en cuanto me vieron entrar con esa chica que no nos soltaron en todo el rato. Nuestro grupo es muy abierto y siempre estamos socializando con todo aquel que nos dé buenas vibras. Eso sí: le pasaron la típica «ficha técnica» que siempre hacemos a todo el mundo para conocerla mejor.
La chica del baño se llama Silvia, tiene nuestra edad y se dedica al mundo del marketing, algo que se le notaba desde el primer momento. Es muy elegante y… guapa; sí, ¿por qué no decirlo? Además de esto, nos comentó que estaba soltera y era bisexual cisgénero, comentario que remató con un: «por si a alguna de nosotras nos interesaba», mientras me dirigía la mirada.
Claro, yo había puesto los límites con los chicos; lo que no esperaba es que tuviera que ponerlos con las chicas. Así que pensé en las sabias palabras de mi psicóloga diciendo que «si no conozco mis límites en algún ámbito o con alguna persona, es que todavía me toca descubrir esa parte de mí para poder entender qué necesito», y lo hice: conocer y explorar.
Por si te has quedado con la duda, una persona cisgénero es aquella que se siente identificada con el sexo asignado al nacer. Yo lo aprendí esa noche, además de muchas otras cosas.
Mis amigas son muy de chupitos cada vez que suena una canción que les aburre, así que Silvia decidió unirse a ese plan y terminamos la noche bastante «contentillas». Al salir de la discoteca y dejar a mis amigas en sus correspondientes Cabify, Silvia y yo decidimos compartir otro, ya que resulta que vivimos muy cerquita. Mientras estábamos sentadas en el coche, me preguntó si quería ir a dormir a su casa y así podríamos seguir hablando.
Enmudecí. No suelo dormir en casa de extraños, pero esta vez respondí que… sí. Total, si me sentía incómoda, podía volver caminando a mi casa.
Y estuvimos hablando, quizá demasiado…
Pero esto te lo cuento mañana.