Capítulo 18
Andrés
Todo mi trabajo de ir a buscar la documentación necesaria para la auditoría, todo lo que teníamos planeado para encontrar a la persona que nos estaba robando, absolutamente todo, se había ido a freír espárragos.
—Entremos en el despacho, que tengo que hablar con vosotros. Sin que nadie nos escuche, a ser posible —nos dijo Camila.
—¿Todavía más cosas? —pregunté, porque ya no podía más.
—Sí, pero, en esta ocasión, creo que nos servirá para bien.
Pasamos al despacho y, cuando estuvimos completamente a solas, sin nadie más en toda la empresa, Camila empezó a hablar.
—Veréis, a modo de protección, por si se perdía alguna factura, que no sería la primera vez, mis compañeros y yo acordamos hacer una fotocopia de cada documento que se contabilizaba…
—¿Me estás diciendo que podremos seguir adelante con todo lo que teníamos pensado? —pregunté, esperanzado.
—No sé si estarán todas, pero apostaría a que sí. Además, Amanda no sabe nada de lo que estábamos haciendo, porque, si se enteraba, pondría el grito en el cielo.
—¿Dónde están esas copias? —preguntó mi hermano.
—Las guardamos en un cuartito de los que hay en el departamento, archivadas por tipo y fecha.
—Al que se le ocurrió esa idea habría que sacarlo a hombros de la empresa, como a los toreros —dije, sonriente.
—Pues… fui yo. Concretamente, después de una bronca de Amanda porque faltaba una factura que habíamos pagado y que no aparecía por ninguna parte.
—¿Estás completamente segura de que esa factura existió? —pregunté, porque algo me decía que aquello había sido una excusa.
—Te prometo que yo no recordaba haberla tenido en mis manos, pero, aun así, ella siguió gritando.
—Claro, y cuando se marchó…
—Cuando se marchó, hablé con mis compañeros y, para cubrirnos las espaldas, decidimos hacer lo que ya os he contado.
—Vamos a buscarlas, por favor.
—No, ahora no, porque las cámaras siguen funcionando en ese departamento, y no quiero que las vuelvan a robar.
—Camila tiene razón. Será mejor que nos marchemos, dejar que piensen que se han salido con la suya y volver mañana, temprano, para coger los archivadores que dice mi amiga —dijo Adriana, que hasta ese momento se había mantenido callada.
—Es cierto eso que dices, Adriana. Pero me gustaría que, mientras investigamos todo esto, extreméis las precauciones, por favor.
Nos marchamos de la oficina, no sin antes bajar a seguridad y hablar con los chicos. Mi hermano les dio una de cal y otra de arena para que, aunque siguieran creyendo que lo habían conseguido, tuvieran la presión necesaria para dar un paso en falso.
Esa noche no dormí, y no fue por el tema de la empresa, que también, no lo voy a negar, pero mi mayor desvelo había sido Adriana.
Verla ahí, completamente entregada a la causa, sin pensar en nada más que en el bien de nuestra empresa, me hizo sentir todavía más orgulloso de ella de lo que ya lo estaba.
Habíamos quedado a las siete en la empresa, por lo que, a las cinco y media, ya estaba yo metido en la ducha y dispuesto a descubrir toda la verdad.
Mi hermano le había encargado al jefe de seguridad que no quería a nadie más que a él en todo el edificio.
Si volvía a ocurrir algo, si, por la razón que fuera, sufríamos otro robo, fuera del tipo que fuera, el único responsable de todo sería él.
—¿Listos para descubrir la verdad? —preguntó mi hermano.
—Eso espero, o nos terminaremos volviendo locos.
—Venga, acompañadme, que tenemos que ir a buscar los archivadores. Cuanto antes empecemos, antes podremos descubrirlo todo —nos dijo Camila.
—¿Cómo te encuentras, Adriana?
—Hecha una mierda, supongo que como todos los que estamos aquí.
—Pues yo te veo preciosa, y eso no son suposiciones.
—Andrés…
—Adriana…
—Venga, vamos a dejar las tonterías para cuando terminemos, que tenemos mucho entre manos —dijo mi hermano.
Nos encerramos en la sala de reuniones, con miles de papeles por revisar, un montón de documentación que no sabíamos de dónde venía y un millón de cosas por descubrir.
—Lo primero de todo es la organización. Adriana y Camila, vosotras empezaréis por los albaranes, que emparejaréis con su factura correspondiente.
—Eso es un trabajo muy minucioso, hermano.
—Lo sé, pero, si no hacemos eso, no podremos encontrar el inicio de todo y, por consiguiente, no sabremos absolutamente nada.
—Está bien, tú mandas.
Estuvimos más de dos horas liados con la organización de la documentación, y teníamos toda la mesa llena de montones de papeles que, ahora, debíamos cotejar con los asientos contables anotados en el programa de la empresa.
No lo organizamos todo a la vez, porque entonces no sabríamos ni por dónde empezar. Por lo tanto, lo único que teníamos organizado era la documentación del primer año.
—Y esto es solo el primer año… Tengo la impresión de que aquí vamos a tener para mucho más de una semana —dijo Adriana, empezando a agobiarse.
—No te agobies. Una vez que empecemos con esto, todo irá rodado, te lo aseguro —le respondí.
Nos repartimos la documentación, tres meses para cada uno, y, con el portátil al lado, nos pusimos a puntear todo, en completo silencio, hasta que se escuchó el estómago de alguien rugir.
—Yo no sé vosotros, pero yo me estoy muriendo de hambre —dijo Camila.
—Chica, seguro que no has tomado ni café —respondió Adriana, negando con la cabeza.
—Pues no, porque la cafetera de Lucas no la entiendo y era tan temprano que no quise despertarlo.
—No os preocupéis, que ahora mismo llamo a la cafetería para que nos traigan cuatro desayunos completos. Así, también, hacemos una paradita, que nos lo merecemos.
—Yo voy a ir al baño —dijo Adriana.
Pensé en lo que había dicho Camila sobre mi amigo y, por primera vez en mi vida, tuve envidia de lo que habían construido.
No era envidia sana, porque, para mí, eso no existía. La envidia era la envidia, en toda la extensión de la palabra.
Vi cómo Adriana pasaba por delante de mí, cómo agachaba la cabeza, y no me lo pensé, salí detrás de ella.
A pesar de todo lo que estaba sucediendo, necesitaba sentirla, aunque solo fuera una vez más.
—¿Qué estás haciendo? Este es el baño de las chicas.
—No, este es el baño donde está mi chica.
—Yo no soy tu chica, no digas tonterías.
—A lo mejor eso es cierto, pero no pararé hasta que suceda, hasta que seas mi chica de verdad.
—Andrés… no digas cosas que no sientes.
—Como ya te dije una vez, si no lo sintiera, no lo diría.
Poco a poco nos fuimos acercando más el uno al otro. No sé quién fue el primero que dio el paso hacia el otro, pero, cuando nos dimos cuenta, nuestras bocas ya estaban a pocos centímetros.
—Te quiero besar, Adriana, y voy a hacerlo. Si no quieres, será mejor que me pares ahora…
—No hables más y hazlo.
Supe, en ese momento, que ella sentía lo mismo que yo, y que tampoco podía luchar contra lo que nos esperaba.
Puse mi mano en su mejilla y la acaricié suave y sensualmente, mientras acercaba mis labios a los suyos y la besaba.
Primero fue un beso dulce, cauto, pero, después de unos segundos, se volvió hambriento, desesperado, como si lo hubiéramos estado esperando durante toda la vida.
Si en vez de estar en el baño de la empresa hubiéramos estado en cualquier otro lugar, no dudéis de que habríamos seguido adelante, pues lo deseábamos muchísimo, tanto ella como yo.
—Para, Andrés, que debemos volver al trabajo.
—Está bien, pero dime que esto no se va a quedar aquí.
—¿Qué quieres decir con eso?
—Que continuaremos en el mismo punto en el que lo hemos dejado, ni más ni menos.
—No sé si será buena idea…
—Ni buena ni mala, es lo que ambos queremos.
—Me confundes muchísimo, de verdad.
—Pues permíteme que te aclare todas las dudas. Cuando salgamos de aquí, en mi casa o en la tuya, me da igual.
—¿Sin huida a medianoche? ¿Sin escapismo por la madrugada?
—Te lo prometo. Si me tengo que marchar por algún motivo, te lo diré antes de irme.
—Entonces, en mi casa.
—No sabes lo feliz que me has hecho, preciosa.
Nos volvimos a besar, de manera desesperada, profunda, mostrándonos lo que nos esperaba cuando saliéramos de allí.
Entramos de nuevo en la sala de reuniones, justo cuando habían llegado de la cafetería para servir el desayuno.
En realidad, quien lo había subido había sido el encargado de seguridad, porque mi hermano no permitió la entrada en la empresa de nadie más.