Capítulo 14
Andrés
Me planté en su casa, y se veía que estaba todo apagado. Ni siquiera estaba su coche en el jardín, bajo el techado, que era donde Camila me había dicho que lo dejaba aparcado.
No me moví de ahí. Más tarde o más temprano tendría que volver, y quería que me viera, que supiera que no me había marchado con Amanda.
Eran ya las doce de la noche cuando supe que no volvería, no al menos esa noche, y eso hizo que se me revolviera el estómago.
¿Y si se había marchado con cualquiera que hubiera conocido en un bar? ¿Y si le pasaba algo? ¿Y si había dado con uno de esos psicópatas que salen en la televisión?
Sí, lo sé, me había puesto demasiado dramático, pero es que, en esos momentos, la lógica se había ido de vacaciones a la playa.
Pensé en llamar a su amiga de nuevo para que me dijera dónde podría haber ido, pero, al mirar el reloj, que marcaba cerca de la una de la madrugada, lo deseché, pues estaría durmiendo o de fiesta con Lucas, y no quería volver a molestarla.
Me volví a casa con la incertidumbre de qué le había pasado, porque la llamaba y su teléfono me daba apagado o fuera de cobertura, y eso sí que no era normal.
No es que yo la tuviera controlada, ni mucho menos, pero, según me habían dicho mi padre y mi hermano, no eran pocas las veces que la habían llamado otros fines de semana para consultarle algo de la agenda del lunes, y ella había contestado sin ningún problema.
Casi no pude dormir en toda la noche y, en cuanto el día empezó a clarear, cogí mi teléfono y llamé a Lucas.
—Joder, Andrés, más vale que te estés muriendo, porque no son ni las ocho de la mañana.
—Sí que me estoy muriendo, pero de preocupación.
—¿Qué ocurre?
—Anoche estuve en casa de Adriana hasta las doce de la noche…
Le conté a mi amigo todo lo que me había pasado por la cabeza durante la noche y lo preocupado que estaba.
—Espera un momento, que aviso a Camila a ver si ella nos puede decir algo más.
—Gracias, Lucas, porque, de verdad, estoy desesperado.
Estuve al teléfono unos minutos, hasta que Camila se puso a la llamada. Esperaba que ella me dijera dónde podría estar.
—Andrés, no te preocupes, que ya sé dónde se encuentra.
—Dime dónde, Camila, necesito hablar con ella.
—Eso no lo voy a hacer. Está en una casa que le dejó su abuela, en un pueblo de la sierra. Hacía mil años que no iba por allí y, si ha decidido hacerlo, es porque necesitaba huir de todo.
—No me hagas eso, por favor, te lo pido.
—No puedo, Andrés. Entiéndeme a mí también. Yo la conozco bien y, si vas ahora, te aseguro que se cerrará mucho más en banda.
—¿Y qué hago yo hasta que vuelva? Me estoy volviendo loco, te lo juro.
—Pues relájate, Andrés, y piensa en lo que le vas a decir el lunes cuando la vuelvas a ver en la oficina.
—¿Tan mal está?
—No lo sé, porque no he hablado con ella. Sé que está en el pueblo por una aplicación que nos instalamos cuando nos hicimos amigas, para tenernos localizadas y poder ir a tiro hecho si alguna desaparecía.
—Eso me lo pone peor todavía. ¿Y si le ha ocurrido algo y por eso tiene el teléfono apagado?
—No te pongas en lo peor, Andrés. Si tiene el teléfono apagado es porque necesita desconectar, que nada ni nadie perturbe su paz.
—Eso espero, porque, como le haya ocurrido algo, no sé lo que podría hacer, te lo juro.
Estuvimos un buen rato más hablando entre nosotros. Ellos, intentando tranquilizarme, y yo, esperando que se apiadaran de mí y me dieran la dirección exacta o, al menos, el nombre del pueblo, pero no tuve suerte.
Me pasé todo el día construyéndome un discurso para cuando volviera a verla el lunes, pero, después de unas cuantas horas, ya no podía más. Necesitaba salir de allí lo antes posible y, por eso, llamé a mi hermano.
—Dime, Andrés. ¿Te ocurre algo?
—Kike, ¿vais a estar en casa hoy?
—Sí, Natalia se ha levantado con un poco de fiebre, y no vamos a salir ni al parque. ¿Por qué?
—¿Te importa si me voy a tu casa y paso el día con vosotros?
—¿Eres tonto o qué te pasa? Por supuesto que no nos importa; es más, estamos deseando que vengas y pases tiempo con nosotros, que hace mucho que no lo hacemos.
—Está bien, salgo para tu casa en un rato. Gracias.
—Anda ya, gracias ni gracias. Eres mi hermano y no tienes que pedir permiso para venir a mi casa, puedes hacerlo cuando quieras.
Corté la llamada con mi hermano y me levanté para darme una ducha y vestirme. Antes de ir, pasaría por el centro comercial, que estaba abierto, y les compraría algo a mis sobrinos.
Cuando me marché a Londres, Natalia tenía tres años, y Marcos contaba con dos. En todo ese tiempo, las veces que había ejercido de tío se podían contar con los dedos de una mano, y sobraban dedos.
Me vestí con ropa cómoda: un vaquero, una camiseta, mi chaqueta de cuero, pues el tiempo había empezado a cambiar, y mis zapatillas deportivas.
Mi hermano vivía en una casa con un jardín enorme y una piscina que pensaba disfrutar ese verano junto a los niños, al menos el tiempo que no estuvieran en la playa.
Cogí mi coche y me encaminé hasta el centro comercial, que, además, me pillaba de camino.
Aparqué en el aparcamiento al descubierto, que era mucho más cómodo que el subterráneo, y entré a buscar una juguetería.
Marcos tenía ya siete años, y Natalia ocho, casi nueve, así que ya no eran dos bebés a los que les pudieras llevar un peluche.
Mi sobrina era la coquetería personificada y, por eso, pensé que lo que más ilusión le haría, y que sus padres no le habían querido comprar, era un tocador con un maletín de maquillaje y otro de joyas.
No es que quisiera llevarles la contraria, pero ahora era mi momento de aparecer como el tío guay, el que los consentía, y no dudé en cogerlo y meterlo en el carro.
Para Marcos, que era un flipado del fútbol, también encontré el regalo ideal. Eran dos porterías pequeñas, con un balón de reglamento, el de la Liga, más concretamente, y también lo eché en el carro.
Para que mi hermano y mi cuñada no me echaran la bronca completa, les cogí algunos libros de colorear y puzles, y así me cubría las espaldas.
Pensé también que no me podía colar con las manos vacías para ellos, y eso fue lo que me hizo entrar en la joyería que había al lado. Le cogí una cadena con dos colgantes de dos niños a mi cuñada, y una pulsera de esas de cuero y oro que tanto le gustaban a mi hermano.
Con todo ya comprado, me dirigí de nuevo al coche y puse rumbo hasta la casa de mi hermano. Me iba a matar cuando me viera llegar como si fueran los Reyes Magos, pero me daba igual, como siempre.
—Ya estoy aquí, y necesito ayuda —dije, al entrar en el jardín, después de que mi hermano me abriera la cancela.
—¿Qué has traído, loco? —preguntó mi cuñada.
—Regalitos para todos.
—¿Para qué has hecho eso? Ni que te hiciera falta comprar nada para venir a mi casa.
—Lo sé, pero he querido hacerlo. ¿Dónde están los niños?
—En el jardín, jugando con unos puzles de madera.
—Uf, cuando vean lo que les traigo, van a flipar, te lo aseguro.
—Andrés, espero que no te hayas saltado nuestras decisiones…
—Pues mira, sí que me las he saltado. Porque vosotros sois los padres, pero yo soy el tío que los va a consentir.
Mi cuñada soltó una carcajada, porque lo dije como el que lava y no enjuaga, dándome todo igual.
Mi hermano me miró, completamente sorprendido, tanto por lo que había dicho como por lo que empecé a sacar del maletero.
—Me parece que nos va a tocar montarlo a nosotros, hermano.
—Ah, no, tú lo has comprado, tú lo montas. Me niego a pasar el día festivo entre herramientas y tornillos.
Kike levantó las manos en señal de rendición y, tras coger una de las cajas, encaminó sus pasos hasta la zona del jardín donde estaban los niños.
—¡Tío Andrés! —exclamaron los niños.
—¡Chicos! ¿Qué os da vuestra madre de comer? Si es que, desde que os vi el otro día, estáis más altos.
—Pues mi madre no para con las verduras, y mira que yo le digo que, con la pizza , también creceré lo mismo, pero ella, nada, que no se lo cree —dijo mi sobrina Natalia, medio indignada.
—La pizza está bien un día, pero no puedes comer eso a diario, Natalia, o crecerás, sí, pero a lo ancho, no a lo alto —le respondí.
La niña me miró sin saber si creerme o no, pero, después de un minuto analizando la escena, decidió no decir nada, no darme la razón, pero tampoco quitármela, y se volvió para seguir jugando.
—Me parece que, como nadie quiere estos regalos, los voy a devolver…
—¿Nos has traído regalos?
—Sí, pero no les habéis hecho mucho caso, la verdad.
—Pero es que no los habíamos visto —dijo Marcos.
—Tío Andrés, yo pensaba que era para mi madre, como hoy es su cumpleaños…
Joder, se me había olvidado por completo. Por suerte, le había comprado un detalle, pero no dudaría en encargarle un buen ramo de rosas rojas, como le enviaba todos los años, que eran sus preferidas, y un frasco de su perfume.
—A tus padres también les traigo un regalo, pero no es el del cumpleaños. Ese se lo entregarán más tarde.
—Andrés, no hace falta. Ya soy lo suficientemente mayorcita para eso, te lo aseguro.
—Nadie es lo suficientemente mayor como para no celebrar que comienza un año más de vida.
Me levanté y le di un abrazo y un beso en la cabeza. Mi cuñada se había convertido en mi mejor amiga, a pesar de la diferencia de edad, a pesar de la distancia física de los últimos años, pero la quería como si fuera otra hermana más.
Cuando los niños abrieron sus paquetes y vieron de qué se trataban los regalos, y tal y como había pensado en cuanto los vi, empezaron a saltar de alegría.
Mi hermano, por mucho que protestó, no dudó en coger el destornillador y ponerse a montar tanto el tocador como la portería.
Mientras los montábamos, los niños se pusieron a jugar con el resto. Marcos era un mago del balón, y se puso a hacer toques con la pelota.
Natalia, por su parte, empezó a mirar el maletín de maquillaje y a fabricar joyas, bajo el criterio y la supervisión de su madre.
También les di sus regalitos a ellos, que quedaron encantados, y pedí lo que había dicho por internet, quedando en que lo traerían a esa dirección a partir de las tres de la tarde.
—Macho, ya se te podía haber ocurrido comprarles a los niños algo que ya viniera montado.
—No seas más protestón, Kike, si, al final, estás disfrutando montándolo más que los niños.
—Claro, claro, porque mi afición secreta era ser el presentador de Bricomanía, no te jode, el tío.
Ver a mi hermano así, tan cercano, tan familiar, me hizo pensar en cómo sería yo si estuviera casado y tuviera hijos y, por primera vez en mi vida, no me pareció una locura. Eso sí, siempre y cuando fuera con Adriana, no con otra mujer.