Capítulo 11
Adriana
Ahora sí que no me creía nada de lo que me habían dicho, ni su hermano ni su cuñada, mucho menos sus palabras.
—Camila, yo me marcho ya, de verdad que no me apetece seguir aquí.
—Vamos, Adriana, no te puedes amargar así por alguien como Andrés.
—¿Qué quieres decir con eso?
—Pues que, cuando te liaste con él, ya sabías cómo era y de qué pie cojeaba. Además, tú misma has dicho que tampoco querías nada serio con nadie.
—Ya, pero una cosa es decir eso y otra muy diferente es permitir que te traten como si fueras una muñeca hinchable.
—Creo que estás sacando las cosas de quicio, Adriana.
—Bueno, pues a lo mejor lo estoy haciendo, pero, como es mi vida y son mis sentimientos, yo decido cómo y cuándo dejo entrar a alguien en ella.
La dejé con la palabra en la boca y me fui de allí. Por suerte, mi bolso y mi chaqueta estaban en una de las mesas que tenía cerca, así que no tuve que perder mucho tiempo.
Antes de llegar a la puerta, me fijé en que Andrés estaba hablando con su hermano y su cuñada, mientras Amanda lo esperaba ya fuera de ese salón.
—Adriana…
—Amanda…
—Chica, no veas cómo me pone ese hombre. Estoy deseando llegar a su casa y que me demuestre cómo baila en la cama, porque en la pista… ¡Uf!
—Me parece muy bien. Ahora, si me perdonas, tengo que marcharme, me están esperando.
—Pues nada, hija, adiós. Que te lo pases tan bien como yo pienso hacerlo este fin de semana.
Madre mía de mi alma, lo que me había mordido la lengua para no contestarle lo que estaba pensando.
Estaba abriendo la puerta de mi coche cuando alguien la cerró de golpe y casi me coge los dedos con ella.
—¿Se puede saber lo que…?
No me dio tiempo a terminar la pregunta, pues era Andrés el que estaba allí, y me besó como tan solo él sabía.
Tal y como le había dicho a Camila, no iba a permitir que me utilizara, que me cogiera a su antojo y me abandonara en cuanto ya hubiera saciado su necesidad.
En cuanto se separó de mí, le di una bofetada que lo dejó desconcertado e intenté meterme en el coche, no sin antes decirle cuatro cositas.
—No pienso saciar lo que han provocado las demás, no soy una prostituta ni una muñeca hinchable.
—Todavía no te has dado cuenta de que la única que me provoca eres tú, por lo que veo.
No fue una pregunta, fue una afirmación, pero no le contesté. No podía, pues tenía un nudo en la garganta que casi me impedía pensar en nada que no fuera salir huyendo.
Maldita la hora en la que este hombre se cruzó en mi camino. Maldita la hora en la que Camila me convenció para ir a la cena y, sobre todo, maldita la hora en la que decidí pasar la noche con él.
Andrés, al ver que no decía nada, lejos de acercarse para intentar convencerme, se alejó de mí.
Lo vi entrar de nuevo en el restaurante y supe que había ido a buscar a Amanda, y que pasaría el fin de semana con ella, por mucho que me doliera.
¿Qué hice? ¿Encerrarme en mi casa? Para nada. Lo primero fue apagar el móvil, porque no quería que nadie me molestara, preguntara ni opinara sobre nada.
A continuación, puse rumbo a la sierra. Mi abuela tenía una casita en un pueblo de montaña, a poco más de una hora de la ciudad desde la que acababa de salir.
Llevaba años cerrada, y no sabía lo que me iba a encontrar cuando llegara, pero me daba igual. Así se pudieran sembrar patatas en el polvo de los muebles, yo necesitaba huir de allí.
Iba con lo puesto, pero recordaba que, en los armarios, mi abuela había dejado ropa de estar por casa, y esperaba que siguiera allí y pudiera aprovechar alguna prenda.
En caso de que no encontrara nada que me valiera, siempre podría comprar algo al llegar, pues no serían más de las siete de la tarde y aún tendría margen.
Las llaves las tenía una de las vecinas, hija de una antigua amiga de mi abuela, así que, en cuanto llegué al pueblo, fui directa a buscarla.
—Buenas tardes, Laura.
—¡Adriana! ¡Cuánto tiempo sin verte!
Nos dimos un abrazo, pues, cuando éramos niñas y veníamos aquí a veranear, éramos grandes amigas.
Con el tiempo, nuestras vidas fueron distanciándose y, desde que falleció mi abuela, no había vuelto a pasar por aquí.
Mi madre me dejó con ella cuando yo tenía cinco años. Se suponía que se marchaba a trabajar al extranjero para poder darme todo lo que necesitaba y asegurarme un futuro mejor, pero no fue así.
Era madre soltera. Mi padre nunca supo nada de mí, puesto que era un turista al que conoció durante la feria y al que no tenía manera de localizar.
Al principio, llamaba cada semana y enviaba dinero una vez al mes. Después, esas llamadas se fueron espaciando cada vez más, al igual que las cantidades que mandaba.
Después de dos años, en la última llamada, nos dejó claro que no volvería a ponerse en contacto con nosotras ni enviaría más dinero, porque ella tenía derecho a rehacer su vida y a no cargar con una niña que no había deseado nunca.
Mi abuela se encargó de que yo no echara de menos nada, ni el cariño de una madre ni cualquier cosa material, hasta que una enfermedad me la quitó de golpe.
Pero bueno, eso no tiene nada que ver con lo que os estaba contando, que se me va el santo al cielo y luego no hay quien me traiga de vuelta. Continúo.
Laura se había encargado de que la casa estuviera limpia, pues decía que, si no se hacía, terminaría echándose a perder.
—Laura, ¿recuerdas si mi abuela dejó ropa aquí?
—La ropa la tiramos toda, pues estaba apolillada de estar en el armario, sin ventilación.
—Pues estoy jodida. ¿Dónde podría encontrar algo cómodo para pasar el fin de semana?
—Hija, no te preocupes por eso. Ambas tenemos la misma talla, ahora te traigo ropa. Pero, cuéntame, ¿qué estás haciendo aquí?
—Si te digo la verdad, no lo sé. Es como si necesitara escapar y perderme, y pensé en venir aquí.
—Pues vamos, y así enchufas la nevera, porque la tienes desconectada. Si me lo hubieras dicho con tiempo, la habría puesto en marcha antes para que estuviera lista.
—Ni yo misma lo sabía, ha sido todo muy repentino.
Laura se enganchó a mi brazo y, juntas, emprendimos el camino hasta la casa de mi abuela.
No pensaba que estuviera en tan buen estado; incluso la fachada estaba recién pintada y se veía mucho más cuidada de lo que recordaba.
—Laura, esto te ha costado un buen dinero. Me tienes que decir lo que te debo, porque una cosa es que cuides la casa y otra muy distinta es que te cueste a ti los cuartos.
—Anda ya, si lo hizo mi marido con la pintura que sobró de pintar la nuestra.
Sabía que me estaba mintiendo, porque su casa era mucho más grande que esta, así que no le podía haber sobrado tanto.
Anoté mentalmente hacerle un buen regalo económico cuando me marchara el domingo.
Me contó que se había casado hacía tres años y que tenía un niño, al que pensaba conocer antes de marcharme.
Yo le expliqué que terminé mi carrera y que continuaba soltera. No me salió contarle mi historia con Santi, pues sentía vergüenza de lo idiota que había sido.
Al entrar, estaba todo en perfecto estado de revista, y no se veía una mota de polvo por ninguna parte.
—Mientras te instalas, voy a traerte algo de ropa, y así podrás ir al supermercado, pues no tienes nada en la nevera y mañana está todo cerrado.
—Es cierto, se me había olvidado que son las fiestas del pueblo.
—Sí, y deberías venir esta noche, ya sabes que tenemos música en la plaza mayor.
—La verdad es que no me apetece mucho, pero ya veremos.
—Bueno, por si acaso, te traigo un vestido que te tiene que quedar de muerte. A mí, desde que tuve al niño, se me quedó la barriga un poco flácida.
—Anda ya, si tienes una tableta de chocolate en los abdominales.
—Sí, lo que ocurre es que el chocolate se ha derretido.
Ambas soltamos una carcajada, pues me había imaginado la situación y me hizo muchísima gracia.
Laura salió de mi casa y fue corriendo a la suya. Volvió diez minutos después cargada de ropa y hasta con bragas sin estrenar.
—Hija, esto lo podía haber comprado en el supermercado.
—Si te pones unas bragas del súper, no te va a hacer falta que te haga la depilación láser en el triángulo, te vas a arrancar los pelos tú sola de lo que te va a picar.
—¿Por qué eres tan brutísima, Laura?
—Será porque estoy rodeada de animales todo el día, chica.
Laura era veterinaria y una de las personas más simpáticas que había conocido en mi vida.