El amor y la madre que lo parió Capítulo 27
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Capítulo 27

Andrés

Mi hermano nos había citado a todos en el restaurante de su urbanización. Decía que tenía que contarnos algo importante y que nos iba a alegrar a todos.

Al llegar, allí estaba él, junto a su mujer, porque todavía no habían firmado el divorcio, y supe lo que nos iba a contar.

No puedo decir que me alegrara, porque había visto a mi cuñada, a mi mejor amiga, sufrir tanto durante esos meses, que me heló la sangre el hecho de que lo hubiera perdonado.

—Como podéis comprobar, Amelia y yo hemos decidido darnos otra oportunidad.

—¿Estás segura de esto, Amelia? —pregunté, pues no me pude callar.

—¿A qué viene esa pregunta, Andrés? —soltó mi hermano.

—A que el que la ha visto sufrir he sido yo. A que la persona que la ha consolado mientras tú te follabas a esa tía y a su amigo he sido yo. A eso viene.

—Parece que estás enamorado de mi mujer, y eso no te lo voy a permitir.

—Mira, Kike, si yo hubiera estado enamorado de tu mujer, con lo abandonada que la has tenido y con la cantidad de cuernos que le has puesto, habría caído en mis brazos sin que yo tuviera ni que proponérmelo.

—No te lo pienso consentir, Andrés…

Justo cuando estábamos discutiendo por eso, giré la cara y la vi. Allí, delante de mis narices, estaba Adriana, preciosa y embarazada.

Mi madre se levantó de manera inmediata y se fundió en un abrazo con ella, uno que me dijo que no habían perdido el contacto en ningún momento y que, por lo tanto, sabía que estaba embarazada y no había dicho absolutamente nada.

Mi padre también quiso levantarse y abrazarla, pero ella lo frenó de una manera tajante. Esa no era la Adriana que yo conocía, esta era más fuerte, más consciente de lo que era capaz y de lo que no pensaba permitir nunca más.

Llegó un momento en el que la curiosidad me pudo, porque todo parecía indicar que ese niño era mío, pero, después de lo que había sucedido anteriormente con ella, no quería meter la pata ni dar nada por hecho.

—Adriana, creo que nosotros tenemos que hablar, y no de nada que tenga que ver con lo que ha pasado.

—Contigo es con quien menos tengo que hablar, don Andrés.

—Deja la ironía, Adriana. ¿De quién es ese niño?

—Mío. ¿Te parece poco?

—Adriana…

—Señores, si me disculpan, voy a celebrar con los míos que sigo en pie, con esa familia que se elige y que yo no pude elegir mejor. Que pasen buena tarde.

Se marchó, dejándonos allí con cara de tontos, pero también con la sensación de que mi madre nos había traicionado clavada en el pecho.

No sabía si estaba enfadado o triste, desilusionado o furioso, pero lo que tenía claro era que no me iba a quedar callado.

—Mamá, ¿a qué viene esa confianza con Adriana?

—Pues es muy sencillo, Andrés, yo no he dejado de tener contacto con ella.

—¿Me estás diciendo que has ido a visitarla a la cárcel? —preguntó mi hermano Kike.

—Todas y cada una de las semanas en las que ha estado allí, encerrada injustamente.

—Joder, mamá. Tenías que ponerte de nuestra parte —le dijo mi hermano.

—No, no te equivoques. Yo tenía que ponerme del lado de la verdad, y la verdad la tenía ella, no vosotros.

—¿Sabías que estaba embarazada? —pregunté yo.

—Por supuesto que lo sabía. Es más, ayer fuimos a comprarle todas las cosas al niño, porque es un varón, y estoy segura de que será guapísimo.

—Hermano, eso puede esperar, ahora lo más importante es que mamá nos cuente por qué lo ha hecho, por qué ha seguido visitándola.

—Eso será lo importante para ti, para mí es saber si el hijo que está esperando es mío.

—Pues no pienso contestar ni a una cosa ni a la otra. Tú —le dijo a mi hermano— lo que tenías que haber hecho, antes de acusarla, era investigar más, en vez de meterte en las bragas de quien había robado de verdad.

Mi hermano agachó la cabeza, mientras mi cuñada se levantaba con lágrimas en los ojos y se marchaba al baño, para no dejar que sus hijos la vieran en ese estado.

Pero eso no fue todo, porque ahora me tocaba el turno a mí. Mi madre se rebelaba pocas veces, pero, cuando lo hacía, era como un huracán imposible de parar.

—Y tú, en vez de intentar averiguar ahora si es tu hijo o no, lo que tenías que haber hecho era ponerte de su parte, apoyarla y convencer a tu hermano para que no hiciera lo que hizo.

—Enriqueta, me parece que te estás pasando con nuestros hijos —le dijo mi padre.

—¿Pasándome con ellos? Para nada, me he quedado demasiado corta. Ninguno de los dos se merece a la mujer que tenía a su lado. Si yo fuera alguna de ellas, los mandaba al carajo, con billete de ida, pero no de vuelta.

Mi madre se levantó de la mesa y se marchó a darle el encuentro a mi cuñada, dejándonos allí a los demás con la boca abierta, sin saber qué hacer ni qué decir.

—Creo que vuestra madre ha dejado claro de qué lado está. Ahora es mi turno de hablaros de hombre a hombre.

—No más sermones, por favor, papá —le dijo Kike, que no sabía si ir a buscar a su mujer o no.

—No soy yo de dar sermones ni consejos, pero os voy a contar una historia que me pasó a mí hace muchos años, y que espero que os sirva de lección.

Mi padre empezó a hablar de cómo, cuando era joven, se enamoró de mi madre perdidamente, pero no se comportó como debía.

—Me lie con la que en aquel entonces era mi secretaria, que se quedó embarazada de mí.

—Joder, papá, cualquiera lo diría, si siempre habéis sido una pareja modélica.

—No tanto, hijo mío, no tanto. Como os iba diciendo, cuando vuestra madre se enteró, no montó en cólera, no gritó, y eso fue lo que más me dolió.

—¿Por qué, papá?

—Porque no hay nada peor que la indiferencia. Resultó que la que de verdad estaba embarazada era vuestra madre, de ti, Kike, pero no me dijo absolutamente nada.

—¿Lo dejó pasar? Porque no veo yo a mi madre como una mujer sumisa, la verdad —le dije yo a mi padre.

—¿Tu madre una mujer sumisa? No me hagas reír, por favor. Cuando llegué a casa, ella ya no estaba, y vuestros abuelos se negaron a decirme dónde se encontraba.

Siguió contándonos que, durante meses, estuvo buscando a mi madre y que, por supuesto, dejó a su secretaria, a la que cambiaron de puesto de manera inmediata.

—Cuando la encontré, su embarazo ya estaba avanzado, pero no parecía que estuviera del tiempo que realmente estaba, y yo pensé que no era mi hijo, que había rehecho su vida.

—¿No estuviste con mamá mientras estuvo embarazada de mí? —preguntó mi hermano.

—No, porque me di la vuelta y no le dije nada. Fue mi madre la que me dijo que mi hijo había nacido y que, si no quería que lo criara otro hombre, me dedicara a conquistar de nuevo a mi mujer.

—Y lo hiciste, porque, si no, no estaríamos aquí ahora.

—Sí, pero me costó media vida convencerla de que no iba a volver a suceder.

—Pero la convenciste.

—No, ella puso una sola condición. Si yo volvía a hacer lo mismo, me ponía de patitas en la calle y no os volvería a ver.

—¿Por qué nos cuentas esto ahora, papá?

—Para que entendáis que le habéis tocado la fibra sensible, a las dos, porque ella sabe lo que es que te pongan los cuernos y estar embarazada, sola, como lo ha estado Adriana.

Ahora sí que entendía la postura de mi madre, su apoyo tanto a Amelia como a Adriana, y me puse como meta que, al igual que mi padre, yo volvería a conquistar a mi chica.

No lo tendría fácil, pero mi padre tampoco lo tuvo, y lo consiguió. Nuestro amor, porque me había dado cuenta en esos meses de que eso era lo que ambos sentíamos, no podía haberse esfumado de la noche a la mañana.

Mi madre volvió cogida del brazo de mi cuñada, que, en vez de acercarse a sentarse con nosotros, lo hizo en la mesa en la que estaban Adriana y sus amigos.

Minutos antes la había escuchado reír, y ese sonido fue hipnótico para mí. No había nada que me resultara más adictivo que su risa.

La vi un tanto reticente, a Adriana me refiero, pero, en el momento en el que mi madre intervino, su rostro se suavizó de inmediato.

Estuvieron más de una hora contándose confidencias. Esperaba que Amelia me lo contara más tarde, al igual que yo le había contado a ella todo lo que sucedía cuando mi hermano no se atrevía a hacerlo.