El amor y otras malas decisiones 5 «Sí y no»
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5 «Sí y no»

El viernes pasado, cuando todo el mundo empezó a llamarse de otra manera que no fuera Héctor de nuevo, me dediqué a ordenar mi habitación. Te parecerá mentira, pero, desde que me mudé tras la ruptura hace tres meses, no he sido capaz de dedicar ni un día a hacerlo. Lo cual es normal, porque, según explica mi psicóloga, hay dos maneras de reaccionar ante el dolor: la asimilación voluntaria o la asimilación forzosa.

En la primera, la persona empieza a llevar a cabo ciertas acciones, y no son para desvincularse de su anterior etapa, sino para vincularse cuanto antes a otra. Acciones como hacer la mudanza en un día, llamar a amigos para salir, cambiar de hábitos y horarios, incluso de look… Y luego están las personas que procesan la asimilación de manera forzada. Estas podríamos decir que somos todo lo contrario —sí, lo sé, acabo de clasificarme en esta categoría—: tienen recursos de evitación, pero no para seguir vinculadas a la etapa anterior, sino porque no desean vincularse a la nueva etapa que les espera; esto puede ser debido al desconcierto, a la negación o sencillamente porque no saben de qué manera quieren que sea.

Lo malo —terrible, bajo mi punto de vista— de este tipo de asimilación es que, al final, algo te obliga a dar esos pequeños pasos. Y encima, algo que no eres tú… ¡Con lo mucho que odio que me obliguen a hacer cosas!

En este caso, fue un repartidor de Amazon.

Resulta que hace unos días pedí un espejo porque el anterior se me había roto. Había uno rebajadísimo, pero era más grande que el que tenía, así que me vi obligada a hacer espacio para cuando llegara. La cosa es que… no lo hice. Entonces, llegó el día y, cuando el repartidor me preguntó

que dónde me lo dejaba, me quedé bloqueada. Me di cuenta de que vivía rodeada de cajas. Las cajas que me faltaban por abrir eran las pertenencias que compartí con Héctor, pero es que, para mí, abrirlas suponía entender que todo eso estuvo, y ya no está. Tocar, oler, ver ciertos objetos supone saber que ya no sirven, pero algún día sí lo hicieron… La verdad, no estaba preparada. Así que el chico que vino con el espejo me lo dejó con cuidado al lado de la puerta y me sugirió con calma que hiciera espacio, porque, de esa manera, podrían entrar cosas nuevas que, tal vez, generarían unos recuerdos tan buenos o más que el pasado que contenían esas cajas.

Ahora que lo escribo, sé que era un consejo, pero créeme que en ese momento fue como si me estuviera obligando a gritos, literalmente, a que abriera las cajas que me quedaban.

Aun así, lo hice. Las abrí todas, todas, toditas. En algunas volví a ver destinos de viajes, en otras escuché risas incesantes y en muchas de ellas pude oler los abrazos de cada mañana.

Mierda.

Me quedé con todos los recuerdos, excepto con uno.

Verás, a mí me encantan los juegos de preguntas como plan de domingo, y más si son para conocer mejor a los demás. Pues bien, en una caja encontré un test de gustos y preferencias: de esos que te preguntan si te gustan las cafeterías con música o si alguna vez serías capaz de perdonar el desplante de un amigo. Ese test lo hicimos Héctor y yo una tarde merendando y cada uno tenía que responder a ciertas preguntas.

En todas las que me tocó responder a mí, tengo escrito «sí y no». Verlo, me chocó, porque hasta ahora no me había dado cuenta de que esa respuesta, el «sí y no» al mismo tiempo, es una señal clarísima de no conocerte en absoluto. Pero ¿sabes qué es lo peor? Que las de Héctor las respondería de manera segura y firme, sin dudar un segundo.

¿QUÉ HA PASADO CONMIGO? ¿En qué momento preferí conocer a otra persona antes que a mí?

Estas respuestas solo las puedo descubrir yo, pero, si me las preguntaran en este momento, solo respondería «no sé». Lo compartí con mi psicóloga. Ella me dijo que, antes de responder estas preguntas, tratara de responder otras más básicas. Eso sí, me propuso hacer el test de nuevo, pero esta vez descubriendo aquellas cosas que durante mucho tiempo estuve descubriendo de otros. También me dijo que, cuando dejara de sentir tanto

rencor conmigo misma y empezara a conocerme mejor, las podría responder de una manera menos disfuncional para mí.

Después de aquello, cuando me preguntó si tenía posibilidad de hacer de nuevo el test, le respondí: «Bueno, sí».

Entonces me miró.

La miré.

Y salí corriendo de la consulta para rescatar de la basura ese test, porque esa fue la primera pregunta que pude confirmar de manera segura y, a partir de ese momento, decidí empezar a responderlas todas para saber quién soy.

Y mi pasado dejó de ocupar el espacio de mi presente.