Capítulo 34
Adriana
Había pasado ya más de un mes desde que llegamos al pueblo, y estábamos completamente integrados, en especial los niños.
Mi cuñado, tal y como dijo cuando llegaron, compró la casa contigua a la mía y la estaba reformando para tener su propio espacio con Amelia y los niños. Mientras tanto, los cuatro se alojaban con mis suegros en la casa que estos habían alquilado al llegar al pueblo.
Natalia y Marcos estaban encantados con esa convivencia provisional, porque sus abuelos los dejaban acostarse más tarde y, además, mi suegro, que terminó comprando también aquella propiedad, mandó poner una piscina en el jardín. Con eso, ya los tenía conquistados del todo.
Esa mañana, Kike y Andrés tenían una reunión importante, por lo que tenían que ir a la ciudad.
No quería que Andrés se ausentara durante mucho tiempo, pues el ginecólogo me había dicho que el niño estaba completamente encajado, que podría parir de un momento a otro, y me daba miedo ponerme de parto sin que él estuviera allí.
—Andrés, ¿te importa si voy contigo y así le doy una vueltecita a la casa?
—Para nada, amor. Es más, me quedaría mucho más tranquilo si lo hicieras.
—Pues dame un minuto, que me ponga los zapatos y coja el bolso.
—Coge también la bolsa del niño, que te veo muy rara hoy, cuñada —me dijo Amelia.
—Anda ya, no digas tonterías, si me encuentro bien, como con muchas ganas de hacer cosas.
—Andrés, coge la bolsa del niño, que tu mujer da a luz hoy, te lo aseguro.
—Joder, hermano, hazle caso a mi mujer, que a ella, con los dos partos, le pasó lo mismo —sentenció Kike.
Mi chico subió los escalones de dos en dos y bajó con la bolsa del niño al hombro.
—Desde luego, qué manera de imaginarse cosas. Vamos, ni los guionistas de las series de Netflix tienen tanta imaginación como vosotros.
Negué con la cabeza, pero todavía no había dado ni un paso fuera de la casa cuando un dolor me atravesó la columna entera. Era como si me hubieran partido por la mitad.
Tan fuerte fue que tuve que pararme y hasta contuve la respiración. A continuación, noté un líquido caer por mis piernas, y pensé que me había hecho pis encima.
—Me cago en la leche, voy ahora y no controlo el pis. Esto de estar embarazada es un puto coñazo —dije.
Los tres se miraron entre ellos, sonriendo, y Andrés me cogió en brazos, sentándose conmigo en la parte trasera del coche de su hermano, que era en el que iban a ir a la ciudad.
—Amelia, avisa a mis padres y coged mi coche, que está aparcado en su casa —le dijo Andrés a su cuñada.
—¿A qué hospital la lleváis?
—Al del pueblo de al lado, porque hasta la ciudad no llegamos —le contestó Kike.
No entendía a qué venía la premura que llevaban, hasta que la segunda contracción me atravesó de nuevo.
—Joder, joder, joder —dije.
—Respira hondo y suelta el aire despacio, como te han enseñado en la gimnasia maternal.
En cuanto cumplí la semana treinta y cinco del embarazo, Andrés se encargó de llevarme a las clases preparto del centro de salud del pueblo, y me acompañó sin saltarse ni una.
En media hora estábamos delante del hospital, uno privado en el que me habían hecho las últimas revisiones del embarazo.
Justo estaba de guardia el ginecólogo que me había visto en consulta, y no dudó en llevarme directamente al paritorio.
—Pero no entiendo por qué corréis tanto, si tan solo he tenido dos contracciones.
—Sí, dos contracciones y has roto aguas, que no se te olvide.
—Adriana, hay mujeres que no sienten dolores de parto como tal, tan solo, como tú has dicho, dos o tres contracciones durante todo el proceso, desde que rompen la bolsa hasta que dan a luz.
—Con la suerte que yo tengo, no creo que sea de esas.
—Bueno, eso vamos a comprobarlo ahora. Súbete al potro.
Me levanté de la silla de ruedas en la que me habían sentado y no pude moverme más. Si lo hacía, se me caía el niño.
—Rápido, ayúdenme a subirla. Lo siento, amiga, pero no hay epidural que valga, además de que no creo ni que te haga falta.
—No me puedo subir, o se me cae el niño, os lo juro.
—Y ella decía que no estaba de parto, la madre que la parió —dijo Andrés.
No sé cómo lo hicieron para subirme al potro, pero, en cuanto el ginecólogo me puso cada pie en un estribo, tuvo que colocar las manos para aguantar la cabeza de mi hijo.
—Empuja un poquito, que ya mismo lo tenemos aquí.
—¿Estás seguro? ¿No dicen que las mujeres primerizas tardan una barbaridad en dar a luz?
—También dicen que los partos son muy dolorosos y tú ni te has enterado, chavala —me contestó el ginecólogo.
Efectivamente, un empujón más y escuchamos el llanto de nuestro hijo, que era precioso y una fotocopia de su padre, todo hay que decirlo.
No me tuvieron que coger ni un solo punto y, antes de que llegaran los demás, ya estábamos nosotros en la habitación.
—No me lo puedo creer. Cuando Amelia tuvo a Natalia, estuvo casi veinte horas de parto. Y llegas tú, y en menos de media hora ya lo has despachado —me dijo Kike, negando con la cabeza.
—Hijo, algo bueno me debía tener preparado la vida, que el cupo de sufrimiento ya lo he cubierto.
—Además, hermano, que tu hija era un cangrejo moro, y mi hijo parece que ha nacido ya con cinco meses.
—Es verdad, Natalia, cuando nació, no tenía nada más que pelos y ojos. Dos kilos ochocientos gramos y cuarenta y dos centímetros.
—Pues Einar ha pesado cuatro kilos ciento cincuenta y mide cincuenta y dos centímetros —dijo Andrés, orgulloso.
En ese momento llegaron todos los demás, incluidos Lucas y Camila, a la que ya se le notaba su avanzado estado de buena esperanza.
—Voy a ver a mi ahijado, porque, por si no lo sabéis, yo seré la madrina de ese niño —dijo Camila, que andaba como un pato mareado.
—Yo he elegido a la madrina, y Andrés elegirá al padrino.
—Y ya lo tengo elegido. Después de hablar con mi hermano y de pedirle disculpas, no podía elegir a otro que no fuera Lucas, porque es mi hermano, aunque no sea de sangre.
—¿Me lo dices de verdad, amigo?
—Claro, pero no sé por qué te asombras, siempre dije que, si alguna vez era padre, tú serías su padrino.
—¿Sabes lo que me ha dicho esta mañana Lucas? —preguntó Camila.
—No lo sabe, pero yo se lo voy a contar. Le he dicho a mi chica que quería que los padrinos de nuestro hijo seáis vosotros dos. ¿Aceptáis?
—Claro que aceptamos, al igual que lo habéis hecho vosotros.
Mientras hablábamos de todo eso, vi cómo Enriqueta cogía al niño y lo miraba de todas las maneras posibles, negando con la cabeza. Me asusté, porque no sabía qué quería decir con eso.
—Enriqueta, ¿qué le pasa al niño?
—Al niño no le pasa nada, hija. A lo que le pasa algo es a la ropa que le hemos comprado, que no le va a entrar ni en una pierna.
—Ah, sin problema, que aquí está el primo para aprovecharla —dijo Camila, sonriente.
—También la puede utilizar su otro primo o prima —dijo Amelia, y todos la miramos extrañados.
—¿Qué primo, amor? Porque a los mayores no les quedará bien.
—A los mayores no, pero al que viene de camino, sí.
—Mi vida… ¿estás embarazada de nuevo? —preguntó Kike, con una mezcla de amor y miedo que no supe descifrar.
—Sí que lo estoy, y por eso quería ir contigo a la ciudad, para que me viera el ginecólogo.
—Pero… si nos dijeron que, en el último parto, te había dañado tanto que no podrías quedarte embarazada de nuevo.
—Ya ves, pues se equivocaron. Lo sé desde hace dos meses, pero no he querido decir nada hasta que no pasara el primer trimestre, por si no llegaba a superarlo.
Mi suegra se abrazó a ella, y allí lloró hasta el apuntador. Por lo visto, Kike siempre había querido tener otro hijo, y saber que Amelia no podría volver a quedarse embarazada fue uno de esos golpes que terminaron abriendo distancia entre ellos.
Quizás eso fue el detonante para que mi cuñado cayera en los brazos de esa víbora de Amanda, o quizás no. Eso no lo sabía nadie.
—Bueno, ahora que estáis todos delante, me gustaría preguntarle a mi chica una cosa.
Vi cómo Andrés metía la mano en el bolsillo y sacaba una cajita. No se arrodilló, porque yo todavía estaba en la cama, pero se sentó a mi lado.
—Mi amor, llegaste para ponerme la vida patas arriba, y ahora no imagino una vida que no sea contigo. Quiero estar a tu lado, ver crecer a nuestro hijo y formar contigo una familia. ¿Te quieres casar conmigo?
—Sí, sí, y mil veces sí, porque, a pesar de todo lo que ha pasado, si no es contigo, no es con nadie.