3 Segunda sesión
Acabo de volver de mi segunda sesión de terapia y esta vez sí que he sabido cómo responder a la pregunta «¿Cómo estás?», pero no te creas que ha sido fácil. Mi psico tiene una extraña obsesión con la rueda emocional que, odio reconocerlo, pero funciona. Me explicó cómo iba el primer día: en una lista de emo ciones con forma de rueda, buscas más o menos cómo estás y vas moviéndote poco a poco hacia una emoción más compleja.
Bueno, pues hemos hecho el ejercicio y gracias a eso me he dado cuenta de que estoy triste, aunque no llore.
Todo ha empezado hablando de cómo estoy viviendo el duelo por «el definitivo»:
—Y dime, Sonia, ¿qué motivos consideras tú que han roto la relación? —me preguntó la psicóloga al empezar.
No supe contestar con exactitud a los motivos. De hecho, yo venía a terapia para que me respondieran a mí esa pregunta, y no al revés.
—Pues lo cierto es que todavía no los conozco —indiqué.
—¿No los conoces, o no te los ha dado? Puede que sea importante que resolvamos esto de cara a cómo superar el duelo: no es lo mismo sentirse rechazada tras darte motivos y seguir sin conocerlos, que abandonada por no habértelos dado y haber desaparecido sin más —desarrolló.
Le expliqué que él rompió conmigo, pero que hoy en día todavía desconozco la razón. Entonces, llegamos a una conclusión muy importante para definir mi herida en este duelo. Resulta que, según mi psicóloga, parte de la emoción principal que siento hacia este duelo es el abandono que, por si no lo sabías —yo tampoco lo he sabido hasta ahora—, es una emoción
desarrollada por la tristeza.
Mi psicóloga me ha sugerido que intente salir de la casilla de la tristeza y me aproxime a la del miedo porque, en su opinión, en los duelos normalmente esta emoción parece que no está, pero sí se encuentra. Hasta ahora pensaba que el miedo es aquello que sientes cuando ves una película de terror a oscuras, cuando te pierdes en un supermercado o cuando te presentas a una recuperación en una asignatura de la universidad. Pero no, ahora resulta que también puede aparecer cuando te dejan.
Sin embargo, como no acabo de comprender por qué me sugiere esto, mi psicóloga me ha pedido que reflexione sobre los motivos de esta ruptura.
Quiere ver si, tras narrarlo en este diario, soy capaz de entender el porqué de mi emoción y cómo la estoy transitando. En las sesiones tengo la sensación de que no acabo de ver todo lo que ella ve, y la verdad es que me bloqueo bastante. Así que vamos a hacerlo como ella dice; que no sea por no intentarlo.
Voy a contar esta historia, muy a mi pesar, porque preferiría estar saliendo por ahí o viendo la tele para no tener que pensar en esto y que la rueda —nunca mejor dicho— siguiera girando. Como siempre, aquí estoy, manteniendo a raya el ataque de ansiedad.
Voy a dejar de llamarle «el definitivo» porque, no sé a ti, pero a mí me deprime muchísimo. Conocí a Héctor hace tres años en una noche de verano en las Festes de Gràcia, una festividad muy significativa aquí, en Barcelona. En estas ponen carpas, foodtrucks… y lo que más me gusta: rumba en directo. Decidí venirme unos días con dos amigas desde Madrid, para celebrar que teníamos algo de dinero ahorrado.
Fue el encuentro que esperas: se acercó a mí, bromeó de manera encantadora con mis amigas y me pidió mi Instagram; pero, como no utilizo casi mis redes sociales, decidí darle mi teléfono. Me escribió esa misma noche y, desde entonces, no dejamos de hablar.
La relación se afianzó muy pronto porque ambos estábamos —como dice mi psicóloga— accesibles emocionalmente. Fue muy estabilizador para mí que alguien supiera lo que quería conmigo de manera tan segura y firme. Al fin y al cabo, mi anterior «amor bomba» había sido todo lo contrario.
Héctor y yo siempre tuvimos una relación muy tradicional, y eso me gustaba. Es una persona muy educada, inge niosa, entusiasta… Pero no es
atrevido. Le gustan las cosas tal y como han sido siempre, sin cambios ni mejoras. Ahora que me pongo a escribir, estoy pensando que esa rigidez mental ha podido ser una de las razones que hicieron que yo, con el tiempo, dejara de ser apasionada y atrevida también.
Me mudé a Barcelona prácticamente al inicio de la relación y, al año y medio, empezamos a vivir juntos. Ese hogar ha sido lo más bonito que he construido con alguien hasta ahora. Cada día nos levantábamos y desayunábamos juntos; yo tomaba café y él una infusión. El día y la noche.
Pero nos entendíamos tan bien que hasta agradecía que fuéramos tan distintos.
La verdad, ahora empiezo a entender que mi psicóloga haya sugerido que siento miedo porque, al describir cómo era mi relación, he notado un bloqueo muy doloroso; así que voy a centrarme en la ruptura. Aún no estoy preparada para ver lo que tenía y… ¿perdí?
Hace un mes, mientras yo preparaba café y él dejaba reposar la infusión, Héctor me confesó que no era feliz. De hecho, se lo tuve que preguntar yo, porque llevaba más de una semana casi sin hablar. Del trabajo a la cama y de la cama al trabajo. Estaba preocupada, claro, y en ese momento, no se me ocurrió otra cosa que preguntarle:
«¿Eres feliz?».
No un «¿qué te sucede?» o «¿puedo ayudarte en algo?»; ¡NO, NO!
Tuve que preguntarle si era feliz. ¡TONTA! Si no se lo hubiera preguntado, probablemente tampoco se lo hubiera cuestionado él mismo. Y eso fue todo: respondió que no era feliz y, como si con darse cuenta fuera suficiente, cogió y se marchó.
Y ahí apareció mi primer episodio de ansiedad.
Así que, si me preguntas el motivo de la ruptura, fue esa conversación.
Sin embargo, si necesitas más detalles, siento que no puedo responder sin tener la sensación de que se me escapan muchas cosas.
Si no era feliz, ¿por qué no me lo dijo? ¿Por qué esperó a que yo le preguntara? ¿Por qué se fue tan repentinamente sin despedirse? ¿Por qué no se ha pronunciado tan siquiera para saber cómo me encuentro sin él?
Creo que a esto se refería mi psicóloga con «incertidumbre». Me dijo que el miedo es una emoción que suele venir debido a no saber qué va a
pasar. Eso nos hace entrar en una espiral de bloqueos, pensamientos intrusivos y anticipatorios y, sobre todo, ansiedad. Así que sí, siento incertidumbre y me siento rechazada, y creo que esa emoción me pesa más que cualquier otra, ya que esas preguntas me huelen a rechazo por todas partes, y no sé si quiero que tengan respuesta.
Supongo que así estoy viviendo el miedo: cada vez que me hago preguntas sin contestar, prefiero no saber la respuesta por miedo a creer que el problema fui yo.
¡Mierda, mi psicóloga tenía razón! No me siento abandonada, me siento rechazada.
Llevo varios días dándole vueltas a la reflexión de mi segunda sesión de terapia. Sí, entré bastante en bucle, pero es que no sabría decir si tiene más que ver con el hecho de que, conforme voy pensando en ciertas cosas de la relación, siento más ira que tristeza, o con que ahora mismo no tengo claro si yo misma era feliz. Eso me genera mucha incertidumbre porque, si no era fe liz y no me di cuenta, ¿cuándo y de qué manera podré saber que soy feliz en algún momento de mi vida?