Capítulo 32
Andrés
Habíamos llegado al pueblo y fuimos hasta la casa que habíamos alquilado, puesto que la chica de la inmobiliaria había quedado con nosotros allí para dejarnos las llaves y explicarnos un poquito dónde estaba todo.
Tengo que decir que no solo la casa era preciosa, sino todo el pueblo en general. Se veía de lo más tranquilo, con unos habitantes simpáticos y amables, aunque de eso daríamos buena cuenta más tarde.
—Vaya, ¿qué vienen a hacer tres hombres tan guapos en un pueblo como este? —nos dijo la chica de la inmobiliaria, nada más ver cómo nos bajábamos del coche.
—Ya ves, joven, a intentar reconquistar a nuestras mujeres. A esta edad y mendigando amor —le contestó mi padre, muy sentido él.
—Pues déjenme que les diga algo, el amor no se mendiga, se da y, si no se recibe, a otra cosa, mariposa.
—Tienes razón, pero, cuando hemos sido los hombres los que las hemos lastimado, los culpables de su desdicha, es de recibo que hagamos todo lo posible por reparar ese daño.
—Ah, pero eso ya es otra cosa, caballeros. Y, sinceramente, espero que os lo pongan un poquito difícil, pero no imposible.
—Pues yo espero todo lo contrario, entre otras cosas porque tenemos dos hijos en común. Sé que no me porté bien, pero bueno, tampoco le voy a contar mi vida a una desconocida.
La chica agachó la cabeza, porque se había metido en camisas de once varas. Aunque, realmente, ella no había tenido la culpa de todo, que mi padre, con su contestación, le había dado pie a ello.
Nos enseñó la casa, que contaba con tres habitaciones, todas con baño en suite , además de salón, cocina, aseo y un jardín enorme. Todo ello repartido entre la planta baja y una primera planta.
Como nos había dicho antes, estaba completamente reformada, y lo único de lo que no disponía era de piscina, aunque eso se podía hacer más adelante, siempre y cuando mis padres se decidieran a comprarla.
—Quería hacerle una pregunta. La otra casa que tenían en alquiler con opción a compra, ¿necesita mucha reforma?
—Hombre, no está mal y se puede vivir en ella. Lo que está es un poquito desactualizada, la verdad, pero es una gran propiedad.
—¿Podría verla mañana, por favor?
—Claro, si usted quiere, podemos quedar allí a las doce de la mañana. ¿Le viene bien?
—Me viene perfecto, gracias.
Cuando la chica se marchó, decidimos ir al supermercado, pues no teníamos ni una mísera botella de agua que llevarnos a la boca.
Durante el trayecto, le pregunté a mi hermano el motivo por el que se había interesado en esa propiedad.
—Muy sencillo. Papá y mamá van a comprar esta, eso lo tengo claro. A mamá le encanta este lugar, o no habría permanecido aquí ni un segundo.
—Sí, ¿pero qué tiene que ver eso con esa casa?
—Déjame terminar y te enterarás.
—Perdón, perdón. Continúa.
—Pues eso, que vosotros también tenéis la casa de Adriana, y nosotros no pensamos estar de okupas en ninguna de las dos.
—No digas tonterías, Kike, tanto en casa de nuestros padres como en casa de Adriana seréis bienvenidos.
—Ya, pero, al igual que vosotros, nosotros también necesitamos intimidad, hacer las cosas sin pensar en lo que puede molestar o no, y, al final, no deja de ser una inversión inmobiliaria.
—Si vais a estar más a gusto, entonces no hay ningún problema, pero, si lo haces por intentar no molestar, eso no te lo voy a consentir.
Entramos al supermercado que, para ser uno de pueblo, y sin ánimo de ofender a nadie, tenía absolutamente de todo, por lo que, cuando quisimos darnos cuenta, íbamos cargados como mulas.
—Vaya, o sois un regimiento o coméis como uno —nos dijo la chica de la caja.
—Más bien lo segundo, señorita —dijo mi padre.
—Papá, que la chica va a pensar que somos una piara de cerdos comiendo, hijo mío.
—No he querido decir eso, pero no me negarás que nos gusta comer, aunque luego nos toque hacer un poquito de deporte.
—Eso sí, que estos cuerpos no se mantienen solos, papá —le contestó Kike.
—Claro, y eso lo dice el que admite como ejercicio levantar la copa de vino —respondió mi padre.
—Es que es un ejercicio, papá, pues se mueven todos los músculos del brazo, querido.
La chica de la caja nos miraba como si estuviéramos locos, y empezamos a reírnos los cuatro ante la situación tan absurda que estábamos viviendo.
—Señorita, ¿dónde hay un bar para tomar una cerveza por aquí cerca?
—Cerca o lejos, el único bar que hay está en la Plaza Mayor; allí encontrará todo lo que pueda buscar en un bar.
—Pues nada, dejamos las bolsas en la cocina de la casa y nos vamos a tomar una cervecita con unas patatas aliñadas.
—O ensaladilla, que también le sale de lujo —nos respondió la chica.
Volvimos sobre nuestros pasos, de camino a la casa. Todos los que se cruzaban con nosotros nos daban los buenos días y nos daban la bienvenida al pueblo.
—Venga, rapidito, que me muero por algo fresquito. Lástima que esta casa no tenga piscina, porque daría lo que no tengo por pegarme un chapuzón.
—Bueno, papá, si luego hacemos la aparición estelar y no nos dan una patada en el culo, te lo podrás dar.
—Tú habla por ti, hijo, que a mí mi mujer no me dará la patada en el culo, te lo puedo asegurar.
—Ya, pero recuerda que la dueña de la casa no es ella, es Adriana.
—Lo sé, no se me olvida, como también sé que jamás le haría eso a tu madre ni a mí, por muy resentida que esté con nosotros.
—Si tú lo dices, no seré yo quien te lleve la contraria.
Entramos en la casa, dejamos en la nevera lo que necesitaba frío y salimos de camino al bar.
—No podemos tardar mucho en aparecer por la casa, o se enterarán por la gente del pueblo.
—¿Tú crees?
—No es que lo crea, es que lo sé a ciencia cierta.
—¿Y en qué te basas?
—¿Crees que, en un pueblo tan pequeño, no conocen todos a Adriana? En cuanto la vean y sepan de la llegada de tres hombres nuevos, correrán a contárselo.
—Mis hijos dicen que se reúnen todas las tardes, después de comer, en la piscina, mientras las madres toman café. ¿Sabes si Adriana tiene piscina en su casa? —preguntó mi hermano.
—Pues no tengo ni idea. Te recuerdo que no había venido aquí nunca.
—Esperemos que sí, y que sea allí donde se reúnen, porque, como sea en otra piscina, me veo haciéndonos pasar por los técnicos de la empresa de agua hasta que las encontremos.
No pude evitar soltar una carcajada, porque me imaginaba la situación y me doblaba de risa.
Por un momento nos vi a los tres, con una gorra y un polito, con la carpetita en la mano, llamando timbre por timbre y comprobando las piscinas y la calidad del agua.
Tal y como nos había indicado la chica, en ese bar había absolutamente de todo. Tenía una terracita ideal, pero para la noche, porque en ese momento el calor era demasiado acuciante como para sentarse ahí. Mejor en el salón de dentro, donde tenían puesto el aire acondicionado.
—¿Qué os parece si comemos ya aquí y no tenemos que meternos entre fogones? —dijo mi padre.
—Papá, será mejor que digas las cosas como son, porque, de los tres, el único que sabe cocinar soy yo. A vosotros os saco del huevo frito y os pierdo.
—Eso, para papá y para mí, es alta cocina. A mí me sacas de la pasta y las tostadas, y para de contar.
Volvimos a reír. Lo que más me gustó es que, desde que habíamos llegado, mi hermano no había mirado su teléfono ni una sola vez.
Hablamos sobre el lío que tuvo con Amanda, además de con su amigo, que resultó ser un estafador de primera, que ya lo había intentado con Adriana anteriormente, y que por eso sabía sus claves, porque era su expareja.
—Te prometo que ni yo mismo sé cómo caí en eso, te lo juro.
—Pues, porque, según tú, follabas con ella como no lo habías hecho con nadie.
—Y así es, pero ahora he descubierto el motivo. Hace unas semanas que me encontraba nervioso, con muchísima ansiedad, y fui al médico para que me hiciera una revisión.
—No me lo puedo creer, no imagino que haya llegado a eso por salirse con la suya.
—Pues créetelo. En la analítica de sangre me sacaron restos de haber consumido cocaína, cuando en mi vida lo he hecho. Lo que tenía era como una especie de mono, por haber consumido durante un tiempo seguido.
—Espero que también te hayas hecho pruebas de enfermedades de transmisión sexual.
—Eso fue lo primero que hice, y estoy limpio. De pensar que me hubiera pegado algo y que se lo transmitiera a Amelia, se me ponen los vellos de punta.
—Tan solo deseo que esto te haya servido de experiencia para saber lo que no quieres en tu vida, nunca más.
—Ni que lo digas.
Terminamos de comer y fuimos a casa a cambiarnos de ropa, pues no llevábamos la adecuada para darnos un chapuzón, si es que nos dejaban pasar.
Una vez que estuvimos listos, y no tardamos más de cinco minutos, salimos de nuevo para ir hasta la casa de Adriana.
Veía a mi padre de lo más impaciente por encontrarse con mi madre y, aunque yo no quisiera demostrarlo, me encontraba en el mismo estado que él.
Llamamos a la puerta, y nos abrió ella. Tengo que decir que estaba realmente preciosa, con esa parte superior del bikini, que le hacía un pecho espectacular, y un pareo a modo de falda.
Se quedó allí parada, sin saber qué hacer o qué decir, hasta que mi hermano rompió el hielo, y de qué manera, porque más directo no pudo ser, aunque ella tampoco se quedó atrás.
—¿Nos dejas pasar? Me gustaría ver a mis hijos y a mi mujer —le dijo Kike.
—Pues, mientras ella no me dé la autorización, va a ser que no…
Cuando ya pensábamos que no nos dejaría entrar, la voz de mis sobrinos, que salieron corriendo hasta mi hermano, nos salvó, ya que Adriana se echó a un lado, dejándonos paso.
Estuvimos un buen rato dentro, charlando y poniendo las cartas bocarriba. Tengo que reconocer que las mujeres que las acompañaban eran de lo más simpáticas y graciosas, sobre todo una que se llamaba Tini o algo así.
Al final, terminamos todos en el agua, jugando con los niños. Esa noche íbamos a hacer una barbacoa en el jardín, y dije que me traía mis cosas, porque no pensaba estar separado de ella ni un segundo más.
En cuanto las chicas se marcharon para buscar a sus parejas, a mí me faltó tiempo para ir a por mi maleta.
En menos de diez minutos ya estaba de vuelta, y la dejé en su habitación. No pensaba dormir lejos de ella, por mucho que me hubiera dicho que me quedaría en la habitación de invitados.
Al pasar por una de ellas, me fijé en que era la del bebé. Ya estaba montada y me dolió en el alma no haberlo hecho yo, no haber estado junto a ella en ese momento, pero no dejé de reconocer que era preciosa.
—No la mires con dolor, sino con esperanza, hijo —me dijo mi madre, que también había subido a por sus cosas para que mi padre las llevara a la casa nueva.
—Me hubiera gustado estar aquí para elegir todo, para acompañarla.
—Eso ya no tiene solución. Ahora te toca hacerle ver que no faltarás en todo lo que os queda por delante.