Capítulo 29
Adriana
Y llegó el momento de marcharnos al pueblo. La habitación de Einar había quedado de dulce, pues su madrina, que sería Camila, no reparó en gastos y volvió al día siguiente con toda clase de peluches en los mismos tonos, así como juguetes para la primera infancia.
Tenía la maleta ya preparada, y me estaba tomando una leche con cacao, fresquita, junto a una tostada con mermelada de fresa, que era lo que desayunaba desde que estaba embarazada.
Tampoco es que dentro de la cárcel hubiera tenido muchas opciones, la verdad, pero bueno, también me había dado por comer esas cosas.
Lola, la funcionaria de prisiones, me dejaba algunos frutos secos de vez en cuando, por si me entraba el gusanillo a media mañana, y porque decía que eso era bueno para el bebé.
Había hablado con ella el día anterior, para decirle que me marchaba una temporadita a la casa de la sierra, y me dijo que disfrutara mucho de la última etapa de mi embarazo.
Justo cuando estaba a punto de salir, llamaron a la puerta de mi casa. Ni me acordaba de que tanto Enriqueta como Amelia, con los niños, venían conmigo.
—Ay, que casi no llego, pensaba que ya te habrías marchado —dijo Amelia, que llegaba con sus dos hijos.
—Todavía no ha llegado Enriqueta, así que no me podría haber ido, o me hubiera caneado bien.
—Sí, me ha llamado para decirme que venía en un taxi, tiene que estar al llegar.
—Si quieres, podemos ir metiendo las cosas en el coche. He comprado dos sillas de seguridad, que mi amigo Lucas me ayudó a colocar ayer.
—Sí, pues acomodemos a los niños, porque se van a terminar quedando dormidos de pie.
—¿Le has dicho algo a tu marido de dónde ibas?
—No, esta mañana he sacado las maletas y, al verlas, se ha quedado blanco. Pensaba que me volvía a marchar.
—¿Qué le dijiste?
—Que necesitaba un tiempo para mí, para volver a encontrarme, pero que no le iba a decir ni dónde ni con quién me iba. También le dije que vería a sus hijos por videollamada dos veces a la semana.
—¿Y se ha quedado tan tranquilo?
—No, de tranquilo nada, no te puedes imaginar cómo se ha puesto. Le ha faltado atrincherarse en la puerta para que no me marchara.
—Muy bien hecho, que se dé cuenta de que no podrá seguir haciendo contigo lo que le dé la gana.
Sentamos a los niños en las sillitas de seguridad, pues se estaban quedando dormidos de pie. Era demasiado temprano para ellos y, nada más acomodarse, cayeron en los brazos de Morfeo.
Justo en ese momento, vimos que un taxi paraba en la puerta y Enriqueta se bajaba de él, con una maleta y una sonrisa que no le cabía en la cara.
—No os podéis imaginar la que se ha liado en mi casa cuando Manuel me ha visto sacar la maleta.
—Pues no menos que en la mía, que a tu hijo le ha faltado ponerse de rodillas para que no me marchara.
—Bueno, pues podemos irnos. Vamos a disfrutar de unas minivacaciones, porque yo, hasta que tú no decidas volver, no me muevo de allí, lo tengo claro —dijo Enriqueta, convencida.
—Ni yo, suegra. Mis hijos ya han terminado el colegio y no tengo prisa. Es más, lo necesito; me vendrá bien desconectar de esta manera.
—Pues, si estáis convencidas, por mí no hay problema.
Como el maletero estaba lleno, decidimos que compraríamos en el supermercado del pueblo.
No había tanta variedad como en el del centro comercial, pero nos haría el apaño para esos primeros días.
Más tarde, cuando ya estuviéramos tranquilas, haría un pedido por internet para todo el mes.
Tardamos como una hora y media en llegar, tiempo que los niños permanecieron dormidos.
Hablé con Laura y con Pedro para que me prepararan la piscina, ya que hacía calor y los niños querrían disfrutar de ella.
—¿Los niños saben nadar, Amelia?
—Claro, desde que tenían cinco meses los llevé a matronatación. Me daba pánico que pudieran caerse a una piscina y no supieran defenderse. ¿Por qué lo preguntas?
—Porque allí tengo una piscina preciosa, y quería saber si tenía que taparla o no. Lo primero es la seguridad de los niños.
—Pues no hace falta. Además, desde ya te digo que, en el momento en el que la vean, lo primero que van a hacer es pedir que les pongamos el bañador.
—Eso me alegra, así disfrutarán de todo el verano.
—Ellos, estando al aire libre y pudiendo jugar, te garantizo que serán los más felices del mundo.
—Lo mismo añoran a su padre…
—No se puede añorar lo que no se ha tenido, Adriana. Su padre, cuando no está en el trabajo, está encerrado en el despacho de mi casa, por lo que no saben lo que es jugar con él.
—¿Ni siquiera los fines de semana? —preguntó Enriqueta, asombrada.
—Esos son los peores, porque no solo no juega con ellos, sino que además le molesta el ruido que hacen. Y, en los últimos meses, cuando estaba liado con esa mujer, había noches en las que llegaba de madrugada y otras en las que directamente ni aparecía.
—¿Qué he hecho yo para que mis hijos no actúen como deben?
—No ha sido tu culpa, Enriqueta. Demasiado bien los has educado, pero eso va en la forma de ser de cada persona —le contesté yo.
—Pues no me pienso quedar de brazos cruzados, eso te lo prometo. Mis hijos van a sudar sangre para que todo vuelva a su lugar.
Me encantaba escuchar a una madre hablar así. No porque fueran sus hijos justificaba todo; más bien todo lo contrario, se ponía en la piel de sus parejas, y eso era de agradecer.
Bajamos las maletas, y Laura ya estaba esperando en la puerta de mi casa. Ese día no tenía que ir al cortijo, por lo que pasaba consulta en un local anexo a su vivienda, y salía y entraba cuando quería, ya que la gente sabía dónde encontrarla.
—Amiga, dame un abrazo, por favor. No sabes las ganas que tenía de verte aquí.
—Yo también. Y gracias por todo lo que has hecho por mí en estos meses.
—Nada menos de lo que te merecías, corazón mío.
Laura no había ido nada más que una vez a visitarme a la cárcel y lo pasó tan mal que le pedí que no volviera, que me ayudara desde fuera.
Ella se siguió encargando de la casa, además de todo el tema económico, ya que mis cuentas las tenía congeladas. Ahora era el momento de que yo le devolviera todo lo que había hecho por mí.
Les presenté a Enriqueta y a Amelia, además de a los niños, que estaban encantados con el lugar.
—Mami, ¿vamos a pasar aquí todo el verano? —preguntó Natalia.
—Pues no lo sé, mi vida. ¿A ti te apetece?
—Mucho, mamá. Y a Marcos también. ¿Te imaginas lo bien que lo vamos a pasar aquí?
—De momento, nos quedaremos, ya veremos cuándo volvemos a casa.
Tal y como había dicho su madre, quisieron ponerse el bañador de manera inmediata, pero antes teníamos que llenar la nevera.
Fuimos dando un paseo hasta el supermercado, donde nos cruzamos con algunos vecinos, muchos de ellos con niños de la edad de Natalia y Marcos.
Cuando quisimos darnos cuenta, ellos ya se habían formado su propia pandilla, quedando en el parque por la tarde para jugar todos juntos.
—Mis hijos me han organizado la tarde, fíjate.
—Te vendrá bien a ti también hacer nuevas amistades, y más sanas que las de aquí no las vas a encontrar, te lo aseguro.
—¿Vendréis conmigo? No sabes lo que me cuesta entablar conversación con alguien a quien no conozco.
—Por supuesto que sí, iremos todas. Además, en el parque hay un bar pequeñito en el que se toman unas meriendas de lujo.
—Pues nada, suegra, tus nietos ya nos han organizado la tarde.
—Por cierto, dentro de diez días es el cumpleaños de Natalia. ¿Qué vas a hacer?
—Celebrarlo, como lo hemos hecho siempre.
—¿Se lo vas a decir a su padre?
—Pues claro, una cosa es que no quiera tener contacto con él durante un tiempo, y otra muy diferente que no lo avise para el cumpleaños de mis hijos.
—Entonces, sabrán dónde estamos…
—Enriqueta, si lo dices por mí, yo no tengo ningún problema en que lo sepan. Ya va siendo hora de que Kike espabile, de que empiece a luchar por su familia.
Amelia me miró, entre agradecida y triste, por lo que yo había dicho, pero es que me salió del corazón, no pude remediarlo.
Volvimos a la casa tremendamente cargadas, y nos dispusimos a preparar la comida mientras los niños jugaban en la piscina.
Por suerte, la ventana de la cocina daba directamente a esa parte del jardín, y podíamos vigilarlos mientras ellos disfrutaban.