El amor y la madre que lo parió Capítulo 25
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Capítulo 25

Adriana

Cinco meses habían pasado ya desde el día en el que entré en la cárcel, y mi vida había cambiado en un doscientos por ciento.

Recibía la visita semanal de tres personas, las únicas que sabían de mi estado y en las que confiaba, puesto que ellas no habían dudado de mí en ningún momento.

Esas tres personas eran Camila, mi mejor amiga, a la que le debía la vida, puesto que no dudó en apoyarme; su chico, Lucas, que, después de que me detuvieran, cortó toda comunicación con su amigo, y Enriqueta, la madre de los dos hombres que me habían metido entre rejas.

Os podéis pensar que venía para defender a sus hijos, pero nada más lejos de la realidad. Ella decía que no se creía lo que estaban diciendo sus hijos, en especial Kike, y que seguiría apoyándome hasta que se demostrara lo contrario.

Era la única de la familia que sabía de mi embarazo y juró que, de su boca, no saldría ni una palabra. Eso sí, me pidió algo a cambio: que, pasara lo que pasara conmigo, le permitiera visitar al niño.

Sí, hacía unos días que el ginecólogo de la cárcel me había dicho que era un varón, al que pondría de nombre Einar, porque era un nombre que me gustaba desde siempre.

—Adriana, tu abogado te espera en la sala de visitas —me dijo Lola, la funcionaria.

—¿Mi abogado? Pero si me visitó anteayer. ¿Ha sucedido algo?

—No tengo ni la más remota idea, cariño. Solo sé que me han mandado venir a buscarte, y poco más te puedo contar.

—Ojalá tengamos ya la fecha de juicio y que me ocurra como a Samantha. Se lo pido a todos los ángeles celestiales, te lo prometo.

Lola soltó una carcajada por la forma en la que lo dije. Me habían trasladado al módulo de madres, donde la mayoría de las mujeres que estábamos allí o estábamos embarazadas o acababan de dar a luz.

Por los pasillos de esas celdas olía a jabón infantil, a inocencia y a dulzura, pero no me parecía justo que esos niños tuvieran que vivir ahí dentro.

Por ley, podían permanecer con nosotras hasta que cumplieran los tres años, pero yo tenía claro que no quería eso para mi hijo.

La mayoría de las madres pensaban lo mismo que yo y, tras terminar de darles el pecho, los enviaban con sus familias, las que tenían a alguien que se pudiera hacer cargo de ellos o, en el peor de los casos, los daban en adopción, cuando las condenas eran muy largas.

Otras, sin embargo, decidían que mantendrían a sus hijos con ellas hasta el máximo de tiempo permitido, y también era respetable esa opción. Había mujeres a las que les costaba mucho más separarse de sus hijos.

Ninguna era mejor madre que otra; todas buscábamos lo mejor para nosotras y para nuestros hijos.

Con respecto a Samantha, con ella no había perdido el contacto, a pesar del cambio de módulo, y había tenido el juicio hacía diez días.

La habían declarado inocente, pues no tenían pruebas suficientes de que hubiera sido ella, ya que el rastro del dinero se perdía en una isla del Pacífico, en una cuenta de una empresa fantasma de la que no constaba ningún administrador.

Ojalá a mí me pasara lo mismo, porque los cinco meses que llevaba allí dentro no habían sido un camino de rosas, aunque hubiera terminado por adaptarme.

Cuando llegamos a la sala de visitas, allí estaba Gonzalo, con una sonrisa pintada en los labios, que me dijo que traía buenas noticias.

—Esa sonrisa te delata. Dime que ya tenemos fecha de juicio, por lo que tú más quieras.

—Mucho mejor que eso, lo que tenemos es tu orden de excarcelación, además de la retirada de todos los cargos contra ti.

—No me lo estás diciendo en serio. Todo esto tiene que ser una broma, de muy mal gusto, dicho sea de paso, pero una broma.

—No, Adriana, te prometí que llegaríamos al final del asunto, que los verdaderos culpables pagarían por ello, y lo hemos conseguido.

—No me lo puedo creer, no después de tanto tiempo aquí metida…

—Hemos tardado más de lo que teníamos previsto, y eso no me lo perdono, pero teníamos que esperar a que se confiaran y dieran un paso en falso, y lo han dado.

—¿Cómo ha sucedido todo? Quiero saberlo.

—Y te lo contaré, pero ahora ve a despedirte de tus compañeras o de quien quieras despedirte, porque te largas de aquí, ahora mismo.

No me pude levantar. Os prometo que me derrumbé en un llanto que era inconsolable.

Pero con una diferencia, ese llanto no era de pena, ni siquiera de agobio o ansiedad. Ese llanto era de alivio, de pensar que, por una vez, se había hecho justicia conmigo.

Lola, que lo sabía antes de venir a recogerme, se fundió en un abrazo conmigo. En ese tiempo nos habíamos hecho grandes amigas y tenía claro que, aunque saliera de allí, seguiría contando con su amistad, y ella con la mía.

—No sabes lo que me alegro de que te puedas marchar de aquí, y libre de cargos, que es lo mejor.

—Yo también, aunque pensé que no lo lograría, que me condenarían por algo que no había hecho.

—El tiempo pone a todo el mundo en su sitio, Adriana.

—Pues a mí que me ponga en una hamaca en la playa, con mi niño en su cochecito.

Cuando dije eso, Lola empezó a reír a carcajadas, porque ella decía que pedía lo mismo que yo.

Me despedí de mi compañera de celda, Ana, que estaba allí por una estafa que había cometido su marido, pero en la que solo constaba ella. Por suerte, tan solo le habían echado dos años y medio de cárcel, y ese era el motivo por el que continuaba junto a su bebé.

También lo hice de la doctora y de la enfermera, que me dijeron que me cuidara mucho.

No cogí nada de la celda, todo se lo dejé a mi compañera, incluido el dinero que tenía ahorrado de mi trabajo en la biblioteca. A mí no me iba a hacer falta, mientras que a ella, con un bebé, todo sería poco.

—No puedes hacer esto, Adriana. De verdad, encontraré la manera de salir adelante con Nico.

—Y no lo dudo, Ana, pero así me quedo un poquito más tranquila. Por si el niño necesita pañales o cremas.

—Pero… es tu sueldo de estos cinco meses, y es mucho dinero.

—Claro, es que yo no he gastado nada aquí dentro. Y te repito que a ti te hace más falta que a mí.

—¿Lo dices de verdad? ¿Qué vas a hacer cuando salgas de aquí?

—Pues, lo primero, darme un baño en mi pedazo de piscina, nadar hasta que se me arruguen los dedos. Después, quizás me vaya a la casa del pueblo, no lo sé.

—Entonces, tienes las espaldas cubiertas, muchacha.

—Claro que sí, y quiero decirte una cosa. Cuando salgas de aquí, si no quieres volver a tu casa, donde seguro que estará tu marido, me llamas, que mi casa es muy grande.

—Gracias, Adriana, por creerme, por no pensar que soy culpable, como todos en mi familia.

—Ay, amiga, si yo te contara… Cuídate mucho, Ana, y ya sabes dónde estoy.

Salí de allí con una alegría desbordante y, al llegar a la puerta, me encontré con mi abogado, que me recibió con los brazos abiertos.

—Venga, vamos, que lo primero que vamos a hacer es tomarnos una cerveza, mientras te explico todo lo que ha pasado.

—Y un plato de pescadito frito, por favor, que me muero por comerme un cazón en adobo.

Gonzalo soltó una carcajada, porque mi cara era como la de esos emoticonos del WhatsApp en los que se ve al muñeco con la baba caída.

—¿Dónde quieres ir a comer?

—Al centro comercial, que necesito ropa de premamá. Estoy como loca por quitarme el puñetero chándal.

—Perfecto, tengo mi coche ahí.

Nos dirigimos hasta el coche para poner rumbo al centro comercial. Os prometo que iba mirándolo todo como la que acababa de venir de Alemania, pero es que, en cinco meses, todo había cambiado mucho.

Durante el trayecto, Gonzalo me contó que Amanda se había confiado demasiado y que, junto a uno de sus amantes, al que había conseguido enchufar en la empresa, había hecho una transferencia que llamó la atención de Andrés.

Lo peor vino cuando me dijo de quién se trataba ese amante, y entonces empezó a cuadrarme todo.

Sí, es quien estáis pensando, el cabronazo de mi ex, ese que había querido quitarme mi casa y debió de coger en algún momento mis claves, esas que llevaba anotadas en mi agenda.

Llegamos al centro comercial y, nada más entrar, vi a Enriqueta esperándonos junto a una de las cafeterías de la entrada. Me quedé parada unos segundos, porque no esperaba verla allí, no tan pronto y no en ese momento.

—Claro que sé que has salido de la cárcel, hija —me dijo, antes incluso de que pudiera preguntarle nada—. Gonzalo me ha enviado un mensaje diciendo que veníais para acá, y no pensaba quedarme en casa esperando noticias.

Se acercó a mí y me abrazó con tanto cuidado que me volvió a romper un poquito por dentro.

—Lo primero, por favor, comer algo, que desde esta mañana no pruebo bocado y me muero de hambre. Luego, si queréis, me contáis todo lo que haya que contarme, pero necesito sentarme y recordar lo que es estar fuera.

—Eso está hecho —dijo Gonzalo—. Y después hablamos de la demanda con calma.

Nos sentamos en una terraza interior, de esas que dan al pasillo principal del centro comercial, y pedí lo primero que se me antojó: pescadito frito, una cerveza sin alcohol y pan, mucho pan, porque llevaba meses soñando con comer algo que no supiera a bandeja de comedor.

Mientras comía, Gonzalo me terminó de explicar cómo habían conseguido seguir el rastro del dinero y cómo Amanda y Santi habían acabado dándose el golpe ellos solitos, por confiarse demasiado.

—Te tengo que preguntar algo, Adriana —dijo Gonzalo, cuando terminé de comer y ya podía pensar con un poco más de claridad.

—Dime, pero que no sea muy difícil, por favor.

—¿Quieres denunciar a la empresa por acusación falsa?

—Sí, quiero que sufran en sus carnes lo mismo que he sufrido yo. Los quiero sentados en un banquillo y que me paguen hasta el último céntimo de lo que me corresponda.

—¿Estás segura?

—Completamente. No lo hago por el dinero, lo hago por la desconfianza, por ni siquiera haberme preguntado, dando por hecho que había sido yo la que había perpetrado el robo.

—Y te entiendo, pero tienes que ver también que se trata de la familia de tu hijo…

—Mi hijo no tiene más familia que la que ha estado a mi lado en estos meses. Los demás sobran.

Enriqueta no dijo nada al principio. Se limitó a cogerme la mano por encima de la mesa y apretarla con suavidad.

—No voy a pedirte que perdones nada, hija. Lo que han hecho contigo no tiene nombre. Solo quiero que sepas que, pase lo que pase, yo no pienso apartarme de ti ni de mi nieto.

—Gracias, Enriqueta.

—Las cositas para el bebé, para mi nieto, quiero que me permitas comprarlas a mí.

—Está bien, pero no todo, que a mí también me hace ilusión.

—Por supuesto, nos repartimos las compras.

—Bueno —dijo Gonzalo, levantándose—, como ya está todo hablado contigo y te dejo bien acompañada, yo me marcho al despacho, que tengo mucho que hacer.

—Gracias, Gonzalo. Sin ti no estaría ahora aquí.

—Por cierto, mañana tendrás que dar una rueda de prensa para explicar lo sucedido. He dicho que será en el jardín de tu casa, a las doce de la mañana, para que salga en todos los noticieros.

—Me parece una idea fantástica, hijo. Ya es hora de que se restaure el nombre y el honor de esta mujer —le dijo Enriqueta.

—Estamos en contacto, Adriana.

—Gracias de nuevo, Gonzalo.

Se despidió de mí con un beso en la mejilla y un abrazo que me reconfortó lo más grande. Solo las personas que se han visto privadas de algo tan sencillo como el contacto humano saben a lo que me refiero.

La tarde transcurrió entre compras, risas y momentos cómplices con Enriqueta.

Primero entramos en una tienda de ropa de premamá, donde casi me dio un ataque al verme de nuevo con prendas normales entre las manos.

Después, pasamos por varias tiendas de bebé y, aunque intenté controlarla, Enriqueta empezó a comprar como si mi hijo fuera a necesitar tres armarios antes de nacer.

Era como si nos conociéramos de toda la vida, cuando, en realidad, solo nos habíamos visto un par de veces antes de que yo entrara en la cárcel.

Cuando por fin nos sentamos a tomar algo, con las bolsas repartidas entre las dos sillas que teníamos libres, Enriqueta se quedó unos segundos mirando su taza antes de hablar.

—Mi hijo Kike se ha separado. Su mujer se ha enterado de que estaba liado con esa mujer, la culpable de todo lo que ha pasado, y no lo ha soportado.

— Ha hecho bien. Quien te engaña una vez lo hace dos y lo hace tres. O eso decía mi abuela.

—La entiendo, de verdad que sí, pero lo que me duele es que haya sido su propio hermano el que se lo haya contado, y no por el motivo que estás pensando.

—¿No es porque no le haya guardado el secreto a su hermano?

—No, ha sido porque mi hijo mayor no ha tenido los santos cojones de ponerse delante de su mujer y decirle que la ha engañado.

—Tienes razón, no ha obrado bien.