El amor y la madre que lo parió Capítulo 21
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Capítulo 21

Adriana

Me quedé allí, con toda la cara partida, como se suele decir, pero no me iba a quedar de brazos cruzados.

Necesitaba una explicación, y me la tendrían que dar. Tomé la determinación de que, al día siguiente, aunque no me dejaran pasar al interior de la empresa, me iba a presentar allí.

Me iría temprano, para que, cuando llegaran, ya estuviera yo esperando, y no me pensaba marchar hasta que no me dijeran lo que había sucedido y el motivo por el que me estaban tratando así.

Andrés me había vuelto a hacer lo mismo, y decidí que se había terminado, de manera definitiva, además.

Ya me daba igual la milonga que me contara, las excusas que me pusiera y todo lo que saliera por su boca, puesto que no me lo creía ni me lo creería nunca más.

Llegó la comida y, a pesar de que se me había cerrado el estómago, me obligué a comer algo y guardé lo que sobró para la noche, así no tendría que preparar la cena ni enfrentarme otra vez a la cocina.

Apenas pegué ojo en toda la noche, pues algo me decía que no me iba a gustar lo que iba a descubrir al día siguiente.

Antes de que saliera el sol, ya estaba lista para irme a la puerta de la empresa, pero no me dio tiempo.

Todavía no habían dado ni las siete de la mañana cuando llamaron a mi puerta y, al abrir, me encontré con una pareja de policías.

—¿Es usted la señorita Adriana Ríos? —me preguntó uno de ellos.

—Sí, soy yo. ¿En qué puedo ayudarles?

—Necesitamos que nos acompañe. Le aconsejo que venga por su propia voluntad, o tendremos que ponerle las esposas.

—¿Perdone? ¿Por qué me van a tener que poner las esposas?

—Porque está usted detenida. Tiene derecho a guardar silencio. Todo lo que diga podrá ser utilizado en su contra. Tiene derecho a un abogado y, si no dispone de los medios suficientes, se le proporcionará uno de oficio…

A partir de ahí dejé de escuchar. Todo se me volvió negro y perdí el conocimiento. Cuando me desperté, estaba en el interior de un coche de policía, sentada y esperando a que me atendieran los sanitarios.

¿Por qué motivo estaba detenida? ¿Qué se habían inventado? Tenía claro que era algo relacionado con la empresa, pero no sabía el motivo exacto.

—¿Me pueden explicar el motivo por el que estoy detenida, por favor?

—Eso lo sabrá en cuanto lleguemos a comisaría. Ahora, deje que el equipo sanitario la revise, por favor.

Los sanitarios me tomaron la tensión, así como la temperatura y varios parámetros más. Todo estaba dentro de la normalidad, aunque yo seguía con el pecho encogido y la sensación de que el suelo podía volver a abrirse bajo mis pies en cualquier momento.

—Ha sido una bajada de tensión provocada por la impresión —dijo uno de los sanitarios—. Está estable, pero conviene que beba agua y se mantenga tranquila.

—Tranquila… —repetí, con una risa nerviosa que ni siquiera reconocí como mía—. Me acaban de decir que estoy detenida y todavía no sé ni de qué se me acusa.

—Eso lo sabrá en comisaría —contestó el policía que no había hablado hasta entonces—. Aunque, entre nosotros, desmayarse justo al verse descubierta tampoco ayuda demasiado.

—¿Perdone? A mí no me han descubierto en nada, puesto que yo no he hecho nada que indique que soy culpable de lo que me acusan.

—Sí, esa historia ya nos la sabemos. Luego todos quieren llegar a un acuerdo con la fiscalía para que les caigan menos años de cárcel.

—Si no, ¿adónde iba tan temprano, señorita Ríos? ¿Intentaba escapar?

—¿Qué coño está usted diciendo? Iba a mi puesto de trabajo, a que me dieran una explicación…

—Mucho me temo que esa explicación la tendrá que dar usted, y no precisamente a sus jefes, sino a nuestros compañeros.

Me hicieron meter los pies dentro del vehículo y cerraron la puerta con fuerza. Me moría de vergüenza al ver que mis vecinos habían salido a mirar qué era lo que pasaba, alertados por las sirenas.

Joder, yo no había hecho nada, y tenía una presión en el pecho que casi no me dejaba respirar. Ojalá aquello se aclarara pronto y pudiera volver a casa, aunque sabía que nada volvería a ser igual.

Lo que sí tenía claro era que, en cuanto esa pesadilla terminara, no volvería a poner un pie en esa empresa y, mucho menos, a cruzar una palabra con ninguno de ellos.

Si algo me dolía era que la denuncia hubiera venido de su parte y que el hombre del que estaba enamorada no me hubiera dicho absolutamente nada de lo que ocurría, a pesar de haberse acostado conmigo y de haber permanecido en mi casa como si entre nosotros pudiera haber algo real.

Me metieron en un calabozo y se me cayó el mundo encima. ¿Qué había hecho yo, aparte de enamorarme de quien no debía, para terminar encerrada allí?

—Adriana Ríos, venga con nosotros —dijo una policía.

—¿Dónde me lleva?

—Ha llegado su abogado. Ya puede subir a declarar antes de pasar a disposición judicial.

—¿Perdone? Todo esto debe de ser un malentendido, yo no he hecho nada ilegal, se lo aseguro.

—Chica, a mí no me tienes que convencer de nada. Eso guárdalo para cuando tengas que hablar con el juez.

Me puso unas esposas que yo veía completamente innecesarias, puesto que no iba a salir corriendo sin antes aclarar todo lo que me había llevado hasta aquel lugar.

Subimos en un ascensor y me condujo por un pasillo hasta una sala, donde me sentaron y fijaron las esposas a un gancho que tenía la mesa.

—¿De verdad es necesario todo esto?

—Uy, chica, no sería la primera vez que un detenido, con cara de no haber roto un plato, la monta en la sala de interrogatorios. Cualquier precaución es poca.

Salió de la habitación y cerró la puerta, dejándome dentro, completamente sola y desconcertada. Nadie me había explicado aún el motivo por el que estaba detenida, y eso me tenía en un sinvivir.

Pasaron unos diez minutos, o eso calculé, porque la hora exacta no podía saberla después de que me hubieran despojado de todas mis pertenencias, incluido el reloj. Entonces, la puerta volvió a abrirse y entró un hombre alto, con un maletín, acompañado de dos policías.

—Caballeros, necesito hablar con mi representada en privado, si no les importa, puesto que no hemos tenido ocasión de hacerlo antes —dijo el hombre del maletín, al que supuse abogado.

—Diez minutos, Cadenas, ni uno más.

Mi abogado esperó hasta que la policía salió. No sabía quién lo había contratado, porque de oficio no era, eso estaba claro, y además a mí nadie me había preguntado nada sobre abogados.

—Señorita Ríos, mi nombre es Gonzalo Cadenas, y voy a ser su abogado. Necesito que me cuente todo, por favor.

—¿Qué quiere que le cuente, si ni siquiera sé por qué estoy detenida?

—¿No se lo han comunicado cuando la detuvieron?

—No, simplemente se han dedicado a dar por hecho que soy culpable de lo que sea de lo que me acusan y que pensaba fugarme.

—Joder, esto lo complica todo un poquito más…

El señor Cadenas me explicó, de manera breve y sencilla, que, tras rastrear esas transferencias realizadas desde la empresa, todo había llevado hasta una sociedad en la que yo figuraba como administradora única.

—¿De qué coño me está hablando? Yo no tengo ninguna empresa y, mucho menos, he robado nada. Parece mentira que crean eso, después de dejarme casi la vida trabajando allí.

—Está bien, pero también hay otro motivo de sospecha…

—¿Qué motivo es ese?

—Había un billete de avión desde Madrid hasta Argentina a su nombre, y el horario encajaba con la hora a la que habría tenido que salir de casa para llegar al aeropuerto.

Quien había hecho eso se había tomado demasiadas molestias para que yo pareciera culpable, y me iba a ser prácticamente imposible demostrar lo contrario.

Después de escuchar esas palabras, me derrumbé y empecé a llorar como una niña pequeña, pensando que no tenía a nadie en esta vida dispuesto a dejarse la piel por demostrar que yo no era culpable, que yo no había hecho nada.

Terminamos de hablar en cuanto llegaron los policías de nuevo. No paraban de hacerme la misma pregunta de mil maneras diferentes, intentando pillar alguna contradicción, pero por mi parte siempre obtenían la misma respuesta.

—Ya le he dicho que, por mucho que me lo pregunte, no tengo ni pajolera idea de dónde está el dinero que falta, puesto que todo esto se ha llevado a cabo sin mi consentimiento.

—No es la primera vez que nos encontramos ante un caso así, señorita Ríos. Por eso, cuanto antes colabore, antes se terminará todo, porque le aseguro que va a acabar hablando.

—No puedo colaborar con una cosa que no conozco.

—En cuanto el juez le diga a lo que se puede enfrentar si sigue negándose, le aseguro que cambiará de opinión.

—Mi representada ya le ha dicho en infinidad de ocasiones que ella no tiene nada que ver. Ruego que la lleven, cuanto antes, delante del juez de guardia.

—Sí, eso haremos, no se preocupe. Estamos esperando a que nos avisen del juzgado para poder trasladarla.

Esperamos a quedarnos de nuevo a solas, y no pude evitar hacer esa pregunta que me estaba quemando en la punta de la lengua.

—¿A qué puedo enfrentarme, señor Cadenas?

—A muchos años de cárcel, Adriana. Esperemos que se pueda demostrar que no eres la culpable de nada.