Capítulo 23
Adriana
Cuando escuché al juez decir que decretaba para mí prisión provisional sin fianza, os juro que me quise morir.
—¿Qué he hecho tan malo para que no me merezca estar en libertad hasta el juicio? —le pregunté al juez de guardia, porque no terminaba de creérmelo, de verdad.
—Señorita, no tendría ni que contestarle, pero lo voy a hacer, por mi tranquilidad. Teniendo en cuenta que hay un billete a su nombre hacia Argentina… ¿Qué haría usted si estuviera en mi lugar?
—¿De qué billete habla? Porque yo no he comprado nada. Pueden acceder a mi correo electrónico si lo desean, a mis cuentas bancarias, a todo lo que haga falta…
—Eso hemos hecho y, aunque usted haya borrado ese correo, el personal informático ha conseguido recuperarlo.
—¿Borrarlo? Dios, todo esto me parece surrealista, de verdad.
—No tengo nada más que decir. Este caso queda a la espera de la celebración del juicio. Buenas tardes.
La policía, en cuanto el juez dijo eso, vino a buscarme y a ponerme las esposas. Me levantaron del banquillo en el que estaba sentada y, tras hablar con mi abogado, se dispusieron a llevarme a la cárcel en la que permanecería.
No voy a decir que no lloré, porque sí que lo hice, como nunca lo había hecho. Y a mi mente tan solo venía una cosa: maldita la hora en la que me quedé callada cuando Andrés se fue.
—Adriana, no te preocupes, que te sacaré de allí.
—No puedo pagarte, Gonzalo. Es más, no sé por qué me estás llevando tú el caso, cuando yo no he pedido ni abogado.
—Bueno, eso no te lo puedo contar, pero sí quiero que sepas que, aunque no gane nada de dinero, no pienso soltar este caso.
—Gracias, Gonzalo, de verdad.
Me metieron en el coche, pero, en cuanto levanté la cabeza y lo vi allí parado, mirándome con esa mezcla de dolor y rabia, me vine abajo de nuevo.
Esa era una de las cosas que más me dolían, que no hubiera confiado en mí, que no me hubiera dicho: «Mira, Adriana, pasa esto, pero quiero que sepas que creo en ti. Dame tu versión de los hechos». De ese modo, al menos, habría podido defenderme.
Pero Andrés hizo todo lo contrario, me ignoró por completo y me dejó sola, sin más compañía que mis lágrimas y sin más voz que la que podía alzar para declararme inocente.
Entré en la cárcel a las siete de la tarde, en un módulo donde todas las chicas tenían delitos económicos, y eso me hizo estar un poco más tranquila.
Como podéis suponer, no tenía experiencia ni había estado nunca en un lugar como ese, ni siquiera de visita, y la inquietud que sentía era la más normal del mundo.
—Buenas tardes, Adriana. Ven, que te enseñaré cuál es tu celda y los horarios que tenemos aquí —me dijo una de las funcionarias.
—Buenas tardes…
—No tengas miedo, de verdad. Samantha es una chica estupenda, que también está a la espera de juicio, como tú.
—Es inevitable que lo tenga, es mi primera vez en un sitio como este.
—Lo sé, cariño, pero, en este módulo, no debes tener miedo. Quizás, en el patio, sí deberías sentir algo de respeto y pasar desapercibida. Eso sí, no muestres miedo nunca, o serás un blanco fácil.
—Gracias por los consejos.
Escuchar cómo las diferentes rejas se iban cerrando a mi paso era como escuchar el sonido de unas tijeras cortándome las alas.
Tenía un nudo en el pecho y los ojos plagados de lágrimas y luchaba para que no se me escaparan.
—Samantha, ella es Adriana y está en las mismas circunstancias que tú. Dale tu apoyo, por favor —le dijo la funcionaria de prisiones.
—No lo dudes, Lola. Adriana, siéntete como en tu casa, ahora te explico todo.
—Gracias a las dos.
Entré en mi celda, mientras escuchaba cómo se iban cerrando las demás rejas hasta llegar hasta allí.
Fijé mi vista en el cubículo en el que tendría que pasar mis días a partir de ahora, y no pude evitar romper a llorar de nuevo.
—Es lógico y normal, desahógate antes de bajar a cenar, porque allí no puedes mostrar ni un ápice de debilidad.
—Eso me ha dicho Lola.
—Te lo aseguro, porque yo lo he vivido en mis propias carnes, hasta que di un golpe encima de la mesa y empezaron a respetarme.
—¿Tan difícil es la estancia aquí?
—No, siempre y cuando no entres en provocaciones, vayas a lo tuyo y no te muestres débil. Ponte la mejor máscara que tengas guardada, la de hija de puta o la de guerrera, me da igual.
—Vamos, cualquiera menos la de pobrecita desvalida, ¿no?
—Exactamente eso, y yo te voy a ayudar a conseguirlo.
Sami, como me pidió que la llamara, me dijo que se cenaba a las ocho y media y que luego, o bien podías estar en la sala de televisión hasta las diez y media, o podías volver a la celda a leer.
Tenía claro que optaría por la segunda opción, ya que, salvo contadas ocasiones, la televisión no me gustaba.
Por la mañana nos levantaban a las ocho, pasábamos por la ducha y el desayuno. Luego, cada una se iba a su trabajo, pues pocas eran las que no tenían uno asignado, hasta las dos, que era la hora de la comida.
—Por la tarde salimos al patio, y eso sí que es obligatorio. Algunas hacen deporte, otras aprovechan para leer o charlar, o incluso para pasear alrededor de la zona central.
—Yo no tengo trabajo asignado y no quiero estar aquí mano sobre mano.
—¿Qué sabes hacer?
—Soy licenciada en Económicas y Empresariales, pero también me gusta mucho la cocina.
—Bueno, eso te lo preguntarán ahora, cuando te avisen para el reconocimiento médico.
Efectivamente, en cuanto guardé mis camisetas y mis chándales, porque no me habían dejado opción a otra cosa, Lola, la funcionaria, vino a buscarme.
—Vamos, Adriana, que te esperan en enfermería.
—Ahora mismo, Lola, dame un minuto, que me ponga las zapatillas de deporte.
Ni siquiera eso era mío. No podíamos tener nada con cordones, para evitar suicidios y enfrentamientos, así que las zapatillas que llevaba eran de velcro.
Me levanté y acompañé a la funcionaria hasta la enfermería, donde me estaban esperando una chica que tenía más o menos mi edad y una doctora.
—Buenas tardes, Adriana. Seremos rápidas, te lo prometo —me dijo la doctora.
—No tengo prisas, doctora, hoy no he quedado para salir —le dije, haciendo uso de un poquito de ironía.
—Eso es bueno, que no pierdas el buen humor, porque, de lo contrario, igualmente tendrás que estar aquí, pero amargada —me dijo la enfermera.
Me senté enfrente del escritorio de la doctora, que empezó a hacerme una serie de preguntas y, cuando llegó a una en concreto, os prometo que no sabía dónde meterme.
—¿Alguna posibilidad de que estés embarazada, Adriana?
—Pues monja no he sido, la verdad, pero no sé…
—¿Cuándo tenía que venirte la próxima regla?
—Pues tendría que haberme venido hace unos días, más o menos.
—Bien, entonces vamos a hacer una prueba de embarazo para salir de dudas.
Todo lo demás salió bien y, mientras esperábamos un poco, bajamos directamente al comedor. Al final, no me habían asignado trabajo, pero Lola me dijo que podía ir con Samantha a la biblioteca, por si me gustaba ese puesto.
En cuanto entré en el comedor y olí algo, no os puedo decir qué fue, mi estómago se revolvió y tuve que salir corriendo a un pequeño aseo que había visto al pasar, donde vomité lo más grande.
—Creo que no vamos a esperar más. Espera un momento, que aviso a enfermería, a ver si la doctora no se ha marchado todavía.
Minutos después, allí estaba de nuevo, con una prueba de embarazo en la mano y yo intentando hacer pis sobre ella. Lo que me faltaba ya, estar embarazada y tener a mi hijo allí dentro.
Intentaba pensar en positivo, pero no podía. Era como si todo lo que yo deseaba que ocurriera, el destino se empeñara en hacerlo justo al contrario, y en esta ocasión no iba a ser menos.
—Bueno, señorita, pues está usted embarazada. Por las fechas que me has dado, estaríamos hablando de muy poquito tiempo, unas tres semanas aproximadamente.
—Me cago en todo…
—No te agobies. Vive el embarazo como si no estuvieras aquí, de verdad que no te va a faltar de nada.
—Sí que me va a faltar. Me faltará mi casa y mi libertad, que no es poco.
El cabrón del inglesito de pega había dado en la diana en la primera noche, a juzgar por el tiempo del que estaba embarazada.
Lo tenía claro: si salía condenada, no pensaba dejar que mi bebé creciera entre esas paredes. Tendría que hablar con Camila o, en su defecto, darlo en adopción, y eso me partía el alma.