Capítulo 13
Adriana
Al final me animé y, después de ir al supermercado a comprar algo para esos días, me decidí a ir a la Plaza Mayor, donde se centraban todos los actos de la fiesta del pueblo.
No vayáis a pensar que me puse como si fuera a una recepción real, porque nada más lejos de la realidad, y eso que en el pueblo todas las mujeres se arreglaban en demasía.
Laura me había traído un vestido, ese que me dijo que tenía hasta la etiqueta. Era de color negro, estrecho y de escote cruzado, y me hacía una figura preciosa.
Me llegaba justo por debajo de la rodilla y, con los tacones que había llevado a la comida y mi chaqueta blanca, me quedaba precioso.
Me recogí el pelo en una coleta alta y me apliqué la máscara de pestañas y el brillo labial que tenía en el bolso, porque ni siquiera había cogido mi neceser.
Laura quedó en venir a buscarme, ya que le dije que iba a ir. Su marido se iría para la Plaza Mayor con su hijo.
—¿Estás lista ya?
—Sí, cojo el bolso y nos podemos ir.
—Te lo dije, el vestido te iba a quedar de muerte. No dudes de que hoy te saldrá un ligue…
—Claro, para ligues estoy yo.
—No te quiero presionar, pero, si necesitas hablar, quiero que sepas que aquí estoy.
—Lo sé. Lo mismo, cuando me tome dos copas, se me suelta la lengua.
—Pues nada, si veo que hablas más de la cuenta o que subes de tono, yo me encargo de callarte.
—Te lo agradecería mucho, lo prometo.
Ambas empezamos a reírnos e, inexplicablemente, me sentí bien. Era como si la mochila pesada que llevaba sobre mis hombros se hubiera diluido.
Pensé que no debía dejar pasar mucho más tiempo entre esa vez y la próxima que viniera. El primer paso, el complicado, ya lo había dado, que era venir sin mi abuela.
Habíamos pasado tantos buenos ratos en este pueblo, tantos veranos y Navidades, las dos solas, que me daba mucha pena venir a esta casa sin ella.
Fuimos dando un paseo hasta la Plaza Mayor, donde ya estaba tocando una orquesta música de los ochenta y noventa, que era mi preferida.
—Venga, vamos a bailar —me dijo Laura.
—Espera, mujer, vamos a pedir antes una copa, que hacer eso es como tirarte a la piscina sin tener el bañador puesto.
—Mira, ahí está mi marido con mi hijo.
Nos acercamos y saludé a Pedro, al que también conocía de toda la vida, y a su pequeño Mario, que estaba en su sillita, jugando con uno de sus juguetes y ajeno a todo lo que lo rodeaba.
El niño tenía ocho meses y era una preciosidad. Moreno, como sus padres, y con unos ojos verdes que se le salían de la cara de grandes y expresivos que eran.
—¡Cuánto tiempo, Adriana! ¿Qué te ha traído de nuevo por estos lares? —me preguntó Pedro, dándome dos besos.
—Ya ves, sí que hacía tiempo. Pues que necesitaba un cambio de aires, y he aprovechado el puente para hacerlo.
—Pues has venido en los días idóneos. Aunque, claro, seguro que tú ya lo sabías de cuando venías con tu abuela.
—Siendo sincera, ni me había acordado de que eran las fiestas del pueblo, pero me ha venido muy bien.
Nos pedimos unas cervezas, pues no habíamos comido nada y no quería terminar danzando con un embudo en la cabeza por la tajada que tendría si me tomaba una copa con el estómago vacío.
Pedro nos dijo que ya había pedido mesa para cenar y que estaba esperando a que se quedara una libre.
El camarero nos avisó pocos minutos después y nos hizo pasar a uno de los salones, concretamente el que tenían en el patio, al aire libre y con un jardín en el que se estaba estupendamente.
Dejé que el marido de mi amiga pidiera para todos, y lo hizo a base de raciones que compartiríamos, menos Mario, al que su madre le había traído su potito de buenas noches.
—Este, en cuanto se coma el potito, está dormido —me dijo Laura.
—¿Y no se despertará con la música o el ruido?
—Para nada. Una vez que coge el sueño, ya no hay niño hasta por la mañana.
—Joder, pues eso es una suerte. Tengo yo una compañera de trabajo que tiene a su hija ya con dos años y todavía no sabe lo que es dormir una noche completa.
—Pues nosotros, en cuanto cumplió la cuarentena, toda la noche del tirón —dijo Pedro.
Efectivamente, en cuanto su madre le dio la cena, le cambió el pañal, y él mismo hizo gestos para que le echaran hacia atrás el respaldo del cochecito.
Nos pusimos a cenar entre anécdotas de cuando éramos pequeños, así que las risas estuvieron aseguradas.
—¿Os acordáis cuando me dio por cortarme el pelo como la niña del Coco Guagua? —preguntó Laura.
—¿Cómo no nos vamos a acordar, si los gritos de tu padre se escuchaban desde el otro lado del pueblo? —contestó su marido.
—Joder, Laura, es que ese día te pasaste. Mira que ir a la peluquería sola y engañar a la peluquera…
—Yo no la engañé, se lo había dicho a mi madre antes.
—Claro, cuando estaba metida en la ducha, que no se enteró y te dijo que sí como a las locas.
La historia de ese día fue la siguiente. Su madre, que ya estaba un poquito harta de que Laura no se portara bien, encontró un vinilo de cuando ella era pequeña.
El disco era de un grupo infantil que se llamaba Enrique y Ana, y tenía una canción que a mi amiga le encantaba, el Coco Guagua.
En cuanto vio a la niña en la portada del vinilo, dijo que ella quería cortarse el pelo como ella. Lo intentó con su padre, que se negó en rotundo, mientras que su madre, para callarle la boca, le dijo: “Bueno, ya veremos”.
Laura se empeñó en que tenía que ser ese día, porque su padre se había ido a trabajar y no vendría hasta por la noche.
A todo esto, tengo que decir que mi amiga tenía una melena preciosa, que le llegaba a la altura del trasero.
Aprovechó que su madre estaba en la ducha y se acercó a la puerta a preguntarle si la dejaba ir a la peluquería a cortarse el pelo como a ella le gustaba.
Su madre, que no se había enterado de nada, le dijo que sí, pero que la dejara ducharse tranquilamente, pensando que la niña le había dicho que se iba a la calle conmigo o con cualquiera de las otras niñas del pueblo.
La peluquera, confiando en su palabra, le cortó el pelo como ella quiso, pero el resultado no fue el esperado.
Para que os pongáis en situación, mi amiga tenía muchísima cantidad de pelo, además de que lo tenía muy grueso y, al cortarlo de ese modo, parecía que llevaba puesto un casco.
—Tía, es que fue como si te hubieran puesto una olla en la cabeza y hubieran cortado todo el pelo que sobresalía.
—No me quedó tan mal, chica.
—¡No, qué va! A tu padre casi le da un infarto cuando te vio.
—Porque es igual de exagerado que tú.
Nos reímos muchísimo, porque las anécdotas se sucedieron unas tras otras y es que, en realidad, éramos dos trastos de pequeñas.
—Menos mal que mi hijo no ha salido a mí, que yo, con esa edad, ya apuntaba maneras.
—No escupas para arriba, que te puede caer encima, amor —le dijo Pedro, sin parar de reír.
Después de cenar, ahora sí, ya era el momento de tomarnos esa copita y de echar esos bailes que nos habíamos prometido.
—Laura, yo me tomo una copa y me marcho a casa, que estoy rendido hoy.
—Yo, si no te importa, me quedo con Adriana un rato más.
—Para nada, disfruta. Así, mañana, cuando Mario se despierte, yo ya habré dormido las horas suficientes para bregar con él hasta que tú te levantes.
—No te puedo querer más, de verdad, a pesar de que ahora las chismosas del pueblo me pondrán verde.
—¿Todavía siguen igual?
—Chica, peor. Porque ahora tenemos a las ancianas, a sus hijas y a sus nietas, que son todavía más chismosas que las mayores.
—Joder, no te quiero poner en un compromiso, Laura. Al fin y al cabo, yo me marcho el domingo, pero tú tienes que quedarte aquí…
—No me pones en un compromiso, Adriana, más bien todo lo contrario, porque me vas a sacar un poquito de la rutina.
Ni diez minutos después, ya estábamos nosotras bailando, rodeadas de todas las mujeres del pueblo, que no nos quitaban el ojo de encima.
—Mira qué morenazo está en aquella esquina de la plaza. Yo no, porque a mi Pedro no lo cambio por nada, pero me gusta para ti, y no te quita el ojo.
—No estoy para hombres, te lo aseguro.
—Chica, que es un polvo, no te tienes que casar con él.
—Uy, la última vez que me dijeron eso e hice caso, terminé muy mal, así que, una y no más, Santo Tomás.
Giré la cabeza y era cierto, había un hombre de unos treinta y cinco años, guapísimo, que nos miraba sin apartar la vista.
Por un momento me lo llegué a plantear, acostarme con él, porque a mi mente vinieron imágenes de Andrés con Amanda durante la comida, cuando ambos se estaban comiendo con los ojos.
En ese momento, seguro que él se estaba acostando con ella, y eso me hizo hervir la sangre.
Pero luego pensé que no podía actuar por despecho, o me arrepentiría durante toda la vida, así que continué bailando y me di la vuelta.
Tanto Laura como yo estuvimos bailando y riendo hasta que se retiró la orquesta, momento en el que decidimos volvernos a casa.
—Gracias, Laura.
—¿Gracias por qué?
—Por hacerme pasar una noche en la que me he olvidado de todo, hasta del motivo por el que he venido hasta aquí.
—Amiga, te veo muy dolida, y no me tienes que agradecer nada.
No quise guardarme nada, así que le conté a Laura todo lo que me había pasado, desde mi historia con Santi, mi ex, hasta el punto en el que me encontraba ahora y lo que me había sucedido con Andrés.
—Adriana, tú vales mucho, no dejes que nada ni nadie apague tu luz.
—Eso intento, Laura, pero hay veces en las que no lo consigo.
—El corazón tiene razones que la razón no entiende, así que deja que la vida siga su curso y que el tiempo te demuestre todo.
—Ya, pero no puedo consentir que nadie me pisotee.
—Eso, por supuesto. Evítalo, amiga, ten con él una relación estrictamente profesional.
—Sí, para eso he venido aquí, para coger fuerzas y hacer justo eso que me estás diciendo.
Ese fin de semana fue uno de los mejores de mi vida, y pensé que, al siguiente, ya con todo más organizado y con la cabeza un poco más tranquila, volvería al pueblo.
Al final, Camila pasaría esos días con Lucas y a mí no me apetecía encerrarme en casa, porque entonces mi cabeza no pararía de dar vueltas, sobre todo pensando en lo que estaría haciendo Andrés en ese momento.
Me despedí de Laura y le indiqué que no me desenchufara la nevera, que la había dejado llena, porque, al final, todos esos días habíamos comido en la calle.