El amor y la madre que lo parió Capítulo 24
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Capítulo 24

Andrés

Habían pasado ya tres meses desde que todo empezó y Adriana entró en prisión.

Había intentado ponerme en contacto tanto con el abogado que la estaba defendiendo como con el investigador privado, pero en ninguno de los casos lo conseguí.

—¿Qué te ocurre, Andrés? Cada día que pasa estás más consumido, tienes que pasar página, o terminarás enfermo.

—Es muy fácil decirlo, pero muy complicado hacerlo.

—Vuelve a Londres si es lo que necesitas.

—No, lo que necesito es estar aquí, hasta el final. Cuando haya una sentencia, entonces veré lo que hago.

—Está bien. ¿Qué te dice mamá de todo esto?

—Pues lo mismo que decía al principio, que nos estamos equivocando con ella y que el resultado nos dará en las narices.

—Ya sabes que mamá es muy crédula y que tendría que verla con el dinero en la mano para creerse que es ella. Acuérdate de lo que pasó con Minerva…

Minerva era una señora que mi madre tenía ayudando en casa, con la que ella había llegado a tener una gran confianza. Un día, mientras estaba en su habitación, mi madre notó que le faltaban unos pendientes de oro blanco que le había regalado mi hermano por Navidad el año anterior.

Los buscó por toda la habitación, incluso bajó a preguntarle a mi padre si él los había cogido para algo, ya que el día anterior habían hablado de mandarlos a limpiar.

Cuando mi hermano sugirió que podría haberlos cogido la señora de la limpieza, mi madre puso el grito en el cielo, hasta que le pidió que vaciara su bolso.

El momento en el que cayeron los pendientes, dentro de su cajita, fue clave para que mi madre se diera cuenta de lo que había pasado.

Minerva le juró y le perjuró a mi madre que ella le había dicho que los cogiera y los llevara a limpiar, pero no coló, pues mi madre no recordaba haberlo hecho.

Por supuesto, ese mismo día, mi padre la puso de patitas en la calle y, aunque mi madre se llevó un gran disgusto, no tuvo más remedio que claudicar y callar ante la decisión que él había tomado.

Con Adriana le estaba sucediendo lo mismo, y no se bajaba del burro de que ella no había tenido nada que ver.

No sabía si desear que tuviera razón o que no, porque, si la tenía, me querría morir, pero si no, el futuro que le esperaba a Adriana era demasiado desalentador.

Mi hermano había ascendido a una de las secretarias como su asistente personal, y había blindado las operaciones. A partir de ese momento, no se podían pagar las facturas si él no tecleaba su clave, una que se cambiaba todas las semanas para prevenir.

Camila también había sido despedida. No se podía probar que ella hubiera tenido algún tipo de relación con lo que había sucedido, pero mi hermano siempre decía que era mejor prevenir que curar.

Ni que decir tiene que ella había denunciado a la empresa por despido improcedente y que mi amigo había dejado de hablarme.

Lo último que sabía de ellos era que, tras el despido, mi amigo había hablado con su jefe y le había encontrado un trabajo en su mismo departamento, como su secretaria personal.

—Mañana tenemos el juicio de Camila, no lo olvides.

—No, eso mismo estaba recordando ahora. Allí estaré, sin dudarlo.

—El abogado me ha dicho que intentará llegar a un acuerdo con ella, pero que lo ve poco probable.

—Normal, ella no ha hecho nada para que la despidieras. Sin embargo, la que sí lo hizo sigue en su puesto de trabajo.

—No puedo despedir a Amanda, Andrés, hace muy bien su trabajo.

—¿De qué trabajo estamos hablando? Porque he visto que, últimamente, se acerca mucho a ti y a tu despacho.

—¿Otro ataque de celos, hermanito?

Mi hermano me dijo eso haciendo referencia a la vez que fui a preguntarle si se había acostado con Adriana, pero esto no tenía nada que ver.

—Para nada, lo que haga esa mujer me trae sin cuidado. Lo que no me gustaría es que sufrieran tu mujer y tus hijos.

—Lo que yo haga con mi vida no es asunto tuyo.

—Que, traducido, resulta que te estás acostando con ella…

—Te lo repito, Andrés, con quién me acueste o no, tan solo me incumbe a mí.

—Ten cuidado, hermanito, porque esta mujer no es de tan buen comer.

—¡Qué sabrás tú cómo come o deja de comer!

Mi hermano soltó una carcajada, por algo que tan solo le hacía gracia a él, porque a mí no me hacía ninguna.

Si se pensaba que me iba a quedar callado, lo llevaba claro, porque no pensaba hacerlo, por mucho que me insistiera, y mucho menos estando liado con esa víbora.

—Si esto afecta a mis sobrinos y a mi cuñada, a la que quiero como una hermana, por supuesto que me incumbe. Te voy a dar dos días, o dejas a Amanda o se lo cuentas a tu mujer…

—No pienso hacer ni una cosa ni la otra. Si estuvieras con ella un solo día en la cama, entenderías de lo que hablo.

—No tocaría a esa mujer ni con un palo.

—Pues tú te lo pierdes, chico.

—El que lo vas a perder todo vas a ser tú, y por un polvo que no vale ni la mitad de lo que tienes en casa. De verdad que hay cosas que no entiendo.

—Sigue en tu inopia, Andrés, que al final despertarás.

No sabía a qué se refería mi hermano con eso, pero no me gustó nada el tono en el que lo dijo.

Entré de nuevo en mi despacho y cogí el portátil para puntear todas las operaciones de la semana, como hacíamos cada lunes.

Algo llamó mi atención, no sabría cómo describirlo.

Fue un asiento, una cantidad que no me cuadraba con nada de lo que se pudiera haber comprado para la empresa, pues era muy elevada, y volví al despacho de mi hermano, donde se encontraba ella, acompañada del sustituto de Camila en el departamento de contabilidad.

—¿Has cambiado de opinión, hermanito?

—No, pero tengo que consultarte algo, porque aquí hay un pago que no me cuadra.

—Si está ahí, es porque lo he firmado yo, y es correcto.

—Muy bien, pero yo también soy el dueño de todo esto y quiero que me des una explicación sobre ese movimiento.

—Uf, cuando te pones así me das mucha pereza, Andrés. Más vale que te busques a alguien y desfogues con ella hasta olvidarte de tu nombre.

—¿Cuándo te has vuelto tan descuidado con el trabajo, Kike?

—Está bien, ahora mismo te cuento todo lo que quieras. Amanda, Santi, os veo luego en el apartamento.

—No olvides comprar lo que te he dicho, que lo vamos a pasar muy bien los tres.

Esperé a que salieran de allí para hablar con mi hermano. Amanda pasó por mi lado comiéndome con la mirada, pero la ignoré.

Era una mujer que me daba asco, me resultaba completamente repugnante, de verdad.

—¿Ahora también te van los tríos?

—Ahora es cuando estoy disfrutando del sexo en la más amplia expresión de la palabra. Pero seguro que no es eso lo que te ha traído hasta aquí, ¿verdad?

—No, quiero que me expliques por qué hay un asiento en la contabilidad de ciento diez mil euros, a una cuenta que no es de ninguno de los proveedores.

—¿Perdona? Eso no puede ser cierto, pensé que te referías a una compra de cinco mil euros que yo autoricé con la tarjeta de la empresa.

—Pues aquí está, el día catorce a las cinco y cuarto de la tarde.

Mi hermano se puso completamente blanco, el color abandonó por completo su cara y tuvo que tomar asiento.

—Veo que no has autorizado esa compra. Ah, y quiero los cinco mil euros en la cuenta de la empresa antes de que termine el día. Si quieres regalarle caprichitos a tu amante, págalos de tu bolsillo.

—Andrés… espera, por favor…

No le hice caso, lo dejé allí, pensando en lo que había hecho. Tenía claro que esa misma tarde iría a casa de mis padres, tenía que hablar con ellos y conseguir que apartaran a mi hermano de su puesto, o terminaríamos en la ruina.

No era por los cinco mil euros, ni siquiera por los ciento diez mil. Lo hacía porque no me parecía justo que le hiciera eso a mi cuñada.

Si ese dinero lo hubiera necesitado para él, porque tuviera algún problema, sin lugar a duda le habría dicho que lo cogiera de la cuenta de la empresa, pero no era el caso.

El futuro de mis sobrinos estaba en juego, y con eso no iba a jugar, porque no me salía a mí de los cojones.

No volví a cruzarme con ninguno de ellos en toda la tarde y, en el momento en el que llegó mi hora de salida, no le dije ni adiós. Bajé al aparcamiento y me subí a mi coche, camino de la casa de mis padres.