El amor y la madre que lo parió Capítulo 28
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Capítulo 28

Adriana

Camila, que estaba sentada frente a mí en el restaurante, me avisó de que tanto Amelia como Enriqueta venían hacia nuestra mesa.

No me dio tiempo a asimilarlo cuando noté la mano de Enriqueta encima de mi hombro, dándome un apretón.

—Casi nuera, vengo aquí, con mi casi exnuera, a tomarnos una copita con vosotros, si no os importa, por supuesto.

—Claro que no, Enriqueta, siéntate —le dijo Lucas, al que conocía desde niño.

—¿Casi nuera? Uy, me parece que te ha sentado muy mal el vino de la comida, Enriqueta.

—Hija, estuviste con mi hijo y…

—Y ya está.

Me puse demasiado tensa, no lo voy a negar, porque, hasta ahora, Enriqueta me había demostrado toda la lealtad del mundo, y no entendía que, justo en ese momento, fuera a traicionarme.

—Tranquila, Adriana, tu secreto está a salvo conmigo —me dijo, apretándome la mano.

—Por mí tampoco se va a enterar nunca, no se lo merece —añadió Amelia, y la miré completamente sorprendida.

—¿Cómo lo sabes tú?

—Hija, no hay que ser ingeniera técnica industrial para darse cuenta de que ese bebé que esperas es de mi cuñado.

—No, este niño es mío, él tan solo puso la semillita.

—Te entiendo, y yo actuaría del mismo modo si mi pareja se hubiera comportado así conmigo.

—Tú más vale que te calles, que se lo has puesto muy fácil a tu marido —afirmó Enriqueta.

—¿Le has perdonado? No me lo puedo creer.

—Sí que lo he perdonado, cuando me lo ha contado todo. Pero no ha sido en el momento, tal y como piensa mi suegra.

—No, qué va, lo perdonó al día siguiente.

—Han pasado dos semanas desde que me lo pidió hasta que lo hice.

—Mira, os voy a contar una historia que ni mis hijos conocen…

Enriqueta nos contó que, cuando se quedó embarazada de su hijo mayor, descubrió que su marido la engañaba con su secretaria, y desapareció sin decirle nada.

Estuvo todo el embarazo sola, en un pueblo recóndito de la sierra de Madrid, donde su familia tenía una casita que nadie conocía.

—Volví con el niño ya en el mundo, prácticamente, y estuvo durante un año pidiéndome perdón hasta que lo perdoné.

—¿De verdad?

—Sí, por eso, si alguien os entiende a las dos, esa soy yo. Adriana, con Amelia ya no puedo hacer nada, aunque ya le he advertido que, si mi hijo se lo vuelve a hacer, no dude en darle una patada en los huevos, que ni a ella ni a mis nietos les va a faltar nada.

—Eso lo tengo claro yo, y lo tiene claro él. Si me engaña una vez, la culpa es suya, pero, si lo hace dos veces, la culpable sería yo.

—Exacto. Eres preciosa y no te mereces un hombre que te haga ese tipo de desprecios —le contesté.

—Bueno, a lo que iba. Con ella ya no hay marcha atrás, pero contigo… No se lo pongas fácil, por mucho que tu corazón te diga que sí.

—Mi corazón está blindado, Enriqueta.

—No, hija, tu corazón le pertenece a mi hijo, tan solo había que ver la manera en la que te temblaban las manos cuando lo has visto.

—Pero eso era porque no me lo esperaba, no pensé que me lo podía encontrar aquí.

—Engáñate a ti misma, si con eso te sientes mejor, pero a mí no. A veces, el diablo sabe más por viejo que por diablo, corazón.

—Sea como fuere, no será tan fácil convencerme. Es más, el lunes mismo me marcho de aquí.

—¿Dónde te vas a ir?

—Pues me voy a mi casa de la sierra, a desconectar y a tomar aire fresco, que es lo que necesito en este momento.

—¿Sería muy osado por mi parte pedirte que me dejaras ir contigo un tiempo? —me preguntó Amelia, y me sorprendió muchísimo.

—Siempre y cuando no le digas a tu marido ni a tu cuñado dónde vamos a estar, por mí no hay problema. La casa es enorme y sitio nos sobra.

—¿Sabéis qué os digo? Que yo también me voy con vosotras, así, si queréis salir a tomar algo, yo me quedo con los niños —dijo Enriqueta.

—Vamos, que pensaba irme sola y, al final, nos vamos en manifestación —le dije, riendo.

Amelia empezó a reír conmigo. Sabía que lo necesitaba, que tenía que ponerle los puntos claros a su marido, para que viera que ella ya no era la misma.

—Está bien, dinos cuándo y a qué hora nos vamos —dijo Enriqueta, que se apuntaba a una ronda de aspirinas.

—Nos vamos el lunes a las ocho, para que nos dé tiempo de ir al supermercado antes de marcharnos.

—¡Perfecto! En tu casa estaremos a esa hora. Amelia, no le digas nada a tu marido hasta el momento en el que vayamos a salir, que yo haré lo mismo.

—¿Y cómo preparo las maletas?

—Hija, pues las vas haciendo mientras mi hijo trabaja y las escondes en el cuarto de la plancha, que seguro que ahí no entra.

—Como lo sabes, yo creo que no sabe ni cómo se enciende la luz, la verdad.

Volvimos a reír. Llegó la hora de marcharnos y, cuando pedí la cuenta, me dijeron que ya estaba todo pagado, que lo habían abonado los caballeros de la otra mesa, haciendo referencia a la familia de Andrés.

—Si se piensa que con esto va a ablandar mi corazón, lo lleva claro —reflexioné en voz alta.

—¡Eso es, esta es mi chica!

—Suegra, ya sé que ella es tu nuera preferida, pero no hace falta que lo digas así, tan a las claras… —dijo Amelia, negando con la cabeza.

—Anda, tonta, si ni siquiera soy su nuera…

—Eso, eso, tú confírmalo, que no pasa nada.

Me despedí de ellas con un abrazo, y quedamos en vernos el lunes, aunque sabía que Enriqueta vendría a visitarme durante el fin de semana.

—Vamos al centro comercial, que necesito comprar la pintura del cuarto del bebé. Mañana me traen los muebles —les dije a mis amigos, saliendo del restaurante.

—Venga, nosotros te ayudamos a pintar, pero antes tendría que pasar por casa a coger algo de ropa vieja —contestó Lucas.

—Chico, te compras ahora un pantalón de chándal y una camiseta barata en cualquier tienda, y nos ahorramos la excursión hasta tu casa —respondió Camila.

Nos montamos en el coche y pusimos rumbo hacia allí, donde no tardamos más de media hora en coger la pintura, que previamente había pedido por internet, y nos volvimos a casa.

Compré dos colores en tonos azul pastel, pues quería poner una pared de cada color y una blanca, que contrastaría con los muebles.

Lo que también compré fue toda la ropa y decoración para esa habitación, así como para la que le montaríamos en la casa del pueblo.

Tengo que reconocer que el trabajo de pintor de brocha gorda no estaba valorado. Todos pensamos que es fácil, pero nada más lejos de la realidad.

Menos mal que Lucas tuvo la precaución de comprar unos plásticos para el suelo, porque ahí justo fue donde terminó más pintura que en las paredes.

No nos quedó del todo mal, eso sí, los tres terminamos que no había por dónde cogernos.

—Creo que necesito una ducha antes de que se me seque la pintura y tenga que quitármela con disolvente —dijo Lucas, que fue el más perjudicado.

—Y yo otra, que llevo pintura hasta en lugares insospechados —le respondió su chica.

—Venga, anda, id al baño del final del pasillo. Eso sí, a ducharse nada más, que tengo las hormonas revolucionadas y no me apetece que me deis envidia.

—Amiga, si intento echar un kiki con mi chico, me quedaría pegada, porque tengo pintura hasta en el mismísimo… tú ya me entiendes.

Solté una carcajada y me marché yo también a mi baño, el que tenía integrado en mi habitación.

Camila no tenía problemas por la ropa, pues en el dormitorio de invitados seguía colgada toda la que dejó antes de que yo entrara en la cárcel.

Lucas, por su parte, se había comprado lo que hablamos y tenía su ropa doblada en esa misma habitación.

Yo me puse una de esas camisolas fresquitas, pues, entre que el calor ya iba acuciando y que mi temperatura con el embarazo tampoco era la misma, si por mí fuera, iría en bragas todo el día.

Entré en la cocina y preparé una ensalada, además de sacar unos filetes que tenía en la nevera, y me puse a preparar la cena.

—¿Qué estás haciendo, Adriana?

—Preparar la cena. ¿No pensaríais que os iba a dejar marchar sin cenar?

—Chica, pero podríamos haber pedido algo.

—No, sabes que la cocina me encanta, y hace mucho que no hago nada de esto.

—Está bien, si eso es lo que te apetece, por mí, perfecto.

—Venga, pon la mesa, que ya está todo listo.

Camila puso la mesa, mientras Lucas sacaba las bebidas. Esos momentos eran de los que más había echado de menos durante los meses que había estado fuera de mi vida.