Capítulo 15
Adriana
Nada más entrar por las oficinas, me encontré con la odiosa de Amanda. No es que hubiera sido santa de mi devoción nunca, pero, desde que se insinuó tan descaradamente a Andrés, la soportaba menos.
—Hola, bonita. ¿Qué tal el fin de semana de puente?
—Hola, Amanda, bien, como siempre.
Sabía que, si me estaba esperando y me había dicho eso, era porque quería refregarme por las narices que ella había estado todo el fin de semana con Andrés.
—Claro, en casita viendo series, ¿no?
—Pues mira, no. He ido a visitar a una vieja amiga y nos hemos pasado todo el fin de semana de fiesta.
—Yo también he tenido fiesta, pero de otro modo, no sé si me entiendes.
—Y yo que me alegro. Ahora, si me disculpas, tengo que subir ya, o don Enrique terminará enfadado.
No dejé que siguiera hablando, sino que me monté en el ascensor, que acababa de abrirse en el vestíbulo de la entrada, mientras ella se quedaba allí, mirándome con una sonrisa.
Sabía que me había hecho daño, y no entendía esa inquina, puesto que yo no me metía en la vida de nadie.
Mi trato con ella era estrictamente laboral, jamás nos habíamos tomado ni un mísero café juntas, así que no entendía que tuviera que contarme su vida. A no ser que lo hiciera para darme con ello en las narices, que tenía claro que era justo eso.
Nada más llegar al despacho, no me dio ni tiempo a soltar el bolso cuando ya tenía a don Enrique en el umbral de la puerta.
Lo primero que hice fue mirar el reloj, pues pensé que volvía a llegar tarde, pero no, todavía eran las ocho menos diez.
—Adriana, cuando puedas, pasa por mi despacho, por favor.
—Enseguida, don Enrique. Enciendo el ordenador y cojo la tableta, en cinco minutos estoy ahí.
—¿Cuántas veces tengo que repetirte que me llames Kike?
—Uy, se le va a secar la garganta de pedirme eso, porque no pienso hacerlo nunca. Como mucho, y siempre que no haya nadie delante, lo puedo tutear.
—Bueno, pasito a pasito. No tardes, por favor.
Hice lo que le había dicho, solté mi bolso en el cajón y me quité la chaqueta, poniéndola en el respaldo de mi silla, y entré al despacho.
—Tú dirás, aquí estoy.
—Bien, hemos empezado tuteándonos, eso me gusta.
—La agenda del día de hoy está muy tranquila…
—No es de la agenda de lo que quiero hablar contigo, Adriana. Eso lo veremos después.
—¿Entonces? Si se trata de tu hermano, de verdad que no quiero saber nada; Amanda ya me ha dejado claro que ha estado todo el fin de semana con él…
—¿Encima va a decir eso? Menos mal que la he llamado a mi despacho, y a mi hermano también. Y precisamente de eso es de lo que quería hablar contigo.
—¿Perdona? No entiendo nada.
Don Enrique me contó lo que Amanda le había dicho a su hermano durante la comida, allí, delante de todos, y la sangre empezó a hervirme.
—¿Me lo dices en serio? ¿De verdad ha dicho eso de mí?
—Sí, por supuesto, y, como no podía ser de otro modo, se lo he negado, además de contárselo a mi mujer.
—Joder, ¿qué va a pensar doña Amelia de mí? ¿Y don Manuel? No me lo puedo creer. ¿Por qué esa mujer se empeña en hacerme daño de esa manera?
—Por envidia y, por lo que puedan pensar mi mujer y mi padre, puedes estar tranquila, ninguno se lo ha creído.
—Y encima usted quiere que lo tutee y lo llame Kike. Si antes me lo estaba pensando, ahora sí que me niego por completo.
Estábamos hablando de eso cuando llegó Andrés, que, al verme, no dudó en darme un abrazo, como si estuviera viendo a la Virgen María.
—¿Se puede saber qué estás haciendo?
—¿Sabes el susto que me has dado y lo preocupado que he estado durante este fin de semana?
—¿Preocupado? ¿Tú? No me hagas reír, por favor.
—Sí, yo, preocupado, porque fui a buscarte a tu casa y no estabas. Estuve hasta las doce de la noche esperando y no sabía dónde ir a buscarte.
—No me mientas, hazme el favor. Has pasado todo el fin de semana con Amanda.
—¿Yo? ¿Con Amanda? Pero si ni siquiera me fui con ella del restaurante…
—Pues ha sido lo primero que me ha dicho en cuanto he puesto un pie en la empresa. Que me da igual, que no me tienes que dar explicaciones, porque entre tú y yo no hay nada.
—Adriana, mi hermano no ha estado con esa mujer, porque estuvo en mi casa todo el fin de semana, jugando con mis hijos.
—¿Me habías llamado, Kike? —preguntó Amanda, desde la puerta.
Quise marcharme, pero ni el uno ni el otro me lo permitieron. Así que no tuve más remedio que permanecer en ese despacho.
—Para empezar, para usted soy don Enrique, y nada de tutearme, que no le he dado permiso.
—Claro, era de suponer que me iba a decir eso con ella delante. Pero me da igual, le agradezco el fin de semana tan especial, sus hijos son adorables.
—¿De qué está usted hablando?
—De la comida y del fin de semana en su casa. Me sentí muy a gusto, completamente integrada, y no me hizo sentir fuera de lugar.
—Usted no ha estado en mi casa, ni este fin de semana ni ningún otro.
—Lo siento, pero no me apetece seguir escuchando nada más. Mejor me marcho a mi trabajo, que me quiero ir a mi hora y no tener que quedarme aquí ni un minuto más.
—Adriana, te juro que esta mujer ni ha estado conmigo ni lo ha estado en casa de mi hermano. Y te lo puedo demostrar.
—Así como tampoco es cierto que usted y yo hayamos estado liados…
—¡Por supuesto que no! Y a quien escuche decir o rumorear eso, le juro que tomaré acciones legales contra esa persona.
—Yo no he escuchado que nadie haya dicho eso, la verdad —comentó Amanda.
¿Qué pasaba aquí? ¿No se suponía que había sido ella la que le había contado eso a Andrés? ¿Tan cínica era que lo estaba negando en su cara?
—¿Cómo puedes tener tan poquísima vergüenza de decir eso? Te juro que estoy alucinando, de verdad. Estás loca —le dijo Andrés.
—A la que no vais a volver loca es a mí, por lo que, si me disculpáis, ya he escuchado bastante.
Los dos se quedaron allí, entre cabreados y perplejos por lo que esa mujer estaba diciendo, así como por su manera de comportarse.
No dejé que me demostrara que no había estado con ella, mucho menos en casa de su hermano.
No iba a caer de nuevo en su trampa y, para eso, me ceñiría a mi horario laboral y saldría de allí cagando leches.
Me centré en la agenda, en las reuniones que tenía que organizar, y me dispuse a llamar a todos los responsables de la empresa, ya que la primera sería al día siguiente a primera hora.
Casi sin darme cuenta, llegó la hora del desayuno. Avisé a Camila de que bajaba ya y de que la esperaba en la cafetería de siempre.
—¿Por qué no me has esperado para que bajáramos juntas?
—Porque no podía quedarme allí ni un segundo más.
—¿Qué ha pasado para que te sientas así? Además, me tienes que explicar por qué te largaste de aquí el fin de semana.
—¿Cómo sabes eso?
—Porque, por si no te acuerdas, tenemos puesto el localizador y, cuando Andrés me llamó porque no te localizaba, no dudé en usarlo.
—¿Andrés te llamó?
—Sí, no te puedes imaginar lo preocupado que estaba. Pero puedes estar tranquila, que no le di tu localización.
Con un café y una tostada por delante, le conté a mi amiga todo lo que había sucedido en el despacho de mi jefe, mientras ella me miraba con la boca abierta.
—Te aseguro que eso que ha dicho no es cierto, porque Lucas habló con su amigo el domingo por la mañana, en videollamada, y ella no apareció por ningún lado.
—Eso no me sirve, Camila. Podía estar en el baño o esconderse para que nadie supiera que estaba ahí.
—¿De verdad piensas que se habría ocultado? Porque yo pienso que, si hubiera estado allí, se habría pavoneado como una modelo por delante de la pantalla.
—A lo mejor había salido a comprar algo, yo qué sé.
—Que no, que te digo que es mentira.
—Bueno, sea como fuere, no quiero ni necesito saber nada más. A partir de ahora, he decidido que pasaré todos los fines de semana en el pueblo, allí estoy tranquila y feliz.
—Si es lo que deseas, hazlo, pero no lo hagas por huir de Andrés, porque, tarde o temprano, tendrás que plantarle cara.
—Gracias por entenderme, Camila.
—Por favor, si no lo hago yo… ¿quién lo iba a hacer?
Nos fundimos en un abrazo y volvimos a nuestros puestos de trabajo, donde me encontré de nuevo con don Enrique, esperando mi llegada.