Capítulo 26
Adriana
Al final, terminamos comprando más de lo que teníamos pensado, al menos yo, que no pensaba salir de allí con el dormitorio del niño, la trona, la hamaca de bebé e incluso el carrito para pasearlo.
—Ahora nos toca ir a buscar ropita, que todavía no hemos comprado nada.
—¿Más cosas? Creo que lo deberíamos dejar para otro día. Todavía me faltan casi tres meses para dar a luz.
—Bueno, bueno, pero cuanto antes tengas todo, mucho mejor.
La ropita, al igual que la mía, nos la llevamos en el acto, mientras que todo lo demás me lo llevarían a la semana siguiente, cuando ya estuviera todo medio organizado.
Lo mismo que compró Enriqueta para mi casa, a excepción del carrito de paseo, lo compré yo también para la casa del pueblo.
Lo primero que hice, nada más comprarlo, fue llamar a Laura para contarle que ya había salido de la cárcel y que, muy pronto, iría por el pueblo a descansar, a desconectar y a intentar encontrar un poco de paz.
Estaba segura de que la prensa no me seguiría hasta allí, mientras que, si permanecía en la ciudad, no me dejarían tranquila.
No iba a buscar trabajo hasta que no pasara la baja maternal. Tenía dinero ahorrado con el que podría vivir los meses que me faltaban.
Sabía que me costaría trabajo, aunque esperaba que, de aquí a entonces, se hubiera olvidado ya lo mío, o, por lo menos, se hubiera aplacado bastante.
Me despedí de Enriqueta en la puerta del centro comercial, donde cada una tomó un taxi para ir hasta su respectiva casa.
Cuando metí la llave en la cerradura y entré, no pude evitar que las lágrimas resbalaran por mi rostro. Por fin estaba donde tenía que estar, y mi casa se mostraba ante mis ojos de la misma manera que antes de entrar en la cárcel.
Todo eso se lo debía a Camila y a Lucas, que habían estado pendientes de ella durante todo ese tiempo.
Tal y como le había dicho a Ana, lo primero que hice fue quitarme la ropa y meterme en mi piscina. La temperatura estaba ideal para hacerlo, sobre todo porque todavía no había caído el sol.
Estuve allí hasta que se hizo de noche, momento en el que salí y me di una ducha caliente, sin prisas, sin que nadie me marcara el tiempo, que era lo que más había echado de menos.
Cuando salí, y como tenía la nevera vacía, pedí una pizza de mi pizzería preferida, y me la comí en mi salón, sentada delante de la televisión y con un refresco de cola entre las manos.
Os puede parecer una pamplina, una tontería, pero para mí era un lujo que no había estado a mi alcance durante esos cinco meses.
Había aprendido a priorizar en mi vida y, lo que antes veía como algo cotidiano, ahora pensaba paladearlo despacito, disfrutarlo como si fuera la última vez que tuviera opción de hacerlo.
Casi sin darme cuenta, me quedé dormida y, cuando me desperté porque tenía que ir al baño, eran pasadas las tres de la madrugada.
En principio, me sentí desorientada, como si no supiera dónde estaba, hasta que recordé que ya no estaba en la cárcel, sino en mi casa.
Subí las escaleras despacio, porque mi vientre no me permitía ir más rápido, y entré en el baño, antes de destapar la cama y meterme entre sus sábanas.
El olor a suavizante, tan característico de mi ropa, me llegó desde la entrada de la habitación y me hizo recordar, de golpe, que por fin estaba en casa.
Sabía que tendría que acostumbrarme otra vez, crear rutinas distintas y levantar algo mío desde cero, porque mi vida había vuelto a empezar y no pensaba desaprovecharla.
Decidí que, como Gonzalo había citado a la prensa a las doce de la mañana, me levantaría temprano e iría a la peluquería. Quería que la gente me viera con otra energía, y lo primero era empezar por mi imagen.
A las ocho ya estaba en pie, tal y como me había acostumbrado durante esos meses, y me monté en el coche camino del salón de belleza al que acudía siempre.
Arrancó a la primera, y eso significaba que tampoco se habían olvidado de él. Aparqué cerquita de la puerta y llamé, pues todavía estaba cerrado, aunque Chari ya estaba dentro.
—Dime que no estoy soñando.
—No, no sueñas, pero necesito tu ayuda.
Chari abrió la boca para decir algo más, pero su mirada bajó hasta mi vientre y se quedó ahí un segundo, sin saber muy bien si preguntar o callarse.
—Madre mía, Adriana… —susurró, llevándose una mano al pecho—. No sabía nada. Enhorabuena, cariño.
—Gracias —contesté, con una sonrisa—. Ha sido todo un poco complicado, pero estoy bien. Estamos bien.
—Eso es lo importante. Venga, pasa. ¿En qué puedo ayudarte?
—Necesito un cambio de imagen. Tengo una rueda de prensa a las doce y quiero estar deslumbrante.
—Y lo estarás. Hoy sales de aquí como una reina, ya verás.
Chari me lavó la cabeza y, después, me sentó frente al espejo, aunque se encargó de taparlo antes de que pudiera verme.
—No te voy a dejar que veas nada mientras trabajo. Solo te mirarás cuando haya terminado.
—Me parece perfecto, así la sorpresa será todavía mayor.
Cogió la tijera y cortó un buen trozo de mi cabello, dejándolo a la altura del cuello. Sabía que, cuando se me rizara, me llegaría por debajo de la barbilla, pero me daba igual.
Estuvo conmigo como una hora y media, lo necesario para dejarme perfecta y para que aún pudiera llegar a casa y cambiarme antes de que apareciera la prensa.
Cuando me miré en el espejo no me reconocí, de verdad os lo prometo. Me había hecho un corte de lo más ideal y se había encargado de maquillarme de manera sutil, pero elegante.
—Gracias, Chari, has hecho magia, como siempre.
—Anda ya, mujer, eres tú, que lo mismo sirves para un roto que para un descosido.
—Dime cuánto te debo y llámame a un taxi, que voy justa.
—No te pienso cobrar nada, anda, tira, que ya te lo he pedido por la aplicación. No tardará más de tres minutos.
—Gracias, cariño, te lo agradeceré eternamente.
Salí corriendo y, al llegar a mi casa, viendo cómo me había arreglado Chari, supe claramente cómo me iba a vestir.
Me fui al armario y saqué un vestido azul azafata que me había comprado la tarde anterior.
Era estrecho y se me notaba claramente el vientre, ese que, hasta ahora, con una sudadera podía pasar desapercibido.
Pero no quería ocultarlo. Ni a él ni a mí. Ya había pasado demasiado tiempo agachando la cabeza por culpa de otros.
Había llegado la hora de salir ahí fuera con la cara bien alta y dejar claro que no pensaba permitir que nadie volviera a pisotearme.
El vestido era de tirante ancho, con escote en V, y me hacía un pecho de lo más bonito. Se ajustaba al cuerpo y me llegaba justo por encima de la rodilla. Lo combiné con unas cuñas de esparto del mismo color.
Me miré en el espejo y me vi empoderada, más fuerte que antes, y salí pisando fuerte, demostrando cómo me sentía.
—Buenos días a todos, y gracias por venir —les dije.
—Adriana, estás preciosa. No sabíamos que estabas embarazada —me dijo uno de los periodistas.
—Ya entré embarazada en la cárcel, pero bueno, eso no es lo importante. Si no os importa, mi abogado os explicará todo lo que ha sucedido, para que se terminen las especulaciones.
Gonzalo cogió las riendas de la situación y les contó a todos cómo habían sucedido las cosas, desde el principio hasta el momento en el que yo había puesto un pie en la calle, el día anterior.
—¿Tenéis pensado poner una demanda contra esas personas que la acusaron injustamente? —preguntó uno de los periodistas.
—Por supuesto que sí. Van a pagar, céntimo a céntimo, por no decir lágrima a lágrima, que es lo que se merecen —contesté.
—¿Es alguno de esos hombres el padre de su hijo? —dijo una chica que estaba al fondo.
—La paternidad de mi hijo no es incumbencia de nadie. Mi bebé es mío, y su familia será la que ha permanecido a mi lado durante estos meses.
Gonzalo no permitió que hicieran más preguntas personales y recondujo la rueda de prensa hacia lo que habíamos venido a contarles.
Después de que terminara, cuando ya se habían ido marchando uno a uno, vi a Camila junto a Lucas, que habían venido para mostrarme su apoyo.
—Amiga, te veo mejor que nunca —me dijo, estrechándome entre sus brazos.
—Lo estoy, Camila, no dudes que lo estoy.
—Dame un abrazo, Adriana, que yo también te he echado de menos —me dijo Lucas.
—Cuánto tengo que agradeceros a los dos.
Nos fundimos los tres en un abrazo de esos que recomponen un poquito por dentro, uno que necesitábamos, o al menos yo, que llevaba demasiado tiempo falta de afecto entre aquellas paredes.
Al final, decidimos ir a comer a un restaurante de la urbanización, donde nos llevamos una sorpresa, aunque tengo que decir que no fue buena, al menos no en su totalidad.
Entramos y, de primeras, nos encontramos allí con toda la familia Serrano. Decir que ver a Andrés me dejó indiferente sería mentira, porque me temblaba todo, pero no se lo iba a demostrar.
Enriqueta se levantó y se acercó, dándome un abrazo. Don Manuel quiso hacer lo mismo, pero lo frené con un gesto de la mano.
—No se levante, don Manuel, no me interesa lo que ninguno de vosotros tenga que decirme, tan solo Enriqueta.
—Hija, escúchalos, sobre todo a mis hijos, que te deben una disculpa.
—Una disculpa que llega a destiempo y que no pienso aceptar, por supuesto. Lo que tengan que hablar, que se lo guarden para decirlo delante de un juez.
—¿Acaso piensas denunciarnos?
—No lo pienso, ya lo he hecho.
—Adriana, creo que nosotros tenemos que hablar, y no de nada que tenga que ver con lo que ha pasado.
— Contigo es con quien menos tengo que hablar, don Andrés.
—Deja la ironía, Adriana. ¿De quién es ese niño?
—Mío. ¿Te parece poco?
—Adriana…
—Señores, si me disculpan, voy a celebrar que sigo en pie con los míos, con esa familia que se elige y que yo no pude elegir mejor. Que pasen buena tarde.
Le di un beso a Enriqueta y seguí adelante, en busca de una mesa. Me senté de espaldas a ellos, porque no quería que su presencia me amargara la comida.
—Has sido muy valiente, Adriana.
—No, he sido práctica.
—¿Práctica?
—Sí, porque tarde o temprano me tenía que enfrentar a él, y no había mejor momento para hacerlo que estando rodeada de vosotros.
—¿Sabes que te queremos y que no pensamos soltarte nunca más? —me dijo Camila, cogiéndome la mano.
—Nunca me habéis soltado. Si no hubiera sido por vuestro apoyo, no habría sobrevivido allí dentro.
—Sí que lo habrías hecho, tienes coraje para eso y para mucho más.
—¿Y ahora qué vas a hacer? —preguntó Lucas.
—De momento, voy a montar la habitación de Einar, que mañana me traen los muebles. Una vez que lo tenga todo, pretendo terminar mis meses de embarazo en la sierra, tranquilamente.
—¿Estás segura? ¿Y si te pones de parto?
—Pues nada, alguien me llevará al hospital y, si no, tenemos una matrona en el pueblo.
Lo dije de una manera tan natural, como si fuera algo que se pudiera hacer sin complicaciones, mientras mis amigos me miraban con la boca abierta, sin saber qué hacer ni qué decir.
—No lo dirás en serio, ¿verdad?
—Por supuesto que no, chica, ¿cómo voy a parir allí, sin epidural ni nada?
—Uf, me habías asustado. Digo, verás tú que esta mujer va a dar a luz en medio del campo, como si fuera una vaca.
—Chica, sé que estoy gorda, pero no como para llamarme vaca, hija.
—Anda ya, estás preciosa, gorda ni gorda. Ojalá yo, cuando me quede embarazada, esté tan guapa como tú.
—Chica, para eso tendrás que pasar cinco meses en la cárcel. ¿Estás dispuesta?
—Prefiero quedarme fea, fíjate.
Soltamos una carcajada que resonó en todo el restaurante. Camila le había ganado la demanda que le puso a la empresa, la del despido improcedente, por lo que le tuvieron que pagar una buena suma de dinero.