Epílogo
Dos años después…
Adriana
Era el día de nuestra boda, y allí estábamos todos, en el pueblo, para celebrarla, porque no podía ser en otro lugar.
Don Manuel, como yo seguía llamando a mi suegro, sería mi padrino, el que me llevaría del brazo hasta el altar, al igual que Enriqueta sería quien acompañara a su hijo.
Estaba de lo más nerviosa, pero no solo por la boda, sino por la noticia que tendría que darle a mi futuro marido, y que no sabía cómo le iba a sentar.
Había elegido un vestido de corte sirena, puesto que recuperé mi figura casi al instante después de dar a luz, aunque ahora me quedaba un poquito apretado.
—Hija, todas las novias pierden peso, y tú lo has cogido —me dijo Amelia, que estaba conmigo, ayudándome a vestirme, junto a Laura.
—Ay, chicas, tengo que contaros algo, pero me gustaría que el primero en enterarse fuera Andrés.
—No hace falta que digas nada, te conozco como si te hubiera parido, pero seré una tumba —dijo Laura.
Amelia se llevó las manos a la boca, completamente sorprendida, y es que no era para menos.
Nuestras vidas y las de todos los que nos rodeaban habían cambiado mucho en esos dos años.
Empezaré por los más cercanos, que eran Kike y Amelia, mis cuñados. Ellos tuvieron un niño, al que llamaron Andrés, como su tío, y que tenía ya un añito y poco.
Ese mismo día lo bautizaríamos, y los padrinos serían Pedro y Laura, mis amigos de toda la vida, que también se habían convertido en los suyos.
Aquel episodio de deslealtad de mi cuñado con esa mujer no se volvió a repetir. Le pesó demasiado haber estado a punto de perder a su familia, y ahora estaban mejor que nunca, demostrándose su amor a diario.
Kike bajó el ritmo en el trabajo, nombró a un vicedirector y delegó muchísimo más, para poder ayudar a su mujer con los niños. Incluso se cogió la baja paternal, pues decía que tenía que estar ahí.
Ahora no era raro verlo tirado en el suelo jugando con su hijo pequeño o sentado en una silla mientras su hija lo peinaba y lo maquillaba.
Natalia haría la comunión ese mismo año, junto a su hermano, porque habían decidido retrasarla para celebrarla los dos a la vez.
Mis suegros también encontraron en el pueblo una segunda juventud.
Don Manuel terminó comprando aquella casa que tanto le había gustado y la convirtió en el refugio oficial de nietos, meriendas, baños interminables y sobremesas sin prisa.
Enriqueta, por su parte, siguió siendo Enriqueta: una mujer capaz de poner a sus hijos en su sitio sin despeinarse y de quererme como si me hubiera parido ella.
A veces pensaba que la vida, después de quitarme tanto, me había devuelto una familia entera de golpe. Y, entre todos ellos, don Manuel y Enriqueta eran ese tipo de abuelos que una no elige, pero agradece para siempre.
Lucas y Camila también seguían juntos, y se habían casado el año anterior, aunque nada ostentoso. Fue una ceremonia civil y una comida en la que tan solo estuvimos la familia y los amigos más íntimos.
Tuvieron una niña, Alicia, que nació con síndrome de Down y que nos robó el corazón a todos desde el momento en el que le vimos la carita.
Eran unos padrazos, de esos que no dudaban en dejarlo todo por atender a su hija. Los especialistas les dijeron que, conforme la niña fuera creciendo, necesitaría menos ayuda y adquiriría más independencia, como todos los niños, aunque en ella cada paso iría un poquito más despacio.
Laura y Pedro también seguían juntos, aunque habían pasado por una mala racha, pues ambos querían tener otro hijo y Laura no se quedaba embarazada.
Su marido le decía que no pasaba nada, pero ella, cada vez que le bajaba la regla, se ponía a llorar, como si no fuera a superarlo nunca.
Acudieron a un montón de médicos, y todos les dijeron lo mismo, que no tenían ningún problema, que era cuestión de relajarse un poco.
Y esa fue la clave, pues el día anterior Laura se había enterado de que estaba embarazada, aunque todavía no se lo había dicho a su marido. Lo haría durante la celebración de la boda.
Su hijo Mario ya tenía cuatro años y era un niño encantador. Estaba completamente segura de que aceptaría de buen grado ser el hermano mayor, a pesar de lo apegado que estaba a su madre.
Algo digno de destacar era el caso de Tini, que encontró el amor en un compañero de mi futuro marido, de cuando Andrés trabajaba en Londres.
Fue amor a primera vista. En una de las veces en las que vino a visitarnos, se conocieron y se enamoraron, hasta el punto de que, a los pocos meses, y viendo que se extrañaban demasiado, John no dudó en mudarse al pueblo.
Al fin y al cabo, él podía trabajar desde cualquier parte del mundo, siempre que tuviera internet y un portátil, mientras que ella trabajaba como profesora en el colegio.
Yo volví a mi puesto, y mi cuñado se encargó de que todos supieran que no había tenido nada que ver con lo sucedido, tanto dentro de la empresa como en los medios de comunicación.
De Amanda y Santi supe lo justo: que la justicia hizo su trabajo. Yo, por mi parte, decidí no regalarles ni un minuto más de mi vida.
Llegó el momento de salir hacia la iglesia del pueblo, una pequeña ermita con muchísimo encanto, situada en medio de un paraje natural que no podía ser más bonito.
Allí ya se encontraban todos, y, cuando nos vieron llegar, puesto que fuimos dando un paseo al estar a pocos metros de mi casa, empezaron a tirarnos confeti.
—Mi mujer me ha llamado dos veces y me ha dicho que, como no entremos ya, sale ella y nos mete por los pelos —dijo don Manuel.
—Ella, tan delicada como siempre.
—Sí, por los cojones.
Cuando Andrés me vio vestida de novia, las lágrimas le cayeron por las mejillas, mientras su madre se las limpiaba.
Estaba más que nerviosa, porque lo miraba y veía en él al amor de mi vida. La ceremonia fue muy emotiva, y pronto llegó el momento de nuestros votos.
—Adriana, la vida no nos lo ha puesto fácil, pero aquí estamos, juntos, con nuestro pequeño Einar, que nos alegra los días con sus ocurrencias. No podría haber elegido mejor compañera de vida que tú. Te amo.
—Andrés, como tú bien has dicho, el destino nos puso demasiadas piedras en el camino, pero, a veces juntos y a veces por separado, hemos sabido sortear todas y cada una de ellas. Gracias por elegirme. Te amo.
Nos intercambiamos los anillos y nos besamos, mientras todo el mundo empezaba a aplaudir.
Salimos de la iglesia y nos trasladamos a un restaurante nuevo que habían abierto en aquel paraje, donde daríamos un almuerzo para todos los que nos habían acompañado.
Antes de entrar, fuimos a hacernos las fotos de rigor y, mientras nos hacían una en la que Andrés estaba detrás de mí, con sus manos sobre mi vientre, se acercó a mi oído.
—¿No me tienes que contar nada?
—¿Perdona? ¿Cómo lo has sabido? ¿Tan evidente es?
—No es evidente, mi amor. Es que me llamó el ginecólogo para decirme que te habías dejado allí el volante de la analítica que te tenías que realizar y, como no te localizaba, me llamó a mí.
—Me cago en la puta. Y yo sin saber cómo te lo ibas a tomar.
—¿Cómo me lo iba a tomar? Mejor que nadie. Eres y serás el amor de mi vida.
—Desde luego, lo que es el amor y la madre que lo parió.
Andrés y yo nos dimos un beso, y el fotógrafo captó la imagen de una manera brutal.
Esa fue la foto que terminó presidiendo el salón de nuestra casa.