Capítulo 33
Adriana
Subí a la habitación para ayudar a Enriqueta a recoger sus cosas, cuando me encontré con Andrés en la puerta de la habitación de Einar, mirándola con dolor.
Su madre le dijo una frase que se me clavó en el alma, y, a pesar de todo lo que me había hecho, cada minuto que pasaba estaba más enamorada de él.
Sí, lo sé, pensaréis que soy medio gilipollas, por no decir gilipollas entera, pero es que en el corazón no se manda.
Mi abuela solía decirme que al corazón no se le daban órdenes, y tenía razón.
Yo, que decía que no iba a tener piedad con ellos, que los pensaba denunciar, había hablado la tarde anterior con mi abogado para saber si ya había presentado la demanda.
—Gonzalo, soy Adriana.
—Hola, preciosa, ¿qué tal va todo?
—Va genial, Gonzalo, mucho mejor de lo que me podía imaginar.
—¿En qué puedo ayudarte?
—Pues me gustaría preguntarte algo. ¿Has presentado ya la demanda contra la empresa?
—No, ¿sabes por qué?
—Pues me gustaría saberlo, la verdad.
—Porque sigues enamorada de ese hombre, aunque no te merezca, y jamás harías nada para perjudicarlo, ni a él ni a su empresa.
—¿Tan transparente soy?
—Para mí, sí. Me hubiera gustado que me miraras con otros ojos, porque yo sí sé lo que vales, pero no ha podido ser.
—Gonzalo, ya te lo dije. No es que vaya a perdonarlo mañana mismo, pero, aunque no seamos pareja, no deja de ser el padre de mi hijo.
—Y el hombre que te robó el corazón, Adriana.
Guardé silencio, porque no podía negarlo, pero tampoco podía admitirlo en voz alta. Era como si, al no decirlo, al no verbalizarlo, fuera menos real.
Pero no. Después de escuchar lo que había dicho Andrés, después de oír el consejo que le había dado su madre, supe que estábamos condenados a entendernos.
—¿Os puedo ayudar en algo? —pregunté, pero no por nada, sino para que notaran mi presencia.
—Sí, me puedes enseñar la habitación de nuestro hijo, todas sus cosas, si no te importa —me contestó Andrés.
—Bueno, yo bajo ya con mi maleta, que tu padre me quiere enseñar la casa que habéis alquilado.
Enriqueta bajó las escaleras, dejándonos allí a los dos, a solas en toda la casa, pues todos habían salido ya, cada uno a la suya, para volver más tarde.
—Puedes entrar y ver lo que quieras, no es ningún secreto.
—Lo sé, pero quiero que me lo muestres tú. No pude estar cuando se compró, pero quiero formar parte de todo de ahora en adelante.
—Lo compré todo con tu madre, el mismo día que salí de prisión. Lo único que falta ya es el carrito para el pueblo, que no lo compré en su día porque pensé que me serviría el mismo. Pero ahora me he dado cuenta de que sería un trajín…
—Vayamos mañana a por él al centro comercial.
—¿De verdad quieres acompañarme?
—Ya te lo he dicho, Adriana, no me pienso separar de vosotros nunca más en la vida.
—Tengo miedo.
—Yo también.
—Sí, pero no es el mismo miedo que tengo yo. Quiero decir que no tiene la misma naturaleza.
—Háblame, Adriana, dime qué es eso que te atormenta. Necesito que, entre nosotros, lo único que haya sea amor e ilusión por lo que nos espera.
No pude contener más las lágrimas y me puse a llorar. Andrés no se lo pensó y me refugió en su pecho, ese que me sabía a hogar, a protección, a pesar de todo lo que había sucedido.
Levanté la cara y lo besé. Sí, lo hice yo, porque era lo que más deseaba en el mundo, volver a estar entre sus brazos, que me hiciera sentir una mujer de nuevo.
Lo sé, era incomprensible con todo lo que había pasado entre nosotros, pero Gonzalo me dijo que todo lo que Andrés me había contado era cierto y que, a pesar de lo que dijo, fue él quien pagó tanto sus honorarios como los del investigador privado.
Cuando cortamos ese beso, lo cogí de la mano y lo llevé hasta mi habitación, mientras Andrés me miraba perplejo.
—Adriana, no quiero que te precipites, que hagas algo de lo que te puedas arrepentir más tarde. Yo puedo esperar el tiempo que sea necesario.
—Lo sé, pero la que no puede esperar más soy yo. No me arrepentiré, ni me precipitaré, porque no hay nada que desee más en la vida que volver a sentir tus manos recorriendo mi cuerpo, aunque no sea el de antes.
—Claro que no es el de antes, ahora es mucho más bonito. ¿Sabes por qué?
—No, pero no sé si quiero saberlo.
—Por supuesto que quieres saberlo. Lo es porque, ahí dentro, en tu vientre, está creciendo el fruto de nuestro amor.
Andrés volvió a besarme, mientras me despojaba de la ropa lentamente. No fue algo hambriento ni acelerado, sino pausado y dulce, sin perder la pasión que nos caracterizaba.
Por primera vez noté lo que era que te hicieran el amor. Porque sí, sexo habíamos tenido, que mi hijo no había sido engendrado por el Espíritu Santo ni yo era la nueva Virgen María, pero, en esta ocasión, fue diferente.
Hicimos el amor con devoción, entregando no solo nuestro cuerpo, sino también nuestra alma en cada caricia, en cada beso que nos dimos, y supe que era él, que siempre había sido él y que no podría ser nadie más.
Nos quedamos abrazados en la cama, sin importarnos mucho si alguien venía antes de tiempo. Si lo hacían, pues que volvieran más tarde.
En un momento determinado, Andrés se acercó a mi abultado vientre y, dejando un beso sobre él, se puso a hablarle a nuestro bebé.
—Hola, Einar, soy tu papá. Sé que no me has oído nunca, pero te garantizo que, a partir de este momento, no dejarás de escucharme.
En ese punto, mis lágrimas volvieron a salir. Tenía otra sorpresa, pues esa misma tarde llegaban Lucas y Camila, que se habían cogido unos días libres para pasarlos con nosotros.
A mis amigos les había contado que Andrés y los demás habían aparecido sin que los esperáramos, y tanto el uno como el otro supieron que lo iba a perdonar.
—Adriana, nosotros tan solo podemos decirte que, si tú lo perdonas, ¿quiénes somos los demás para decir nada?
—No quiero que os sintáis incómodos, ni que os veáis obligados a nada, de verdad que no.
—¿Sabes una cosa? Yo también echo de menos a mi amigo, y me muero por decirle lo cabronazo que es —me dijo Lucas.
Al final, nos levantamos y nos dimos una ducha que, aunque pretendía ser rápida, no lo fue, pues nos volvimos a dejar llevar por la pasión que nos consumía.
Al salir, me puse un bikini seco, ya que pensaba bañarme en la piscina, y me até un pareo a la cintura. Andrés apareció con un bañador limpio y una camiseta de tirantes, que le marcaba los músculos del pecho y de los brazos.
—¿Pretendes que Tini salte a tus brazos esta noche?
—No, cariño, la única que quiero que salte esta noche, y siempre, eres tú.
—Pues entonces espero que haya cargado la batería de su juguetito, porque se va a quedar con las ganas.
Andrés soltó una carcajada y, justo cuando salíamos al jardín para ir encendiendo la barbacoa, llamaron a la puerta.
—Abro yo, cariño.
—Perfecto. Si son tu hermano y Amelia, diles que vengan, que necesito explicarles una cosa.
—Vale. Ahora vuelvo.
Yo sabía que no era ninguno de ellos, pues dijeron que llegarían más tarde, y que quienes habían llamado a la puerta eran Lucas y Camila.
Me acerqué a la esquina del jardín, y lo que vi me conmovió demasiado, porque la escena no era para menos.
Tenía a mi chico de rodillas, llorando, delante de Lucas, que no estaba mucho mejor que él.
—No sé cómo pediros perdón, os lo prometo. Me arrepiento tanto de lo que hice, de alejaros de mi vida.
—Yo también me arrepiento, amigo. Y será mejor que dejemos el pasado en el lugar en el que está, y miremos al futuro, que es lo que nos espera.
—¡Amiga! Estás más guapa que nunca, te lo aseguro.
—Tú tampoco te quedas atrás, aunque te veo diferente, pero no sabría decirte el qué.
—Desde luego, siempre fuiste la bruja de la pandilla. Y yo que pensaba daros la noticia más tarde…
—¡No! ¿En serio me lo dices?
—Sí, amiga, completamente en serio. De doce semanas.
Camila apretó su camiseta contra el cuerpo, y ya se le notaba la curvita. Le di un abrazo, porque nuestros hijos se llevarían meses, al igual que nosotras, y también porque no podría encontrar un hombre mejor con el que ser madre.
—Amigo, tenemos mucho de lo que hablar, por lo que veo.
—Ni que lo digas, mi vida ha dado un giro de ciento ochenta grados, pero de los más felices de mi vida.