Capítulo 12
Andrés
No quería presionarla, pero aquello no iba a quedar así. Por supuesto, mi plan inicial de irme con Amanda, después de lo que me había dicho Adriana, quedaba completamente descartado.
—Bueno, ¿qué, nos vamos ya a tu casa?
—Yo sí, tú puedes ir adonde te dé la gana.
—¿No me lo estarás diciendo en serio?
—Por supuesto que sí, no me gustan las medias tintas, mucho menos con las mujeres.
—¿Eres de los que calientan la comida que no se van a comer?
—Lo mismo es que he calentado lasaña cuando tenía una langosta en la nevera.
—Solo te digo que te vas a arrepentir…
—¿Me estás amenazando, Amanda?
—No, simplemente te estoy diciendo lo que va a pasar. La pavisosa de Adriana no tiene el mismo fuego que tengo yo en la cama, te lo puedo asegurar.
—Ni que yo tuviera complejo de bombero. Además, qué sabrás tú cómo es Adriana en la cama…
—Tiene que ser muy buena, a juzgar por el regalo que le ha hecho tu hermano, pero, bueno, no me llega ni a la suela del zapato.
—No se te ocurra insinuar eso nunca más, o tendrá consecuencias.
—¿Me vas a pegar?
—Si fueras un tío, ya te habría partido la cara, pero no van por ahí los tiros.
—Vamos, me vas a decir que el regalo se lo ha hecho por su trabajo, si ni siquiera ha acertado con los premios de los empleados…
—¿Perdona?
—El listado de los empleados. No me creo que yo no esté entre ellos. Pero claro, lo habrá cambiado por algún nombre de esos que a ella le caen bien.
—Para tu información, el listado lo ha hecho mi hermano, ella no ha tenido nada que ver.
—Mejor me lo pones. No va a darle un premio a alguien a quien su amante no soporta y arriesgarse a que ella se enfade y se vaya de la lengua…
—¿En qué idioma tengo que decirte que Adriana y mi hermano no están liados?
—Eso es lo que piensas tú, yo soy libre de pensar lo que me dé la gana.
—Sí, siempre y cuando no hagas daño a los demás al verbalizarlo.
—¿Te hace daño escuchar esto?
—A mí, no. Pero mi cuñada es para mí como una hermana, y con tu maldad y tus mentiras podrías hacer tambalear su matrimonio.
—Mira, está claro que estás cegado, así que mejor me marcho y me busco a alguien que me sepa satisfacer como tú no has sabido.
—Sí, será mejor que te quites de delante de mi vista…
La dejé en la puerta porque, por mucho que me negara a reconocer que una parte de mí la creía, por mucho que dijera que ese comentario no me había hecho daño, sí me lo había hecho.
No era de andarme por las ramas, por eso, lo mejor en estos casos era ir directamente a la fuente del conflicto, y eso hice.
—Kike, ¿podemos hablar?
—Sí, claro. ¿Qué te ocurre?
—En privado, por favor.
—Vamos, iremos al otro salón, que está vacío.
No quería que mi cuñada se enterara. Si era cierto que mi hermano se había acostado con Adriana, no dudaría en guardarle el secreto, pero también le pediría que fuera él quien hablara con su mujer y tomara una decisión.
—Dime, Andrés. ¿En qué puedo ayudarte?
—Te voy a preguntar algo, pero quiero que seas completamente sincero, por favor.
—Me estás asustando, ¿qué quieres preguntarme? No des rodeos, por favor, no es tu estilo.
—¿Te has acostado con Adriana?
—¿Perdona? Creo que no te he oído bien.
—Pues he sido muy clarito.
—Mira, no te parto la cara porque tendría que dar muchas explicaciones, pero no te voy a permitir determinadas licencias, por muy hermano mío que seas.
—¿Tan difícil es decirme sí o no?
—No tengo que darte explicaciones, ni a ti ni a nadie. En todo caso, a mi mujer, pero te diré la verdad. Nunca he tenido contacto con Adriana más allá de lo laboral, así que no vuelvas ni siquiera a insinuarlo.
—Gracias, pero es lo que me ha dicho Amanda y, siendo sincero, no sabía qué pensar.
—¿Amanda ha insinuado eso?
—No lo ha insinuado, lo ha afirmado, rotunda y contundentemente.
—Pues no es cierto, y no pienso permitir que se manche mi nombre ni el de Adriana. Por favor, si hasta esta misma tarde me ha estado llamando de usted y don Enrique.
—Lo sé, no tiene ni pies ni cabeza, pero algo me ha dicho que tenía que preguntártelo.
—Y, en cierto modo, te lo agradezco, porque así sé a qué atenerme, sobre todo con esa mujer.
—Gracias, Kike.
—De nada, Andrés. Y, permíteme un consejo, no hagas más el tonto y ve a buscar a esa mujer, porque no podrás encontrar otra mejor para compartir tu vida.
—Hermano, me parece que estás corriendo un poquito, ¿no te parece?
—No, no me parece, porque te lo veo en los ojos. Y te adivino una cosa, apostaría mi mano y estoy seguro de que no la voy a perder.
—A ver, Aramis Fuster, ¿qué me vas a adivinar?
—Que ahora pocos serán los días en los que no vayas a trabajar a la oficina.
—En eso te tengo que dar la razón, porque ahora tengo una motivación que en Londres no tenía.
Mi hermano empezó a reír. Últimamente lo veía más relajado, no sé. Lo mismo era que, conmigo aquí, ya podía aflojar un poco con el tema del trabajo.
Volvimos al salón, donde ya tan solo quedaban mis padres y mi cuñada, que estaban tomándose una copa con total tranquilidad. Incluso la música se había apagado.
—¿Todo bien, amor? —le preguntó mi cuñada.
—Perfecto, pero, antes de que te enteres por cualquier comentario malintencionado, prefiero contártelo yo.
—Me estás asustando, Kike. ¿Es algo que tenga que ver con la empresa?
—Sí y no. Verás…
Mi hermano le explicó a Amelia todo lo que habíamos hablado en el otro salón; mientras, tanto mis padres como ella iban alternando la mirada de uno a otro.
—Creo que sobra decir que todo es mentira.
—Por supuesto que todo es mentira. La persona que ha dicho eso, o es una envidiosa de cuidado, o no conoce bien a Adriana —dijo mi padre, indignado.
—Lo que ha pasado es que ha puesto el ojo en tu hijo pequeño, papá, y él está interesado en Adriana. Ha levantado ese bulo y esa calumnia para molestarlo…
—Pues que le diga otra cosa, coño, que yo no tengo por qué ir rezando por ahí como cornuda —protestó mi cuñada.
—No te preocupes, amor, que no voy a dejar que esto vaya a más. El lunes, en cuanto entre en las oficinas, la llamaré a mi despacho y le cantaré las cuarenta.
—Eso espero, porque no es justo, ni para Adriana, que te habló siempre con el mayor de los respetos, ni para mí, que soy tu mujer.
Mi madre continuaba callada, como si en su cabeza se estuviera maquinando algo que no nos iba a gustar.
—Creo que esa mujer no es buena persona, tiene malos sentimientos y alguien así no tiene cabida en esta empresa.
—Eso mismo he pensado yo. Adriana ha estado en el puesto de mi asistente durante dos años, antes de estar con tu hermano, y jamás la he visto tontear con nadie de la empresa, mucho menos apuntar a tu hermano.
—Además, cuando me conoció, me dijo que mi hermano era un sieso cuando se enfadaba o las cosas no se hacían como él quería. No creo que hablara así de alguien con quien tuviera algo.
—Hermanito, ya nos ha quedado claro lo que Adriana pensaba de mí, no hace falta que hagas sangre, querido.
Todos soltamos una carcajada, puesto que no nos esperábamos esa respuesta de mi hermano. Definitivamente, estar cerca de mí le estaba sentando bien, como que estaba mucho más relajado.
Todavía no habíamos hablado de nada del trabajo, pero el lunes estaría allí a las ocho en punto, como un reloj, delante de la puerta del despacho de mi hermano, y así, también, estaría cerquita de Adriana.
Serían cuatro días interminables, que no creía que pudiera aguantar, pero siempre tenía el comodín de Camila, que sabía dónde vivía y que tenía claro que me iba a ayudar.
Me despedí de todos y me fui hasta mi casa dando un paseo. No me gustaba coger el coche y, siempre que la distancia me lo permitía, solía ir andando a todas partes.
Por primera vez, mi casa me pareció demasiado grande, demasiado vacía, y la soledad se apoderó de mí.
No me lo pensé y llamé a Lucas, pues sabía que Camila estaba con él, y necesitaba saber dónde vivía Adriana.
—Camila…
—Uy, cuando me dices mi nombre de ese modo, algo malo me vas a pedir.
—Necesito que me des la dirección de Adriana, tengo que hablar con ella, y tiene que ser ya.
—Te la voy a dar, pero no le dirás nunca, jamás en la vida, que he sido yo, o me colgará del árbol que tiene en su jardín.
—No te preocupes, que nunca sabrá que has sido tú.
Camila me envió un mensaje de WhatsApp con el domicilio, y ni siquiera me cambié de ropa. Salí de allí tal y como había entrado. No quería dejar pasar más tiempo ni que pensara lo que no era.