El amor y la madre que lo parió Capítulo 31
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Capítulo 31

Adriana

Llevábamos allí unos nueve días. Amelia le había dicho a su marido que celebraría el cumpleaños de Natalia en el parque del pueblo.

Los niños se habían integrado de una manera espectacular, y ya tenían su propio grupo de amigos.

Desde ese día, muchas tardes se reunían todos en la piscina de mi casa, mientras que las madres nos tomábamos algo en el jardín, como era el caso de aquel día.

—Chicas, traigo un chisme, y de los buenos —dijo Nerea, la madre de Martín, uno de los amigos de Marcos.

—Venga, suéltalo ya, que estás deseando —le respondí, sonriendo.

—La casa que estaba en alquiler junto a la mía la han alquilado ya. Tres hombres… ¡Y vaya hombres!

—¿Son los mismos que estaban esta mañana en el supermercado? —preguntó Tere, la madre de Julia.

—Seguro, porque yo los vi entrar con un montón de bolsas de la compra.

—Chicas, pues entonces, si son los mismos, os aseguro que Nerea no exagera. Hasta el más mayor, que tendrá unos sesenta años, está para ponerle un piso.

—¿Y no traen niños? Lo digo para invitarlos al cumpleaños, mujer, y que los críos no se sientan desplazados —afirmó Tini, la mamá de Cristina.

—Desde luego, sois todas unas arpías. Como se enteren vuestros maridos, veréis —respondió Laura, negando con la cabeza.

—¿Qué quieres, hija? Mirar no es pecado.

—Lo es cuando no miras a tu marido, o cuando lo haces si son los hombres de otras mujeres.

—Eso no es pecado, eso es envidia, cariño.

Todas rompimos en una carcajada, porque, la verdad, si los niños se llevaban bien, mejor nos llevábamos nosotras, que no parábamos de reír cada vez que nos juntábamos.

Entonces me fijé en la cara de Enriqueta, y vi que algo no le cuadraba.

Era completamente transparente para mí y, de repente, algo también se me iluminó, pero no podía ser, no me lo podía creer.

—Enriqueta, ¿estás pensando lo mismo que yo?

—Creo que sí, hija mía, creo que nos han dado la vuelta y nos la han metido doblada.

—Ay, por favor, no nombres la soga en casa del ahorcado, que llevo mucho tiempo sin probar nada de eso y ya me entran los calores.

Lo dije para destensar el momento, porque a mí tampoco me hacía ni pizca de gracia.

Llamaron a la puerta, y me levanté para abrir, pues sería alguno de los niños, o Pedro, que vendría con Mario, que ya se habría despertado, como hacía todas las tardes.

Pero no, no era ninguno de los que había pensado. Delante de mí me encontré con don Manuel, Kike y Andrés, que me miraban con una sonrisa en los labios.

No sabía qué hacer, si mandarlos a la mierda, dejarlos pasar y hacer como que era normal, o cerrarles la puerta en las narices para que se volvieran por donde habían venido.

—¿Nos dejas pasar? Me gustaría ver a mis hijos y a mi mujer —me dijo Kike.

—Pues, mientras ella no me dé la autorización, va a ser que no…

No me dio tiempo a terminar la frase cuando escuché a Natalia gritando desde el fondo del jardín.

—¡Marcos, papá ha venido!

—¡Papá! ¡Te echábamos de menos! —dijo el niño.

No les iba a impedir ver a su padre ni a su tío, como de igual modo tampoco quería dejar al abuelo fuera.

Me aparté a un lado para que pasaran, pero lo que no me esperaba era lo que hizo Andrés antes de entrar.

Se acercó a mí, despacio, como el león que acecha a su presa, me cogió por la cintura y dejó un beso muy cerca de la comisura de mis labios.

—Estás preciosa. Mucho más que la última vez que te vi.

—Si lo dices para que retire la denuncia, no lo vas a lograr.

—De eso ya hablaremos. No es normal que denuncies a tu pareja por un malentendido. Pon una cifra, y te la ingresaremos en la cuenta, pero no lo uses como excusa para romper lo nuestro.

—¿Qué nuestro, chaval? Me dejaste cinco meses tirada en una cárcel, embarazada y sin que me dieras ni la oportunidad de explicarme.

—Y no sabes lo que me arrepiento de haberlo hecho. Menos mal que mi madre sí estuvo ahí.

—Ella, pero no tú. Si piensas que por venir aquí y decirme dos palabras bonitas voy a caer rendida a tus pies, sigue soñando, cariño.

Lo dejé atrás con una sonrisa en los labios, pero, al pasar al lado de Tini, que era madre soltera, me cogió del brazo.

—Si no caes rendida tú, te juro que lo hago yo. ¡Madre mía de mi alma, vaya hombres!

—Ni se te ocurra acercarte a menos de diez metros, o tendrás que sujetarte las pestañas con muletas, de la piña que te doy en los ojos.

—Vale, vale, pero mirarlo lo pienso mirar, que es gratis.

—Tú sigue, que al final terminamos mal, ya verás.

Toda esta conversación, como no podía ser de otro modo, fue en tono de broma, pues ella sabía que yo no sería capaz de hacerle eso, al igual que yo sabía que Tini no se acercaría a Andrés con malas intenciones.

Cuando el resto de las mujeres los vieron entrar, la boca les llegaba al suelo, en especial a Nerea, que no sabía dónde meterse, porque Enriqueta empezó a hacer de las suyas.

—Manuel, aquí las féminas han venido diciendo que habían llegado tres hombres al pueblo y que eran espectaculares.

—Pues seguro que no éramos nosotros, mamá.

—Que no, dice… —murmuró Tere, y todas empezamos a reírnos.

—Pues lo siento, chicas, pero los tres estamos cogidos —respondió Andrés.

—Ah, no, de eso nada. Cogidos están tu padre y tu hermano, tú estás libre como el viento —le respondí yo.

Pero mi amiga Tini, con lo guapa que estaba calladita, no se quedó conforme.

—Mentira, chiquillo, que, cuando has entrado, me ha dicho que, como me acerque a ti, como te tire los tejos, me va a poner los ojos a juego con el hábito del nazareno. Vamos, morados.

—¿Serás mentirosa y bocazas?

—Adriana, o es una cosa o es la otra. No se puede ser bocazas y mentirosa a la vez.

—Pues ella sí que lo es. Y punto.

Se acoplaron como si conocieras a las chicas de toda la vida, y nos contaron que habían alquilado una casita cerca, pero no demasiado, para que pudiéramos seguir haciendo nuestra vida.

—Lo único que no tiene la casa es piscina, pero es preciosa. Enriqueta, me gustaría que la vieras porque, si estás de acuerdo, me gustaría comprarla para las vacaciones.

—La piscina la podemos hacer nosotros. Si es tan bonita como esta, no tengo ni que pensarlo.

—Luego vienes y la ves y, si quieres, te quedas allí conmigo.

—Chicas, estando aquí mi marido, yo esta noche duermo con él, que no quiero que lo coja cualquier mujer del pueblo y le ponga un piso, como han dicho algunas por aquí.

Todas empezamos a reírnos, pero me fijé en la cara de duda que tenía Amelia y no dudé en acercarme a ella.

—Ha venido hasta aquí, creo que ya va siendo hora de que tú también le des su sitio.

—¿Tú crees que debería volver con él?

—No lo creo, lo sé. Eso sí, ponle las cosas claras desde el primer momento, que sepa que no podrá jugar contigo nunca más.

—Entonces, ¿tú harás lo mismo con mi cuñado?

—Lo mío es más complicado, Amelia.

—No, no lo es. Tú lo estás haciendo más complicado. Te aseguro que Andrés es una gran persona y que, si ha venido hasta aquí, es porque ha querido y quiere estar contigo.

—Eso no lo dudo, pero lo que me da miedo es que, igual que ha venido, también se marche, como hace siempre.

—Te juro por mi vida que eso no va a pasar. Quiero estar contigo, ver nacer a nuestro hijo y que nada ni nadie nos pueda separar —dijo Andrés, que había llegado por detrás de mí.

—Eso me dijiste la última vez, y mira lo que pasó.

—Adriana, todos te debemos una disculpa. Bueno, en realidad, mucho más que eso, y también estamos aquí por eso —me dijo Kike.

—Ahora mismo estoy saturada. No quiero dinero, no quiero nada más que todo el mundo sepa que yo no tuve nada que ver.

—Si quieres, ahora mismo hago un comunicado de prensa, llamo a los periodistas y les digo lo que tú quieras, pero no pagues con mi hermano lo que no ha sido culpa suya.

—Sí que la tuvo, me dejó sola.

—No te dejé sola, yo contraté al abogado y al investigador privado que sacó todo a la luz, a pesar de que, cuando salió lo del billete a Argentina, me lo creí y le dije que no pagaría un céntimo más.

—Ya, tú mismo lo has dicho. En cuanto apareció cualquier indicio, en vez de venir a preguntarme, decidiste huir, como haces siempre.

—Dame una oportunidad, Adriana, por favor.

—¿No entiendes que ya no se trata solo de mí? Ahora hay un niño, al que no quiero confundir con tus idas y venidas.

—Por eso mismo, porque no quiero que crezca sin su padre…

—No tenemos que estar juntos para que estés presente en la vida de tu hijo.

—Menos mal que por fin admites que es mi hijo, ya pensaba que te habías liado con otro hombre. Empezaba a sudar —dijo Andrés, de manera irónica.

—Claro, no tenía yo suficiente contigo que me iba a acostar con otro. Aunque no te negaré que estuve tentada en más de una ocasión.

—Gracias, Dios mío, ¡por no permitir que lo hiciera!

Todos los presentes empezaron a reír, incluidos los niños, que no paraban en la piscina.

No me había fijado en que tanto Andrés como su hermano y su padre venían con bañador, camiseta y chanclas.

Tampoco me esperaba lo que hizo Andrés, que se quitó la camiseta y se tiró de cabeza a la piscina, donde se puso a jugar con los niños.

Kike le siguió y su padre, para no ser menos, también hizo lo mismo, dejándonos a las mujeres allí fuera, con la baba caída, porque, como había dicho Nerea antes, vaya especímenes de hombres.

—Yo no sé vosotras, pero a mí me está entrando un calor por el cuerpo —dijo Amelia.

—Dímelo a mí, que era lo que me faltaba con las hormonas como las tengo.

—Pues eso tiene fácil solución, al menos para vosotras, que yo tendré que esperar a que vuelva mi marido a casa —dijo Tere, como quien habla del tiempo.

—Mira, bonita, te voy a decir una cosa. Se ve, pero no se toca —le dijo Enriqueta.

—No lo tocaré yo, señora, que ustedes se van a dar el lote —le respondió Tini.

Efectivamente, terminamos todas en el agua, tanto las que no tenían a sus maridos como las que sí.

Pedro, el marido de Laura, apareció con Mario que, en cuanto vio a todos los niños en el agua, jugando y disfrutando, se quiso meter también.

Su padre lo hizo con él, y ahí le presentamos a los chicos, que hicieron buenas migas con Pedro desde el primer momento.

Al final, quedamos en hacer una barbacoa esa misma noche, con todos los maridos, para que se conocieran.

Enriqueta decidió que se marcharía con su marido, pero que se llevarían a los niños después de cenar, para que Kike y su mujer pudieran tener un buen reencuentro.

Andrés, al igual que su hermano, dijo que iba a su casa para traer su equipaje, que ni siquiera había sacado de la maleta, esperando a que llegara ese momento.

—Me parece bien, pero no vas a dormir conmigo, desde ya te lo digo.

—Mi vida, en lo que menos estoy pensando es en dormir —me dijo, delante de todo el mundo, haciendo que mi cara se pusiera roja como un tomate.