2 Café, Doritos
y teletienda
Así es: café, Doritos y teletienda. Esa normalmente es mi vida.
Empiezo el día con un café bien cargado, de esos de mezcla que huelen por toda la casa y al que tu estómago no va a acostumbrarse jamás. Como soy una persona que prefiere despertarse tarde a madrugar, no desayuno más que ese café; luego suelo llegar corriendo al trabajo donde, para seguir el ritmo, vuelvo a tomarme otro. Esta vez con leche, para aguantar las horas previas a la comida. Pero la verdad es que odio ese segundo café porque, mientras la leche se calienta, no dejo de pensar en todas las cosas que me quedan por hacer y en cómo voy a sobrevivir otro día a esta rutina.
Soy asistente de marketing en una empresa muy conocida de snacks.
Me encargo de dar soporte administrativo a todos: programo citas, preparo informes, mantengo la base de datos correctamente —alguien tiene que hacerlo, ¿verdad?— y, en algunas ocasiones, redacto comunicados de prensa. Esa es mi parte favorita. En realidad, yo entré en la carrera de Marketing con el sueño de ser community manager para llevar las redes sociales de pequeñas y grandes empresas. Cuando entré aquí, pensaba que llegaría a conseguirlo; pero cada día que pasa estoy a un café con leche más lejos de lograrlo o, si no yo, creo que mi cabeza lo está.
¿Te das cuenta de lo que te decía sobre lo mucho que pienso mientras se calienta la leche? Mi cabeza da tantas vueltas como el vaso que hay dentro del micro. O quizá más.
Tengo que comentárselo a mi psicóloga en la siguiente sesión.
Como iba diciendo, normalmente mi día a día se basa en estar ocho horas, con jornada partida, en mi puesto de trabajo. Pero existe una ventaja enorme en todo esto: mis amigas están igual de jodidas que yo, así que cada día quedamos en un brunch muy céntrico en Barcelona para comer. La Königin. Ese sitio me tiene enamorada. Aunque bueno, últimamente no solo a mí; en las horas punta está tan abarrotado que se hacen colas enormes para entrar, aunque, como te he dicho antes, mis amigas están igual de jodidas que yo, así que su hora de almuerzo es de 16.00 a 17.00, de manera que siempre encontramos mesa para comernos una hamburguesa. Cada día me digo a mí misma que tomaré otra cosa, pero siempre termino pidiendo lo mismo.
Mis amigas son increíbles. Te las voy a presentar ya, porque van a salir en esta historia incluso más que yo en algunas ocasiones.
Sara es una enamorada del amor. Siempre pensamos que está mejor sin pareja, pero la realidad es que no puede dejar de buscar el amor en todas sus vertientes. Estamos seguras de que hay una persona para ella, alguien que pueda corresponder a tanta incondicionalidad. Es gracioso, porque tiene una personalidad muy bonita y, sin embargo, es la más insegura del grupo. A su favor diré que ese tipo de personas jamás podrán verse tal y como las vemos el resto.
Lidia es la más racional de nosotras. Siempre está buscando la lógica a todo lo que siente e intentando encontrar una vía para resolverlo. Se dice que en todo grupo hay una persona que tiene que poner la razón y esa sería Lidia, pero lo cierto es que conmigo es con la única con quien suele ser todo lo contrario. Y eso me gusta. Me permite conocerla más que al resto y eso es algo mágico. En el amor, ella es igual: ve algo que no le gusta y huye. Esa es su manera de resolver las cosas. Hasta ahora, esto siempre ha reafirmado su autoestima y que se siente a gusto con ello.
Por último, Nuria es toda una aventurera. No es capaz de estarse quieta y eso hace que casi siempre se reúna con nosotras para comer a través de videollamada. Londres, Estambul, Argentina, Nueva York… Siempre está viajando. Cuando vuelve, dice que va a quedarse, pero lo cierto es que nunca lo hace. Siento que, por más que le pregunte por qué no se queda, ella nunca sabrá contestar.
Tras este contexto, cualquiera puede imaginar que nuestras conversaciones suelen ser muy entretenidas, pero intentamos que no sean
especialmente intensas. Al menos los días entre semana, que bastante tenemos con lo nuestro. Normalmente, hablamos de sexo, psicología, cotilleos varios… Hasta ayer.
«¿Cómo estás?».
Otra vez esa estúpida pregunta, aunque esta vez formulada por mi queridísima amiga Lidia. Hubo un silencio ensordecedor mientras masticaba mi trozo de hamburguesa con queso. ¿Por qué esa pregunta? De repente, mientras pensaba en qué responder, volví al momento microondas, decidí que prefería contestar «mejor» y les pregunté si hoy van a ver La isla de las tentaciones.
Con cara de confusión, ellas decidieron aceptar mi respuesta y responder a mi pregunta.
Unas tres horas más tarde, me dispuse a coger la chaqueta y volver a casa. Al ser mayo, el camino se hizo más complicado porque ya empezaba a hacer calor. Últimamente, estoy agotada, y un trayecto en metro en esta ciudad es como trabajar otras ocho horas más.
Tal y como llego a casa, me preparo para abrir mis Doritos gratis —
recordemos, trabajo en una empresa de snacks— y enchufar la tele para ver mi programa favorito. Por las noches tengo dos normas que cumplo casi siempre, la primera queriendo y la segunda sin querer: no cocinar y quedarme dormida en el sofá.
Y, como siempre, cuando suena la alarma, toca repetir el ciclo una y otra vez, de lunes a viernes.