Capítulo 17
Adriana
—Don Enrique, ¿necesita algo?
—Sí, necesito hablar contigo y con Camila. Avísala y os espero en mi despacho.
Lo primero que hice, nada más ver a don Enrique meterse en el despacho, fue mirar el reloj por si Camila y yo nos habíamos pasado de nuestro tiempo. Pero no, habíamos vuelto diez minutos antes, así que por ahí no podían ir los tiros.
—Camila, el jefe supremo nos espera en su despacho.
—¿Para qué?
—Yo qué sé, hija mía. A mí solo me ha dicho eso, que nos espera en su despacho.
—Está bien, subo ahora mismo. No entres sin mí, por favor.
—Vale, pero no tardes.
Corté la llamada y, aunque le había dicho a mi amiga que la esperaría, la curiosidad me pudo y entré. Eso sí, dejé la puerta abierta.
—Don Enrique, lo noto preocupado. Espero que no sea por culpa de esa mujer y sus comentarios malintencionados.
—Tutéame, por favor. No hay nadie. Y sí, ella tiene parte de culpa en mi preocupación, o al menos eso sospecho, pero no es por el motivo que estás pensando.
—¿Entonces? ¿Qué ha hecho ahora?
—Si no te importa, esperamos a que esté aquí Camila y os lo cuento a las dos.
—Está bien, pero yo también empiezo a preocuparme.
—Y no es para menos, Adriana. Tan solo espero que te muestres colaborativa. Por supuesto, os pagaré estos días como horas extras.
—No es cuestión de dinero, don…
—Kike, por favor, y mucho más en estos momentos. Necesito tener plena confianza con vosotras, y me resultaría complicado conseguirla con alguien que sigue empeñada en llamarme don Enrique.
—Está bien, Kike. Como te iba diciendo, no es cuestión de dinero, sino de poder ayudar en lo que haga falta.
—No dudes que sí lo harás.
Justo estábamos hablando de eso cuando Camila llamó a la puerta, mirándome de manera recriminatoria por no haberla esperado.
—Pasa, Camila, y cierra la puerta, por favor.
—¿Qué es lo que ocurre, don Enrique? —preguntó mi amiga.
—Te digo lo mismo que le he dicho a tu compañera. Aquí y ahora, soy Kike, necesito confianza entre nosotros.
—Vale, Kike, pero ¿qué ha sucedido?
—Lo que os voy a contar ahora es completamente confidencial. Necesito vuestra ayuda y también que podáis trabajar codo con codo con mi hermano durante los próximos días.
Quise decirle que, si aquello era una estratagema para juntarnos, aunque fuera por motivos de trabajo, no lo iba a permitir, pero la cara de mi jefe no mostraba nada parecido. Así que preferí esperar y dejar que contara lo que tuviera que contar.
—Veréis, hace unos meses descubrí que faltaba dinero en la cuenta de la empresa. Al principio no le di mucha importancia, pues pensé que podría tratarse de algún asiento que no hubiera quedado reflejado…
—Eso no puede ser, todos los asientos se dejan marcados desde que nos llega el albarán y luego, más tarde, la factura —dijo Camila, que trabajaba en ese departamento.
—Me dije que estaría pendiente, por si volvía a repetirse, y sí, volvió a ocurrir, mes tras mes. Primero fueron cantidades pequeñas; luego, importes mucho más grandes.
—¿Tiene una idea de quién puede haber sido?
—Claro que la tengo, pero no dispongo de pruebas claras para poder acusarla, y ahí es donde entráis mi hermano y vosotras.
—¿Perdona? Camila todavía, porque trabaja en contabilidad, pero yo… ¿qué puedo hacer?
—Mucho más de lo que piensas, Adriana. Tenemos que puntear todos los asientos contables, tanto los de la empresa como los del banco, y para eso, cuantos más seamos, mejor.
Kike siguió contándonos que ese había sido el motivo por el que había avisado a su hermano, experto financiero, por si él veía algo que nosotros no estuviéramos viendo.
—Vamos a trabajar los cuatro, no habrá nadie más en la empresa. Por eso, vas a redactar un comunicado interno en el que se indique que, tras una solicitud de inventario por parte de las autoridades competentes, los empleados tendrán una semana adicional de vacaciones, completamente pagadas.
—Está bien, mientras vosotros termináis de ultimar todo, voy a lanzar el comunicado…
Me levanté con la intención de salir del despacho, pero Kike me dijo que no hacía falta, pues el comunicado saldría desde su propio ordenador y podía redactarlo allí mismo, sin necesidad de movernos.
Se levantó de su sillón y dejó que yo ocupara su lugar, haciendo que me centrara de lleno en la redacción del documento.
Cuando lo tuve preparado, él mismo se encargó de revisarlo, darle el visto bueno y enviarlo a todos los empleados.
En el comunicado se indicaba que la semana de vacaciones empezaría al día siguiente, jornada en la que ya no tendrían que acudir a trabajar, y que se prolongaría hasta el martes de la semana siguiente.
El teléfono de Kike vibró. Le echó un vistazo por encima y lo dejó otra vez sobre la mesa. Por lo que pude ver, era un mensaje de su hermano, y mi jefe notó enseguida que yo me había percatado de ello.
—Ahora lo llamaré cuando terminemos.
—Jefe, no tienes que darnos explicaciones.
—Lo sé, pero quiero hacerlo.
Estuvimos allí encerrados los tres como una hora más, hasta que nos dimos cuenta de que ya era la hora de comer y decidimos cerrar la reunión para marcharnos a casa.
—Andrés me ha dicho que ha dejado todas las cajas del archivo en la sala de reuniones y que la ha cerrado con llave.
—Es lo mejor que ha podido hacer. De ese modo, en cuanto entremos podremos ponernos manos a la obra —le contesté.
Abrimos la puerta del despacho, pero nos quedamos sin poder movernos. La sala estaba abierta de par en par y no había ni rastro de las cajas que Andrés había subido.
—Chicas, esto no me gusta nada.
—Aviso a seguridad —contesté.
Me fui hasta mi escritorio y llamé al equipo de seguridad, para que revisaran las cámaras de ese pasillo en las últimas horas y subieran las imágenes hasta el despacho de mi jefe.
—No nos pongamos nerviosos, por favor —dijo Camila.
—Voy a llamar a mi hermano, tiene que estar aquí.
Vi cómo mi jefe sacaba su móvil y marcaba el número de Andrés, aunque no obtuvo respuesta.
—Joder, ni me contesta…
—Espera unos minutos, lo mismo va conduciendo o está en el baño —le dije.
—Tienes razón, pero todo esto me huele fatal. Esperemos que desde seguridad puedan recuperar las imágenes y se vea con nitidez el rostro de quien o quienes hayan entrado ahí.
Algo me decía que eso no iba a ser posible, que la persona que lo había hecho se había cubierto muy bien las espaldas, aunque deseaba equivocarme con todas mis fuerzas.
Vimos salir del ascensor al jefe de seguridad y, por la cara que traía, tuve claro que no venía con buenas noticias.
—Señor Serrano, no hay imágenes del día de hoy a partir de las doce de la mañana. Lo último que se ve es a su hermano entrando ahí con varias cajas; luego todo se vuelve negro.
—¡Joder! Esto no puede estar pasando.
En ese momento, sonó el teléfono de mi jefe, y los dos supimos que era Andrés. Kike le contó lo que había pasado y escuchamos cómo decía que venía enseguida.
Mientras tanto, el jefe de seguridad se puso a comprobar las cámaras y descubrió que les habían pintado el objetivo con algún tipo de spray.
—Esto no se va a quedar así. ¿Quién estaba de guardia controlando las cámaras?
—No sabría decirle, señor, tendría que comprobarlo.
—Lo que tendría que haber comprobado esa persona es que alguien estaba pintando las cámaras delante de sus narices. No habéis hecho bien vuestro trabajo.
—Señor, yo…
—Tú vas a bajar y decirles a todos que suban ahora mismo. Adriana, por favor, llama a la policía.
—Ahora mismo, Kike.
Me importó una mierda que estuviera el jefe de seguridad delante, pero no iba a volver a llamarlo de usted, no ahora, no en ese momento en el que necesitaba rodearse de gente que le diera confianza.
La policía y Andrés llegaron prácticamente a la vez. Todos pidieron ver las grabaciones y sí, la cosa no era tal y como la había contado el jefe de seguridad.
En las imágenes se veía a una mujer vestida de negro, con gorro y mascarilla para que no se le viera la cara, usando un spray de pintura para inutilizar las cámaras.
Andrés y Kike se miraron, pensando que alguien del equipo de seguridad también estaba metido en el ajo.
Lo lógico habría sido despedirlos a todos, pero, si lo hacían, perderían de vista al posible cómplice de quien les estaba robando, así que, en lugar de tomar una decisión en caliente, les pidieron una reunión en una semana.
—No temáis, no os vamos a despedir, pero sí tendremos que tomar algún tipo de medida correctiva.
—Señor, puede que el vigilante se haya quedado dormido, pues algunos también trabajan en un turno de noche en otras empresas.
—Necesito saber quiénes son esas personas, así como tener una entrevista con cada una de ellas.
—Está bien, voy a bajar a tranquilizarlos. Gracias, señor, por su consideración.
La policía tomó huellas, pero aquello no sirvió de mucho, porque estábamos seguros de que quien lo había hecho no iba a ser tan tonto como para no ponerse unos guantes, después de todas las molestias que se había tomado.