Capítulo 20
Andrés
Lo que me había contado mi hermano no podía ser real. Había seguido sus indicaciones y, tal y como me había pedido, me marché de su casa sin decirle lo que estaba pasando y pidiéndole que no viniera conmigo.
Otra vez había vuelto a hacerle lo mismo, otra vez la había dejado allí y había salido huyendo después de acostarme con ella, pero sin darle una sola explicación.
Cogí mi coche y, tras hacerle un gesto con la mano, salí de su propiedad para ir a la casa de mi hermano, que estaba justo en la calle de detrás de la urbanización, en una parte con un poquito más de seguridad.
Abrí la verja y aparqué, ya que mi hermano me había dejado una llave de la puerta exterior por si algún día llegaba y no escuchaban el timbre.
Después de bajarme del coche, respiré hondo, decidido a enfrentarme a mi hermano. Tendría que darme demasiados argumentos para creer lo que me estaba contando.
De lo contrario, apostaría siempre por ella, por Adriana, y no pararía hasta demostrar la verdad.
—Buenas tardes, Andrés —me dijo mi cuñada, que fue la que me abrió la puerta.
—Buenas tardes, Amelia. ¿Dónde puedo encontrar a mi hermano?
—Está en el despacho, junto a tu padre y el abogado.
—Gracias.
Me sabía de memoria el camino hasta el despacho que mi hermano tenía en su casa. No es que viviera en una mansión, pero sí que había que bajar al sótano, ya que, cuando nació Natalia, y para que no le molestaran los llantos de la niña al trabajar, decidieron instalarlo ahí abajo.
La puerta estaba abierta, y veía a mi padre sentado, pasándose las manos por el pelo en señal de desesperación.
—¿Me puedes decir de dónde te has sacado lo que me has contado por teléfono? —pregunté, sin saludar, sin dar ni las buenas tardes, y mostrando que estaba visiblemente enfadado.
—Andrés, relájate, por favor, que tengo todo atado y más que atado —contestó mi hermano.
—En cuanto tu hermano te muestre todo, tendrás que bajar la cabeza, como he hecho yo —dijo mi padre.
Kike puso todo lo que había descubierto encima de la mesa, y me acerqué para analizar documento por documento, quedándome con la boca abierta.
—¿Te has convencido ya?
—Pues no, la verdad, cualquiera ha podido sacar sus claves…
—No me jodas, Andrés. Fíjate bien.
En esa documentación se demostraba que las transferencias se habían hecho con las claves de Adriana, así como que ese dinero había sufrido un viaje a través de un entramado de empresas ficticias, terminando en una cuenta en el extranjero.
Eso fue lo más difícil de comprobar, pues el titular era otra empresa, pero cuya administradora única era Adriana.
—¿Qué mujer, con el sueldo que tiene ella, puede tener una casa en esta urbanización?
—No está exactamente en esta urbanización, sino en otra que es mucho más barata.
—Aun así, no se podría permitir una casa en esta zona. Mucho menos, otra también en un pueblo en la sierra. Es totalmente imposible.
—Esas propiedades son herencia de su abuela, que se las dejó antes de fallecer.
—Hermano, de verdad, sé que puede resultar muy doloroso, pero no intentes justificar algo que es injustificable.
—Joder, es que no me lo puedo creer.
—Nosotros tenemos una teoría de por qué se acercó a ti…
—Por ahí sí que no voy a pasar. Porque, cuando nos conocimos, ella no sabía ni quién era.
—Eso es lo que te ha hecho creer, al igual que la amiga, que también está metida en el ajo, y que fue la primera en acercarse a Lucas.
—Ahí sí que no me lo puedo creer. Tú no has estado con ellos, rezuman amor por todos sus poros…
—Claro que sí, al igual que Adriana contigo.
Joder, no podía ser. Para una vez que me interesaba por una mujer, resulta que era una delincuente de categoría.
¿Cómo iba a volver a mirarla a la cara? ¿Cómo podría quitármela de la cabeza?
—¿Qué piensas hacer ahora, Kike?
—Pues seguir hasta el fondo de todo esto y, cuando lo tenga todo claro, denunciar a los responsables y solicitar que vayan a la cárcel.
—Te estás equivocando con ella, Kike, te lo aseguro.
—No lo hago, Andrés, y lo comprobarás con tus propios ojos, te lo prometo.
—Le he dicho que no acuda mañana a la oficina.
—Sí, no podemos arriesgarnos a que destruya pruebas una vez que se vea acorralada.
—¿Qué pruebas va a destruir? No me jodas, Kike, si ella ha sido la primera que detectó esa transferencia.
—Sí, y también fue la primera que se puso nerviosa cuando dijimos que había que buscar las claves. Y su amiga… ella dijo que mejor tener todas las claves para seguir adelante.
—Adriana no se puso nerviosa por las claves, lo hizo porque la besé en el baño y quedamos en vernos después. Y en cuanto a Camila, era lo lógico, yo también lo pensé.
—Pero con una diferencia, que tú mirabas por el bien de la empresa, mientras que ella buscaba la manera de eliminar el rastro de sus claves y las de Adriana, que son las que más se repiten, así como las de uno de los empleados de contabilidad.
—Me parece todo tan surrealista, de verdad… —dijo mi padre, sin mirar a nadie en concreto.
—Yo sigo pensando que la responsable de todo esto es Amanda. Si no, ¿cómo pudo robar Adriana las cajas, cuando estaba encerrada contigo en tu despacho? ¿Para qué nos diría Camila que guardaban copias de todo?
—Para evitar responsabilidades, Andrés. Para que no pensáramos en ellas como responsables.
—Sigo pensando que no es cierto.
—Y yo sigo pensando que lo tienen todo demasiado bien organizado.
El abogado nos explicó cómo teníamos que actuar una vez que tuviéramos todos los datos, que sería, como mucho, al día siguiente por la noche, porque mi hermano no pensaba descansar hasta tenerlo todo claro.
Mi cuñada nos avisó para comer, pues, con la hora que era, ninguno había probado bocado.
Había hecho una ensalada y un par de tortillas de patatas, de las que estaba completamente seguro de que sobraría más de la mitad.
Ni siquiera me había fijado en que mi madre también estaba allí, solo que, cuando llegué, estaba en la cocina, junto a mis sobrinos.
Ni mi madre ni mi cuñada quisieron nunca tener cocinera, aunque, en el caso de la casa de mis padres, sí que había una chica de servicio fijo, que ayudaba a mi madre en la cocina.
—¿No le vas a dar un beso a tu madre, Andrés? —me preguntó.
—Lo siento, mamá, pero es que estoy tan confundido que ni siquiera me había dado cuenta de tu presencia.
—Si te sirve de algo, yo tampoco creo que eso que dice tu hermano sea cierto. Tiene que haber algo oculto por ahí, algo que demuestre que hay una mano negra detrás de todo esto.
—No me sirve de nada, mamá. Las pruebas que tiene mi hermano son tan evidentes…
—Esa mujer está enamorada de ti, por mucho que los demás digan que no es cierto. Una mujer reconoce esas cosas y yo lo tuve claro desde el primer momento en el que la vi mirarte.
—Es muy buena actriz, mamá. No te dejes guiar por lo que ha hecho o dicho, porque te aseguro que es mentira —le dijo Kike a nuestra madre.
Mi madre seguía insistiendo en su postura, mientras que mi padre permanecía callado.
Me dolía que no fuera capaz de defender a la que había sido su asistente durante tanto tiempo, quien le mostró su apoyo y estuvo con él incondicionalmente.
Después de terminar la comida y tomar un café en el jardín, dejamos a mi madre y a mi cuñada allí, al solecito, mientras mi padre, mi hermano y yo volvíamos al despacho.
Las pruebas eran más que evidentes, por mucho que me doliera y que no me lo quisiera creer.
—¿Piensas que debemos seguir buscando o ya tenemos suficientes datos? —me preguntó mi hermano.
—Haz lo que quieras… Si seguimos buscando, lo mismo podemos encontrar al verdadero culpable.
—De verdad, no hay más ciego que el que no quiere ver…
—Tú lo tienes claro, ¿verdad?
—Más que claro, te lo aseguro.
—Pues entonces, sigue adelante con tus planes, que yo seguiré con los míos.
—¿Qué vas a hacer, Andrés? No hagas ninguna tontería, por favor, te lo pido.
—No es ninguna tontería. Yo no creo que haya sido ella, pero, por lazos familiares, estaré a vuestro lado.
—Ya, pero eso no va a dejarte con los brazos cruzados —dijo mi padre.
—Pues no, y me duele que tú lo hagas, porque ella no se lo merece.
—¿Y qué quieres que haga? Estoy atado de pies y manos, sobre todo con lo que tu hermano ha descubierto.
—Nadie está atado si no quiere estarlo, papá. Pero no te preocupes, que yo conseguiré demostrar que ella no ha tenido nada que ver.
Salí de allí enfadado, pero con un plan claro en mi mente. Lo primero que iba a hacer era contratar a un detective privado, uno que investigara todo a fondo.
También me pondría en contacto con un buen abogado, que la defendiera en cuanto fueran a detenerla, pues no tardarían mucho en hacerlo después de que mi hermano presentara la denuncia con las pruebas.
Puse rumbo a mi ático. Necesitaba poner mis ideas en orden y, si nada me retenía ya aquí, volver a Londres en cuanto me fuera posible.
Localicé a un detective privado que me habían aconsejado alguna que otra vez en Londres, pero que no dudaría en viajar hasta aquí.
—Me gustaría contar con sus servicios, Mr. Wallas.
—Antes de aceptar, tendría que contar con todos los detalles, señor Serrano. Y cuando digo todos los detalles, es precisamente eso, sin que me oculte nada.
—No lo haré. ¿Podemos hacer una videollamada?
—Cuando quiera, señor Serrano.
Cambiamos la llamada a vídeo y, una vez que estuvimos cara a cara, aunque fuera a través de una pantalla, me dispuse a contarle todo lo que sabíamos, lo que habíamos descubierto y aquello con lo que yo no estaba conforme.
—Si me permite una apreciación, me parece todo demasiado evidente como para que sea cierto.
—Yo pienso lo mismo. Una persona que ha organizado todo ese entramado no puede ser tan tonta como para que se pueda comprobar que todo el dinero va a parar a su empresa.
—Exacto. Para mí, este caso es un reto, pero no dude de que lo voy a aceptar. De momento, necesito que me firme el contrato que le enviaré por correo electrónico dentro de un rato.
—Una vez que firme el contrato… ¿Cuál es el siguiente paso?
—Me hará una transferencia de la mitad del importe, pues necesito viajar hasta allí y buscar un alojamiento y demás. En el momento en el que lo tenga todo, me pondré en contacto con usted.
—Está bien, pero no quiero que nadie sepa que he sido yo quien lo ha contratado. Sería tirar piedras sobre mi propio tejado, no sé si lo entiende.
—Por supuesto que lo entiendo. Si alguien se entera de que ha sido usted, sería como si estuviera en contra de su propia empresa, de su propia familia, y eso tan solo traería problemas.
—Eso es. Por ello, una vez que firme todo, nuestros contactos se harán a través del abogado que he contratado para su defensa.
—Perfecto, en cuanto usted pueda, me envía los datos de ese abogado.
—Gracias, mister Wallas.
—A usted, señor Serrano, por contar conmigo para este caso tan interesante.
Corté la videollamada e hice lo mismo con Gonzalo Cadenas, que era el abogado que elegí para su defensa.