El amor y la madre que lo parió Capítulo 10
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Capítulo 10

Andrés

Había decidido que no me iba a quedar de brazos cruzados. No es que le fuera a pedir matrimonio, porque no creía en el amor, pero sí que iba a intentar que volviéramos a disfrutar de una noche como la que tuvimos.

Estaba pensando en la manera de hacer que cayera de nuevo en mis redes, cuando mi hermano se acercó a mí.

—¿Se puede saber qué le has hecho a Adriana?

—Nada, ¿qué le voy a hacer?

— Tú sabrás, pero está claro que no te es indiferente, lo mismo que tú tampoco lo eres para ella.

—¿En serio te tengo que contar mi vida en este momento?

—A él, no, pero a mí sí —dijo mi cuñada, que había llegado y se cogió del brazo de mi hermano.

—A ti sí… ¿por qué? —preguntó mi hermano.

—Porque no sería la primera vez que me cuenta un problema o me pide consejo sentimental.

—Mujer, tanto como sentimental… A ver si se va a pensar mi hermano ahora que soy una nenaza.

—Me preocupa más que seas un insensible que una nenaza. Así que habla de una puta vez.

Nos apartamos los tres a una esquina, donde le conté todo lo que había pasado entre Adriana y yo, sin dejarme nada en el tintero.

Era la primera vez que me abría en canal con mi hermano, no así con mi cuñada, con la que había tenido muchísimas charlas.

—¿Por qué te niegas a reconocer que te has enamorado? —me preguntó mi hermano.

—Porque no lo he hecho, no me ha dado tiempo.

—El amor no es cuestión de tiempo, Andrés. Hay amores que se forman después de años de amistad, de complicidad y de un poco a poco que te va atrapando sin darte cuenta… —dijo mi hermano.

—Pero también hay otros que te cogen por sorpresa, que aparecen y, con dos palabras, te roban el corazón, y eso es lo que te ha pasado con Adriana —dijo mi cuñada.

—Es que no ha sido así. No negaré que me gusta y que me divierte mucho estar con ella, picarla, pero de ahí a llamarlo amor… me parece que hay una diferencia muy grande.

—Tú di lo que te dé la gana, pero esa mujer se ha apoderado de tu corazón y, cuando te quieras dar cuenta, ya la habrás perdido.

—Hermano, pues si la he perdido, será porque a ella tampoco le intereso en ese sentido.

—¿Se puede ser más cabezón que tú? —preguntó mi cuñada, medio desesperada.

—No es cabezonería, te juro que no. Es, simplemente, que estoy a gusto como estoy y no tengo intención de cambiar mi vida.

—Pues nada, ve comprándote diez o doce gatos para que te hagan compañía cuando te hagas viejecito.

—Déjalo, Amelia, todo lo hace por no hacer lo que mi madre quiere. Es como un adolescente de quince años, pero con treinta y dos. Ya se dará cuenta por sí mismo.

Mientras yo estaba hablando con mi hermano y mi cuñada, vi que Adriana bailaba con mi padre una canción melódica, y no me lo pensé.

Ya no quise escuchar más a esos dos, estaba harto de charlas de moralidad y de consejos sobre cómo llevar mi vida y, por eso, los dejé con la palabra en la boca y saqué a bailar a mi madre.

—¿Qué pretendes, Andresito?

—¿Por qué tengo que pretender algo?

—Pues muy sencillo, porque tú no das puntada sin hilo. Soy tu madre, hijo, y te conozco mejor que nadie.

—Vaaaleeee. Está bien, aceptamos pulpo como animal de compañía.

—¿Qué dices de pulpo ahora? No me digas que todavía tienes hambre.

Mi madre era así, una despistada total, igual que mi padre. A veces me preguntaba cómo habían sido capaces de llevar la empresa al lugar en el que estaba y, mucho más importante, cómo habían tenido dos hijos.

—Tú sígueme el juego, mamá.

—Ay, que mi niño por fin va a sentar la cabeza.

—No, mamá, con la cabeza no se sienta uno, se sienta con el culete.

Mi madre me dio una colleja que me hizo soltar una carcajada, pero que no apartó de mi cabeza la idea que tenía.

Estaba sonando una especie de balada lenta, así que cogí a mi madre y me puse a bailar con ella, hasta que llegamos al lugar exacto en el que mi padre lo hacía con Adriana.

—Cambio de parejas —dijo mi madre.

—¿Perdón? —preguntó Adriana, desconcertada.

—Que cambiamos de pareja, yo con mi marido y tú con mi hijo. Así aprovecháis y vais hablando.

No le dio opción a decir que no, cogió a mi padre y se puso a bailar con él, y yo, aprovechando su desconcierto, tomé a Adriana por la mano y la acerqué a mí.

—¿Te han dicho ya que estás preciosa?

—No me hagas la pelota, hazme el favor.

—No te la estoy haciendo. Ya puestos, te haría cosas mejores.

—En tus sueños, a lo mejor.

—Eso me dijiste la última vez que nos vimos, y acuérdate de cómo terminamos.

—Claro que me acuerdo, terminé sola en una cama, como si fuera una prostituta.

—No puedes pensar eso en serio. Yo creo que jamás te traté como tal.

—¿Qué términos utilizarías tú si, después de pasar la noche con una persona, esta se marchara sin decirte ni siquiera adiós?

—Pues te pido perdón, porque jamás pensé que pudieras sentirte así.

—Ya, pero esa disculpa llega a destiempo. Aunque, por la relación laboral que nos une, prefiero olvidar lo que pasó esa noche.

—Yo no quiero, ni puedo, olvidarla, Adriana.

—Hijo, pues vas a tener que hacer un esfuerzo, porque yo no me pienso acostar contigo nunca más.

—Nunca digas nunca, jamás.

—Oh, por supuesto que lo digo. Eso no volverá a pasar jamás.

No quise seguir insistiendo, pero tampoco podía obviar que sus palabras no me habían sentado nada bien.

Quizás fuera porque me había dado de lleno en el centro de mi orgullo o porque, tal y como me habían dicho mi hermano y mi cuñada, empezaba a tener sentimientos por ella, pero me dolió, y mucho.

En cuanto terminó la canción, intentó separarse de mí, pero la frené. Tenía que pedirle disculpas de nuevo.

—Lo siento de verdad, Adriana, y me gustaría que empezáramos de cero.

—Yo no tengo que empezar nada contigo, ni de cero ni de diez. Ve con Amanda, que te está comiendo con los ojos, como tú antes a ella.

No me dio tiempo a decirle que a mí la única que me interesaba era ella, para comérmela con los ojos y con lo que no son los ojos, porque salió pitando de allí.

Tampoco me dio tiempo a reaccionar cuando, después de empezar a sonar una canción de salsa, Amanda me cogió de las manos y se puso a bailar delante de mí.

—Venga, Andrés, que no se diga que no sabes bailar.

—Es que, de verdad, no me apetece.

—Una sola canción y ya te dejo tranquilo. Te aseguro que no te vas a arrepentir.

Me vi un poquito comprometido, así que no tuve más opción que ponerme a bailar con ella.

Lo cierto es que la música corría por mis venas, y era escuchar salsa y ponerme a bailar como yo sabía, porque no sabía hacerlo de otra manera.

—Dicen que el hombre que baila bien folla aún mejor, y tú bailas para ponerte un piso.

—Lo siento, pero el piso ya lo tengo, tendrás que pensar en otra cosa.

—Pues, si ya tienes el piso, ¿qué te parece si nos vamos y me lo enseñas?

Sí, la carne es débil y yo era un cordero lechal, por lo que ni me lo pensé. Total, Adriana me había dicho que, entre nosotros, no volvería a pasar nada. ¿Qué tenía que hacer, meterme a monje?

No tenía intención de decir ni adiós, pero mi hermano, que me vio, se acercó a mí, frenándome en el acto.

—Andrés, no hagas una tontería, por favor.

—¿Qué tontería se supone que estoy haciendo ahora?

—Llevarte a la cama a Amanda. No es la mujer que necesitas.

—Claro, porque la que necesito a mi lado es Adriana, ¿no?

—Precisamente por eso, porque es la mujer que te mereces y la que te sabrá llevar por buen camino.

—Y por eso me ha dicho que, entre nosotros, no va a pasar nada más. ¿Busco ya convento o lo buscas tú?

—Eso es lo que tienes que demostrarle, que la única mujer que te interesa es ella. ¿Crees que se lo va a creer viéndote salir de aquí con Amanda?

—Me da igual lo que crea o deje de creer. Es mi vida y no pienso dejar que nadie me la maneje.

—Pues empieza por las mujeres que te llevas a la cama, esas son las que te están manipulando a su antojo.

Giré la cabeza y la vi ahí, mirándome con una mezcla de rabia y dolor que no entendía, pues había sido ella la que me había dicho que no quería estar conmigo.