El amor y la madre que lo parió Capítulo 19
54%

Capítulo 19

Adriana

Debía de tener las mejillas sonrojadas, pues el beso que nos habíamos dado en el baño había sido uno de esos que te dejan con las piernas temblando.

Desayunamos entre risas, porque todos se dieron cuenta de lo que había pasado en el baño, aunque, siendo sincera, yo hubiera seguido un poquito más.

Después de eso, volvimos al trabajo. Empezaba a desesperarme, porque no encontrábamos nada, hasta que me di cuenta de una cosa.

—Chicos, venid un momento. Mirad esto.

—¿Qué ocurre, Adriana? —preguntó mi jefe.

—Aquí, en la contabilidad, hay una transferencia que no está reflejada en ninguna factura. No es una cantidad elevada, pero…

—Pero puede ser la prueba que ellos pusieron. A ver, me explico. No sabían si íbamos a darnos cuenta, por eso hicieron eso con una pequeña cantidad.

—Claro, por si nos percatábamos, podían decir que había sido un error, que ellos mismos lo subsanarían. Al no darnos cuenta, siguieron, cada vez con cantidades más elevadas.

Su hermano entró en la aplicación del banco y anotó todos los datos para poder rastrear después, cuando tuviéramos todo, hasta dónde había ido a parar ese dinero.

A última hora de la mañana, ya habíamos revisado todo el primer año. A partir de esa primera transferencia, vinieron muchísimas más, casi todas las semanas.

Lo curioso es que no se estaba utilizando ninguna de las contraseñas del departamento de contabilidad para hacerlas, y eso nos escamó un poco.

—Tenemos que comprobar a quiénes pertenecen esas contraseñas —dijo mi jefe.

—Sí, pero ese dato no lo tenemos nosotros. Tendríamos que llamar a alguien de Recursos Humanos, que es la persona que asigna las contraseñas.

—O entrar en mi portátil, donde también están todas, pero eso será mañana. Por hoy ya hemos tenido bastante.

—Claro, además de que lo ideal sería que tuviéramos todas las claves utilizadas y, para ello, debemos terminar de revisarlo todo.

Andrés esperó a que termináramos de recoger y saliéramos de la empresa. Como ni siquiera se había abierto el aparcamiento esa mañana, todos habíamos tenido que dejar los coches en la calle.

Ese día yo no había llevado el mío, pues no me encontraba con los nervios suficientes como para ir conduciendo.

—Camila, ¿tú para dónde vas? —le preguntó Andrés a mi amiga.

—Voy para casa de Lucas. Últimamente parece que vivo más en la suya que en la de mis padres.

—Pues venga, te acercamos, que nos pilla de camino.

Joder, se me había olvidado lo que habíamos hablado antes, cuando estuvimos en el baño, y un sudor frío me recorrió la espalda.

Andrés, que notó cómo me tensé de inmediato, al recordar lo que habíamos hecho antes de salir de allí, puso una sonrisa en su boca, una que resultó de lo más pícara.

Nos montamos en el coche, yo, por supuesto, en el asiento del copiloto, y pusimos rumbo a la casa de su amigo Lucas.

Cada vez que parábamos en un semáforo, Andrés me daba un apretón en el muslo, pero, como quien no quiere la cosa, iba subiendo un poquito más en cada ocasión.

Me miraba de reojo y sonreía de nuevo. Hasta Camila se dio cuenta de lo que estaba haciendo, y no se calló ni por casualidad.

—Si queréis, me bajo y continúo andando —dijo Camila, mirando hacia delante con una sonrisa demasiado evidente.

—No, mujer, no hace falta. Ya estamos cerca —le contestó Andrés, con toda su poca vergüenza.

—Desde luego, es que… No sé de qué me extraño, si sois los dos igualitos —soltó mi amiga, negando con la cabeza.

—Claro, amiga, los dos estamos pensando en destensar la musculatura haciendo ejercicio. ¿Verdad, Andrés?

—Ni que lo digas. Deseando estoy de llegar a tu casa —respondió él, sin apartar del todo la vista de la carretera.

—No os digo que subáis y que pidamos algo de comer porque, tanto Andrés como yo, lo que queremos comer no se puede pedir precisamente —dijo Camila, ya completamente entregada al recochineo.

—Bueno, según lo mires, que ahora se puede pedir de todo en esas aplicaciones de internet —añadió Andrés.

—¿Os podéis callar un poquito? De verdad, no hace falta ser tan explícitos —les dije, nerviosa perdida.

Ambos soltaron una carcajada, sobre todo al mirar mi rostro y ver que estaba completamente rojo, como un tomate, mientras yo negaba con la cabeza.

Justo cuando llegábamos a la puerta del edificio, vimos aparecer a Lucas, que venía con el pan y algo más de comida.

—Mira, ahí viene mi hombre —dijo Camila.

—Y trae comida, por lo que me parece que vas a tener que esperar para lo que tenías pensado —le respondí.

—¿Qué pasa, tú no tienes microondas en tu casa? —me preguntó ella, como si aquello fuera lo más lógico del mundo.

—Claro que tengo, es un electrodoméstico básico en mi vida.

—Y en la mía, porque la comida se va a quedar encima de la mesa de la cocina hasta que terminemos. Ya la calentaremos después.

Andrés bajó la ventanilla para que Lucas se acercara un momentito. Su amigo, que lo había visto, hizo lo que él esperaba.

—¿Qué tal ha ido la cosa? —preguntó.

—Bueno, no muy mal, aunque ahora va a mejorar, por lo menos para ti —contestó Andrés.

—¿Perdona? ¿Qué quieres decir con eso?

—Pues muy sencillo, amor, yo te lo digo. Lo mismo esa comida nos la tenemos que calentar para la cena, en vez de comérnosla ahora —le respondió Camila.

—Amor, pues vengo con un hambre descomunal, espero que lo que traigas tú esté bueno —le dijo Lucas, que no se había enterado de nada.

—Juzga tú mismo, cariño. De verdad que, a veces, pienso que el título de la universidad te tocó en una tómbola, porque no te enteras de nada.

Andrés ya lloraba de la risa, porque la situación era surrealista, de verdad que sí.

—De verdad, ¿por qué no me habláis claro? Sabes que los acertijos no me gustan.

—Vamos, cariño, que la última Navidad te tuviste que comprar los polvorones en spray para comerte tu parte y la de tu prima —le dijo Camila, cogiéndolo del brazo.

—Amigo, te comiste los polvorones de este año y los del año que viene —le dijo Andrés.

Lucas negó con la cabeza, porque seguía sin enterarse de nada, y cogió a su chica por la cintura, entrando en el portal.

Algo le tuvo que decir Camila, porque Lucas volvió a salir a la calle, hizo un gesto de victoria y, esta vez, la que soltó la carcajada fui yo.

—Son únicos, y tal para cual. No podían haber encontrado a alguien mejor, ni el uno ni la otra —le dije a Andrés.

—¿Y nosotros?

—¿Qué pasa con nosotros?

—Me pregunto si también, como dicen todos, somos los dos iguales, y si sabremos dejarnos llevar por esto que sentimos.

—No lo sé. Si te soy sincera, no busco una pareja, no creo en el amor, no después de tantas decepciones como me he llevado.

—Pero el pasado no puede condicionar tu futuro, Adriana.

—No sabes nada de mi vida, al igual que yo no sé nada de la tuya, por eso no puedes juzgarme.

—Eso tiene fácil solución. Vamos a darnos la oportunidad de conocernos, de ver adónde nos lleva esto.

—De momento, vivamos el hoy, el aquí y el ahora. Mañana ya veremos.

Andrés me dio un beso. No fue pasional, ni siquiera apasionado, pero supo tocar la fibra sensible de mi corazón, de mi ser, por lo que fue el inicio de una tarde de pasión.

Abrí la verja de mi casa para que aparcara el coche bajo el techado del jardín. Sus ojos se abrieron de par en par, como si no esperara encontrar eso.

—¡Qué maravilla de propiedad!

—Sí, cuando pienso que casi la pierdo, se me encoge el alma.

—¿Tuviste problemas económicos para perderla?

—No, para nada. Esta casa la heredé de mi abuela. Aquí crecí, aquí viví con ella los mejores años de mi vida, por lo que nunca tuve que hipotecarla.

—¿Entonces? No entiendo cómo podías haberla perdido.

Pensé que ya era el momento de que supiera algo de mi vida y, por eso, no dudé en contarle todo lo que me había pasado con Santi, mi ex.

—Todo fue culpa de mi ex…

Andrés me escuchaba con atención, sin interrumpirme, pero completamente asombrado por lo que había sucedido.

—Joder, Adriana, eso que me estás contando no lo supera cualquiera.

—Pues lo superé. No te voy a decir que no me costó, porque sí que lo hizo, pero volví con más fuerza.

—¿Ese es el motivo por el que desconfías de las relaciones?

—No es que desconfíe, es que he dejado de creer en ellas.

—Pues yo estoy aquí para demostrarte que no todos los hombres somos iguales.

Andrés me volvió a besar. Ya habíamos entrado en la casa, pero no habíamos pasado de la cocina, donde nos sentamos con una cerveza para hablar.

El beso se fue volviendo más fiero, más pasional, y, cuando quisimos darnos cuenta, ya estábamos los dos desnudos, haciéndolo encima de la mesa en la que nos habíamos sentado.

Fue espectacular, como cada vez que habíamos estado juntos. Grité hasta casi quedarme sin voz, presa de un placer que me ponía los vellos de punta.

Pero ese no fue nuestro único encuentro. De ahí pasamos a la ducha y, luego, a mi habitación.

Perdí la cuenta de las veces que alcancé el orgasmo, y cada una de ellas mejoraba a la anterior.

Estuvimos así hasta bien entrada la tarde, momento en el que mi estómago rugió de hambre y Andrés se levantó de la cama, cogió su móvil e hizo un pedido.

—¿Qué estás haciendo?

—Pedir el remedio para que el alien deje de rugir, aunque no sé si es un alien o un león lo que tienes ahí dentro.

—Muy gracioso estás tú hoy.

—Sí, gracioso y saciado.

—¿Eso quiere decir que te vas a marchar?

No quise que sonara a reproche, como tampoco a desesperación, pero no sé si lo conseguí, la verdad.

—No me pienso mover de aquí hasta mañana por la mañana, momento en el que nos marcharemos a la oficina.

—De verdad, no tienes que quedarte si no quieres.

—Claro que quiero. ¿Acaso eres tú la que no quieres que me quede?

—¿Por qué dices eso?

—No lo sé, ¿por tu manera de insistir?

—Precisamente eso es lo que no quiero, insistir y que te veas obligado a quedarte.

—¿Te importaría dejar de decidir por mí? Ten por seguro que, si me quisiera marchar, ya lo habría hecho. Te hubiera dicho cualquier cosa, cualquier excusa, y me habría ido.

—Lo siento, pero soy desconfiada por naturaleza, sobre todo con los hombres.

—Ya me he dado cuenta, no me lo tienes que jurar.

Andrés soltó una carcajada y se puso el bóxer junto con el pantalón de algodón que había llevado a la empresa.

No quiso ir como iba de costumbre, puesto que dijo que, como tan solo íbamos a estar nosotros, no necesitaba ir arreglado.

—Voy a llamar a mi hermano, para que me acerque ropa. ¿Sabías que vive muy cerca de aquí?

—No tenía ni idea. En todos estos años, jamás lo he visto por esta zona.

—Pues, si viniera andando, no tardaría ni cinco minutos.

Andrés marcó el número de su hermano y salió de la habitación para hablar con él.

—No puede ser, de verdad que tiene que haber algún error —le decía él a Kike.

—¿Ocurre algo? —pregunté, y Andrés me hizo un gesto para que esperara a que terminara de hablar.

—Está bien, dame quince minutos para que termine de vestirme y voy para allá. Sí, no te preocupes, iré solo.

Esta última parte la oí sin querer, pues Andrés no se había dado cuenta de que yo estaba en el pasillo, y no me gustó, la verdad.

—¿Me cuentas qué es lo que ocurre para que tengas que ir a donde sea solo?

—Adriana… no te puedo contar nada, entre otras cosas porque no lo sé.

—No me mientas, Andrés. Quizás no sepas los detalles, pero sí que conoces lo más importante.

—Te prometo que, en cuanto descubra todo, te lo contaré, pero no ahora. Por cierto, no hace falta que vengas mañana a la oficina. También tienes libre hasta el martes.

Me dejó un beso en los labios, breve, casi por compromiso, y salió de mi casa, dejándome con cara de tonta y un mal sabor de boca impresionante.