Capítulo 30
Andrés
Llegué a la oficina y me encontré a mi padre hablando con mi hermano en el interior de su despacho.
Estaban de lo más sofocados, como si hubiera sucedido algo de lo que no tenían ni idea y para lo que no estaban preparados.
—¿Qué os pasa? Parece que habéis visto un fantasma.
—Mucho peor que eso, hermano.
—O habláis claro, o no me entero de nada.
—Tu madre y Amelia, que se han marchado de casa. Se supone que es para una temporada… —dijo mi padre.
—Sí, una que no sabemos si durará una semana, un mes o un año —contestó mi hermano.
—¿Adónde han ido? ¿No os lo han dicho antes?
—Para nada, yo me he dado cuenta esta mañana, cuando, al despedirme de Amelia, la he visto sacando dos maletas del cuarto de la plancha.
—¿En serio?
—Y tan en serio, porque a mí me ha pasado lo mismo —añadió mi padre.
—Yo he seguido a mi mujer cuando salió de casa. Por si se iba con algún otro hombre, para ver a lo que me tenía que atener.
—¿Y? —pregunté.
—Salió andando con los dos niños y se metió en una casa de la calle de delante de la mía.
—¿Mi madre también ha ido al mismo sitio?
—Pues no lo sé, porque ella cogió un taxi y se montó casi sin decirme ni adiós —respondió mi padre.
—No os preocupéis, están con Adriana. Seguramente se habrán marchado a la casa de la sierra.
—Joder, no recordaba que ella vivía ahí —dijo Kike—. Y yo pensando que me la estaba pegando, me cago en la leche.
—Como que piensa el ladrón que son todos de su misma condición…
Mi hermano me miró con una cara que, si le hubiera valido, me habría cogido por el cuello, os lo prometo.
—¿Tú sabes dónde está esa casa? —me preguntó mi padre.
—Yo no, pero mi hermano sí que lo sabe, pues esa fue una de las excusas para meterla en la cárcel.
—Yo tampoco vi que tú te opusieras mucho, la verdad —me soltó Kike.
—Bueno, dejemos ese tema de lado, que todavía no nos toca abordarlo. Por cierto, aún no ha llegado la demanda de Adriana, ¿no? —dijo mi padre.
—No, ni creo que nos llegue, si os soy sincero —contestó mi hermano.
—Claro que nos llegará. Lo que tendremos que intentar es llegar a un acuerdo con ella. Ya está bien de que nuestra empresa esté en boca de todos, y no precisamente por nuestro trabajo.
—Si tú lo dices… —murmuró Kike.
—Bueno, a lo que íbamos —intervino mi padre, cortando aquello antes de que volviéramos a discutir—. ¿Qué pensáis hacer con esto que tenemos entre manos? Porque no solo nos atañe a nosotros; tú también tendrás interés en ir a buscar a Adriana.
—Por supuesto que lo tengo, pero no ahora, no de manera inmediata.
—¿A qué te refieres? —preguntó mi hermano.
—Dentro de unos días es el cumpleaños de tu hija, y supongo que su madre se lo celebrará.
—¿Lo va a hacer sin mí?
—Siendo sinceros, hermanito, a ti te sudaba el cumpleaños de tus hijos. Lo único que te importaba era que no hicieran la celebración en tu casa, porque no te dejarían trabajar.
—Andrés, te estás pasando. Me estás pintando como un ogro, como alguien que no quería a sus hijos, y los quiero más que a mi vida. Precisamente por eso me mataba a trabajar, para que no tuvieran ninguna carencia.
—No estoy diciendo que no los quieras, hermano, pero jamás te he visto tirado en el suelo jugando con ellos. Y no vayas a poner la excusa del trabajo, que papá también trabajaba y no dudaba en hacerlo los fines de semana.
Mi hermano agachó la cabeza, pues sabía que lo que le estaba diciendo era una verdad como un templo y no tenía excusa que valiera.
—Volvamos al mismo tema, y os agradecería que no cambiarais más. Sé que vosotros estáis acostumbrados a vivir lejos de vuestras mujeres, pero yo necesito a la mía a mi lado —dijo mi padre, que se veía derrotado.
—Yo también quiero que mi mujer vuelva, papá, y haré todo lo que esté en mi mano —respondió Kike.
—Lo primero, tendríamos que buscar una casa en el mismo pueblo, que no esté ni demasiado cerca de ellas, como para que se sientan invadidas, ni demasiado lejos, para que no piensen que pasamos de ellas —sentenció mi padre.
—Papá, ¿cuándo te has licenciado en filosofía? La madre que lo trajo, lo profundo que se ha puesto en un momento —le contesté, negando con la cabeza.
—Papá tiene razón, Andrés, y no deberíamos esperar mucho —dijo Kike—. Tendría que ser para irnos el lunes, que es cuando tenía pensado cogerme las vacaciones.
—¿Tú, vacaciones? Pensé que esa palabra no estaba en tu vocabulario.
—Claro que lo está, aunque tendré que llevarme el portátil para los asuntos más urgentes.
—Kike, por favor, que la empresa marcha sola. Todo el mundo sabe lo que tiene que hacer y, salvo una o dos reuniones importantes, que podrías cambiar para otro día, también te lo digo, no tendrás ni que encenderlo.
—Bueno, lo que sea. ¿Estáis dispuestos?
—Anda, pásame la ubicación de la casa de la sierra de Adriana, que miraré qué hay por allí, a ver si encuentro algo.
Mi hermano abrió uno de los cajones de su escritorio, le hizo una foto al documento en el que aparecían todos los datos y me la pasó.
—En cuanto tenga algo, me pongo en contacto con vosotros.
—Yo no me pienso mover de aquí.
—Ni yo, no tengo nada que hacer. ¿Qué hago en casa si vuestra madre no está?
—Papá, disfrutar de tu sillón, del silencio y de lo que echen en la televisión, eso es lo que siempre dijiste que harías si alguna vez te encontraras solo en casa —le contestó mi hermano.
—Eso son cosas que se dicen. Además, parece que no quieres que esté aquí, y espero que no sea por causa de otra mujer, porque, si eso es así, yo mismo te partiré la cara.
—No es eso, papá, te lo juro. Es que tengo muchísimo trabajo y no puedo perder más el tiempo.
—No te molestaré, porque no pienso quedarme en tu despacho. Me iré con tu hermano, que parece más despejado.
—Eso, con el tonto de la familia, que cobra por la cara. Papá, hijo, que yo también trabajo, aunque a mí no me molesta tu presencia. Venga, así me ayudas a buscar la casa.
Dejamos a mi hermano en su despacho, y me agradeció con la mirada que me llevara a mi padre de allí.
No es que no le gustara contar con su presencia, pero mi padre tenía un problema. Cuando mi hermano hacía algo o tenía alguna reunión, siempre lo corregía, diciendo que él lo habría hecho de otra manera.
No entendía que, desde que se había jubilado, las cosas habían cambiado mucho y que ya no todo podía hacerse a su manera. Y eso, para Kike, era un problema.
Puse una silla junto a la mía y encendí el ordenador. Marqué el pueblo donde estaban las chicas, junto a mi madre y mis sobrinos, y pulsé el botón de buscar.
Lo hice en la página de una inmobiliaria local, y nos salieron tres casas, así que abrimos los detalles para poder ver las fotos y demás.
Una la descartamos de inmediato, porque era la que estaba contigua a la suya, y nos parecía que sería invadir su intimidad.
La segunda también la descartamos, porque estaba demasiado lejos y no merecía la pena, pues no se darían cuenta ni de que estábamos allí.
Y la tercera fue la que elegimos, por su ubicación, ya que estaba a dos calles de la suya, y porque, además, estaba completamente reformada y era una verdadera preciosidad.
Estaba en alquiler con opción a compra, y vi cómo a mi padre le brillaron los ojos.
—¿En qué estás pensando, papá?
—En que esa casa me gusta mucho y, si tu madre está de acuerdo, pienso comprarla, a modo de refugio para el verano y para las fiestas.
—¿Sabes? Me parece una idea fantástica, porque seguro que los niños están encantados allí.
—Eso pienso yo también. Vamos, llama, no vaya a ser que nos quedemos sin la casa.
Mi padre era así de impaciente. Cuando quería algo, lo quería en el momento. Por eso, él mismo fue el que llamó para alquilarla.
De momento lo haríamos para todo el verano. Después de eso, ya miraría si la compraba o no, porque tampoco sabíamos cómo era la casa que tenía Adriana, o si querría que estuviéramos allí todos juntos o no.
Me puse con el trabajo y le pedí a mi padre que me echara una mano para terminar antes.
No es que me hiciera falta, ni mucho menos, pero con eso lo mantenía un buen rato entretenido y sin pensar en mi madre.
La verdad es que lo que habían hecho las tres me dejó completamente sorprendido, pues no me lo esperaba para nada.