Capítulo 22
Andrés
Estábamos en la empresa cuando nos comunicaron que ya habían detenido a Adriana. Os prometo que me entró una presión en el pecho que no me dejaba ni respirar con normalidad.
—Vamos, tenemos que corroborar la denuncia —dijo mi hermano.
—Yo no pienso ir, no estoy de acuerdo con esto, ya lo sabes.
—No puedes darnos la espalda o toda la prensa empezará a especular que tú has tenido algo que ver. Por suerte, nadie sabe que has tenido algo con esa mujer.
—Me importa un carajo lo que la prensa y la gente digan.
—Andrés, si no te vas a poner de nuestro lado, será mejor que te marches a Londres.
—Me iré, no lo dudes, pero no en este momento, no hasta que todo se haya resuelto.
En contra de mi voluntad, acompañé a mi hermano hasta la comisaría, justo en el momento en el que la trasladaban al juzgado.
Ver su cara de desolación, esos ojos tristes y rojos de haber llorado, hizo que me convenciera todavía más de su inocencia.
Al llegar, ya estaba allí la prensa, como carroñeros, esperando a que diéramos alguna declaración.
Yo no pensaba hacerla, lo tenía clarísimo, porque, si hablaba, si decía lo que pensaba, dejaría a mi hermano y a mi familia en evidencia, así que tenía que callar de manera obligatoria.
Mi hermano sí que la hizo, aunque no respondió a ninguna de las preguntas que le lanzaron, ni antes ni después de hacer la declaración.
—Os voy a decir lo que pasa, pero no quiero ni más preguntas ni que nos estéis atosigando, viniendo detrás de nosotros, porque no pensamos decir ni una sola palabra más hasta que la justicia se pronuncie.
Les contó cómo, de manera casual, había descubierto que faltaba dinero, así como que todo apuntaba a que su asistente personal había sido la responsable de ese desvío de capitales en su propio beneficio.
Después de eso, entramos en la comisaría, donde nos estaba esperando el agente encargado de la investigación.
—Pasad a mi despacho, por favor, que tenemos novedades que contarles.
—¿Han descubierto algo más? —preguntó mi hermano.
—Ahora les cuento todo, en cuanto estemos lejos de la prensa, que podría hacer un mal uso de la información y entorpecer la investigación.
Lo seguimos pasillo adentro hasta su despacho, en el que también estaba el policía que se había encargado de la detención de Adriana, según nos explicaron después.
—La detenida, en cuanto aparecimos en su casa, ya estaba despierta y arreglada, como si fuera a alguna parte —nos dijo el agente que la detuvo.
—¿Y? ¿Qué relevancia puede tener eso? Digo que lo mismo iba para la empresa, porque ella no era consciente de lo que habíamos descubierto —le contesté yo.
—Sí que tiene relevancia porque, desde el equipo de investigación, descubrimos que tenía un billete de avión desde Madrid hasta Argentina.
—¿Qué iba a hacer Adriana en Argentina? —pregunté, inocentemente.
—Huir, hermano. Largarse con nuestro dinero a un lugar en el que la justicia no pudiera hacerle nada.
Eso me cayó como un jarro de agua fría, puesto que no me lo esperaba. Empezaba a pensar que mi hermano tenía razón, que todo esto lo había orquestado ella, aunque no lo hubiera hecho sola.
—Veo que empiezas a cambiar de opinión, hermano. Y me alegro de que abras los ojos, de verdad que sí.
—Por mucho que me duela, sí. Aunque tengo claro que no lo ha hecho sola. Esperemos que, viéndose acorralada, revele quiénes han sido sus cómplices.
—Eso mismo esperamos nosotros también —nos dijo otro de los agentes.
Nos comentaron que había sido trasladada hasta el juzgado de guardia, donde se tomarían las decisiones necesarias para velar por la investigación.
Había dos opciones. La primera, que la dejaran en libertad con cargos, con la obligatoriedad de ir a firmar todas las semanas para tenerla localizada.
La otra opción, y más probable, era que la enviaran a prisión provisional sin fianza. Era la decisión que, casi con seguridad, tomaría el juez, ya que había riesgo de fuga, sobre todo después de encontrar el billete hacia Argentina.
Salimos del despacho, y la prensa seguía allí, en la puerta y esperando a que diéramos cualquier tipo de declaración, pero, en esta ocasión, ni mi hermano ni yo abrimos la boca.
Nos subimos a su coche, que era en el que habíamos venido, y pusimos rumbo hacia el juzgado de guardia, pues queríamos saber de primera mano la decisión que tomaba el juez.
Más de una hora estuvimos esperando, que fue el tiempo que tardó Adriana en declarar, o quizás un poco más, pues ella había llegado antes que nosotros.
Me fijé en su abogado, ese que yo mismo había contratado y que pensaba despedir, porque no iba a gastar ni un céntimo más en una mujer que me había engañado de esa manera.
Me aparté de mi hermano, que no sabía nada sobre mi contrato con el abogado, y lo frené nada más salir de la sala en la que había estado declarando delante del juez.
—¿Podemos hablar un momento, Gonzalo?
—Claro, Andrés. ¿En qué puedo ayudarte?
—Me gustaría rescindir el contrato que tenemos, esa mujer no es quien yo pensaba que era.
—Por supuesto que no lo es, es mucho mejor. Y no te preocupes por el contrato, queda rescindido, pero seguiré a cargo de su defensa.
—¿Tan claro lo tienes? Porque, déjame decirte que a mí me pasaba lo mismo, hasta que he descubierto lo del pasaje a Argentina…
—Claro no, clarísimo. No es cuestión de dinero, es cuestión de que, en cuanto logre demostrar su inocencia, la fama que cogerá mi bufete será descomunal.
—Tienes mucha confianza, Gonzalo, y lamento decirte que te darás el batacazo. Entre otras cosas, porque pienso rescindir también el contrato con el investigador privado.
—No te preocupes, que ya he hablado yo con él y está de acuerdo conmigo. Seguiremos adelante, nos pagues o no, sobre todo después de todo lo que ha ido descubriendo.
—¿Qué es lo que ha descubierto?
—Como comprenderás, y después de no contar con mis servicios, no te pienso contar nada. Ya lo comprobarás por ti mismo en el juicio, porque ni mi representada ni yo queremos llegar a un acuerdo con la fiscalía.
Después de decirme eso, me dio una palmada en el hombro, como diciéndome que me iba a arrepentir de aquello, pero, en el fondo, yo sabía que no sería así.
Mi hermano estaba hablando con el fiscal, al fondo del pasillo, y no dudé en acercarme. Dependiendo de la decisión que hubiera tomado el juez, mi opinión se inclinaría hacia un lado o hacia el otro.
—Buenas tardes, señor fiscal, soy Andrés Serrano, el otro propietario de la empresa.
—Buenas tardes, señor Serrano, le comentaba a su hermano la decisión que ha tomado el juez.
—¿Y cuál ha sido?
—Enviar a la señorita Ríos a prisión provisional sin fianza, hasta la celebración del juicio.
—¿Cuándo será eso?
—Pues, si todo marcha como debe ir y no quieren llegar a un acuerdo antes, en unos cinco o seis meses, aproximadamente.
Dios mío, habían privado a Adriana seis meses de su libertad y, si el juez había hecho eso, era porque veía indicios suficientes y riesgo de fuga.
Me tuve que sentar porque me ponía en su pellejo y me moría de angustia. Pero claro, yo no había robado nada a nadie, yo no era culpable, como ella, así que se lo tenía merecido.
Volvimos a casa en completo silencio. Lo que pensaba hacer antes de volver a Londres, después de todo lo que había descubierto en el día de hoy, ya no pensaba hacerlo.
Mi familia me necesitaba, mi hermano tenía que saber que contaba conmigo para todo, que lo apoyaba en lo que había hecho, y por eso me quedaría a su lado.
Entré en mi ático y, sin saber el motivo, llamé a Lucas, pues tenía que advertirlo sobre Camila.
Por mucho que yo había dicho que no me lo creía, todo apuntaba a que ella era una de sus cómplices.
Mi hermano había decidido despedirla, le enviarían ese mismo día la carta de despido, argumentando todo lo que había pasado y su estrecha relación con Adriana.
—Amigo, ¿no tienes trabajo que hacer?
—Lucas, ¿estás solo?
—Sí, bueno, con Camila, pero está en otra habitación. ¿Qué te ocurre?
—Aléjate de ella lo antes posible, Lucas. Nos han engañado…
Le conté a mi amigo lo que había sucedido en la empresa y, aunque al principio estaba de mi lado, en cuanto le dije que habían detenido a Adriana y que sospechábamos de Camila, me colgó la llamada, no sin antes decirme unas cuantas palabras.
No había tenido suficiente con quitarme mi dinero, con destrozarme el corazón, que ahora también se atrevía a quitarme a mis amigos.
El tiempo pondría a todo el mundo en su sitio; ya no iba a discutir nunca más con nadie.