6 «¿Qué nos pasa? »
Ayer, en un intento de hacer mi vida más aesthetic, decidí animar —más bien convencer— a mis amigas para hacernos unas fotos en el parque de la Ciutadella, que es precioso. Porque no hay plan más milenial, pero tampoco más barato que este. Además, me gusta hacer fotografías y me lo paso bien viendo lo mucho que les gustan a mis amigas.
Todo en ese día fue perfecto para que se diera la situación: ni mucho frío ni mucho calor para lucir modelito de otoño, la luz perfecta para poder hacer fotos, tanto en la sombra como al sol, todas mis amigas podían quedar a la misma hora… Todo perfecto. Todo, excepto mi crisis de vestuario. ¡No sabía qué ponerme! Es cierto que he cogido algunos «kilitos», debido a la ruptura. Con seguridad a ti, como al resto de los mortales, se os quita el hambre con los disgustos. Pues a mí, todo lo contrario… y es que ha sido muy duro. Total, que tengo muchísimas prendas en el armario; amo la moda, pero la amo por lo bien que siempre he creído que me sienta todo.
Eso sí, de mi talla. No te creas que no me subía el pantalón o la cremallera de la falda, qué va. Pero todo me estaba ajustadísimo. Me sentí horrible. Y
es una sensación que no había tenido nunca. Al final, fui con un dos piezas de Zara verde oliva. Era eso, o un chándal, y si me ponía un chándal, mis amigas iban a sospechar: siempre voy arreglada y ellas lo saben; además, no me apetecía hablar de ello, la verdad. Solo quería marcharme de casa y rezar para que en alguna foto saliera bien.
Ya en el parque, mientras maquillaba a Lidia, esperábamos a Sara, que suele ser muy puntual. No sabíamos qué pasaba hasta que la vimos salir del metro. Iba preciosa: llevaba unos pantalones de polipiel negros y
acampanados, con un top rosa flamenco; todo de hace mil temporadas, pero con un peinado y un maquillaje espectacular. Es que ella, con lo que se ponga. Sin embargo, lo único que no veía era su sonrisa. Algo le pasaba.
Le pregunté qué le ocurría y nos dijo que no estaba contenta ni con el outfit, ni con el maquillaje, ni con nada. La vi realmente agobiada, pero me quedé callada, ¿quién era yo para hablar? Me había visto en las mismas esa mañana y no se me había pasado.
En fin, nos dedicamos a hacernos unas cuantas fotos.
Yo las hice prácticamente todas; a mi favor diré que siempre quieren que yo les haga las fotos. Incluso con Nuria tengo un código interno: sé qué estilo de retratos le gusta y sé con cuáles se va a sentir bien, en ciertos ángulos, aunque sean los peores —siempre decimos que escoge mal las fotos.
Cuando terminé de hacerlas, Lidia, que es más lista que el hambre, me dijo que faltaba yo por hacerme. Yo le indiqué que prefería esperar a después de comer, porque en ese momento el sol estaba muy bajo. Me miró con un ligero matiz de duda y asintió con la cabeza. Es que realmente tenía razón.
Ya, lo sé, no empieces tú también.
Bueno, vale, lo contaré porque, si no, ¿para qué está este diario?
Pues sí, evité a toda costa hacerme cualquier foto que no fuera acompañada de ellas. Siempre he tenido dificultad para hacerme fotos porque no sé posar y me siento extraña, pero me veo una chica bastante guapa, así que me las termino haciendo. La cosa es… que no me sentía así y no quería seguir decepcionándome.
Comimos en el mismo parque, en el césped —ya te he dicho que quería convertir mi día en algo aesthetic—. Después, nos pasamos riendo toda la tarde y finalmente se hizo de noche y nos fuimos a casa. Cuando llegué, me empecé a quitar la ropa: primero el top y terminé por los zapatos. Nunca me la quito así. De hecho, suele ser al revés. Pero no le di importancia hasta hoy, que tuve sesión con mi psicóloga y me dijo que podría ser debido a:
«Un intento de compensación del malestar corporal cambiando radicalmente el proceso de desvestirse, para no vincular mi autoimagen con el momento de dismorfia corporal».
Vamos, que intentaba no asociar mi cuerpo con el momento de incomodidad que tuve esta mañana, así que lo hago completamente
diferente.
Lo bueno es que me ha dicho que no son malas noticias. Se ve que mi cerebro me protege más que mi propio cuerpo. ¡Qué locura!
A esta mujer le tengo aprecio, pero es que siempre que siento que hay algo que está mal, ella dice que es bueno. ¿Es eso normal?
En fin, ahora estaba a punto de desmaquillarme cuando he visto un WhatsApp de Lidia. Es raro, porque no solemos hablar mucho por el móvil, a no ser que sea algo importante.
Era una foto que me había hecho en el parque, sonriendo y de cuerpo entero. No te imaginas lo mucho que me encantó esa foto. ¡Salgo tan guapa!
Todo el jodido día preocupada por mi aspecto y por evitar mirarme, pensando que todo era perfecto, a excepción de mí… Y es mentira: una de mis amigas se sintió como yo, otra se tuvo que ir más pronto, nos picaron a todas los mosquitos y la bebida que llevábamos pa ra comer se calentó.
Quizá todo tenía que ser perfecto para nosotras porque, en nuestro mundo, lo que no estaba bien éramos nosotras internamente.
Pero ¿por qué somos así? ¿Qué necesidad tenemos de hacernos daño y no permitirnos disfrutar de la misma manera de nuestro cuerpo como de nuestras vivencias? Algún día se lo preguntaré a mi psico.
Al ver esa foto, automáticamente me quité el pijama y me volví a poner el traje verde oliva. Me miré al espejo, sonreí y hasta posé un poquito.
Joder, qué bien me sienta ese traje.
No es que todo fuera perfecto menos yo; es que nada era perfecto y se me olvidó que yo tampoco lo soy. Y eso está bien.