El amor y la madre que lo parió Capítulo 9
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Capítulo 9

Adriana

Cuando me giré, después de que don Enrique me presentara a su hermano, que empezaría a trabajar con nosotros en unos días, me quería morir.

No me lo podía creer. ¿Se podía tener peor suerte que yo? ¿Se podía ser más gafe? Ya os lo digo yo, ¡NO!

Encima, con toda su poca vergüenza, se atrevió a decir en voz alta lo que yo le había contado de su hermano, sin saber quién era, por supuesto.

Os juro que quise marcharme de inmediato, pero el señor Serrano me pidió que no lo hiciera, incluso don Enrique, así que no me marché, pero me senté en el extremo opuesto de la mesa en la que estaba sentado Andrés.

Camila, que también estaba invitada a la comida como empleada, se sentó junto a mí y me cogió la mano.

—Amiga, tranquila, que caerá por su propio peso.

—¿Qué peso, Camila? Si alguien tiene que caer, esa voy a ser yo. No olvides que él es el hijo del dueño de la empresa.

—¿Y? La que no se tiene que olvidar de lo que vale eres tú.

—Míralo, si encima se está comiendo a Amanda con los ojos.

—¿No has pensado que puede estar intentando darte celos?

—¿Celos? ¿A mí? Como si me importara y, mejor, como si yo le importara a él.

—Pues yo pienso que está más que interesado en ti. Lo que no está es dispuesto a perder su libertad y su soltería.

—Vamos, ni que yo le hubiera pedido que se quedara a mi lado. Lo único que pedía era un poquito de educación.

Lo escuché soltar una carcajada y, de verdad os prometo, me estaba sentando mal la comida.

No podía tener más ganas de que terminara todo esto de una puta vez, y todavía nos quedaban las copas y los premios.

Por suerte, al día siguiente era festivo, y podría quedarme todo el día en casa, con el pijama puesto y comiendo porquerías. Ojalá estuviera lloviendo, porque me encantaban los días así y ver las gotas mientras caían por el cristal.

Intentaba que mis ojos no se fueran hasta donde estaba él, pero no lo lograba. En varias ocasiones nuestras miradas se cruzaron, pero yo la desviaba de manera inmediata, mientras él pintaba una sonrisa en sus labios.

Terminamos la comida y pasamos al salón de las copas, que era mucho más pequeño que aquel en el que habíamos comido.

Horas antes, yo me había encargado de la decoración, así como de indicarles a los camareros cómo quería que fuesen las mesas de las bebidas, ya que no veía bien que fueran pasando ellos; mejor que la gente se acercara a pedir lo que le apeteciera.

—Ahora mismo me voy a tomar una copa, ron con limón, a ver si así se me quita el mal cuerpo que se me ha quedado.

—Y yo te pienso acompañar. No es que tenga nada que olvidar, pero no te voy a dejar sola, amiga.

Miré a Camila y solté una carcajada. En ello estábamos cuando la esposa de don Enrique se acercó a nosotras.

—Adriana, quisiera darte las gracias por los consejos que le has dado a mi marido.

—No tiene por qué hacerlo, doña Amelia. Tan solo le he hecho ver algo de lo que ni él mismo se había dado cuenta.

—Vas a salvar mi matrimonio y, por eso, te diré algo que quizás te interese.

—¿A mí? ¿Qué me puede interesar?

—Tienes a Andrés completamente rendido ante tu belleza.

—Sin ánimo de ofender, doña Amelia, creo que se equivoca.

—Uy, si alguien conoce a mi cuñado, esa soy yo. Ha sido mi paño de lágrimas muchas veces, aun sin estar aquí, y me ha confesado muchas cosas. Además, no me digas doña Amelia, si al final vamos a ser cuñadas.

—Ja, ja, ja, no me haga reír, por favor.

—No te rías, lo digo en serio. Así que se acabó eso de hablarnos de usted y del tratamiento de doña.

—No podrá ser posible, entre otras cosas porque no tenemos nada en común…

—Por favor, si sois los dos iguales.

—No sé lo que ha pasado entre mi hermano y tú, pero… ¿sabes lo que le dije el otro día? —dijo don Enrique, que habló detrás de mí.

—Don Enrique, por favor, que me va a matar de un susto.

—Como dice mi esposa, nada de hablarnos de usted. A partir de ahora, soy Kike, no don Enrique.

—Bueno, ¿le vas a decir ya qué le dijiste a tu hermano? —Lo apremió su esposa.

—Ah, eso, pues le dije que mi asistente le iba a gustar, porque era igualita a él, y sigo pensando lo mismo.

—¿Ya estáis rajando de mi persona? —dijo Andrés, que, en cuanto vio que estábamos hablando, no dudó en acercarse.

—Si me disculpáis, voy a ver cómo va todo…

—¿Por qué huyes de mí, Adriana?

—Si en esta sala hay alguien que huye de alguien, ese eres tú.

—¿No me lo vas a perdonar nunca?

—No tengo que perdonar nada, es tan solo tener un poquito de educación que, en tu caso, brilla por su ausencia.

Los dejé allí y me fui hasta donde estaban las bolsitas de los premios, así como el regalo de jubilación de don Manuel.

Don Enrique, porque me negaba a llamarlo Kike, se dirigió a la especie de tarima que tenía la sala, que estaba diseñada para esos eventos, y se acercó al micro.

Dio un pequeño discurso sobre la labor que hacían los empleados, sin cuyo trabajo no estarían donde se encontraban.

Fue nombrando uno por uno a los empleados premiados por su labor y entregando las bolsitas con sus regalos. Todos estaban encantados, pues era la primera vez que se hacía y los presentes fueron de su total agrado.

—Y ahora quisiera nombrar a mi padre, para que suba a este atril.

Don Manuel, extrañado, subió al estrado y abrazó a su hijo, al igual que saludó a los cinco empleados que estaban junto a él.

Don Enrique se aclaró la garganta y continuó con el discurso que tenía preparado para su padre.

—Papá, o don Manuel, como te conocen los empleados, sin ti nada de esto hubiera sido posible. Si estamos en el punto en el que estamos, es por tu gestión y buen hacer.

—No, hijo, si estáis en ese punto es porque siempre hemos estado rodeados de gente muy competente, de empleados que se han dejado la vida como si la empresa fuera suya.

—Sí, pero a esa gente la has elegido tú. Es por ello por lo que queremos darte un pequeño presente, para agradecerte todo y desearte una muy buena jubilación.

Don Enrique le dio a su padre la bolsita de la joyería, mientras todos los mirábamos con admiración.

Andrés estaba en la otra punta del estrado, pues su hermano le había pedido que subiera para presentarlo oficialmente a los jefes de departamento, y no apartaba la vista de mí.

—Y ahora, y sin que ella lo sepa, me gustaría que subiera al estrado la señorita Adriana Ríos, mi asistente personal.

¿Para qué coño me llamaba a mí ahora? A mí, que siempre me gustaba pasar desapercibida, mi jefe me llamaba para exponerme delante de todo el mundo.

En fin, respiré hondo, cogí una bocanada de aire y encaminé mis pasos hasta el estrado, donde me estaban esperando con una sonrisa.

—Adriana, a ti te debo mi vida, porque no sabría hacer nada sin tu organización.

—Es mi trabajo, don Enrique.

—Soy Kike, ya te lo he dicho antes. Pero eso lo hablamos luego. Quiero agradecerte públicamente tu trabajo y no quisiera que te marcharas de aquí sin tu regalo.

Don Enrique le hizo un gesto a su padre, que asintió con la cabeza. Metió las manos en el bolsillo interior de su chaqueta y sacó un sobre.

—Espero que lo disfrutes muchísimo.

Me tendió el sobre y me quedé con la boca abierta. Mi regalo era un viaje a la Riviera Maya para mi mes de vacaciones, con todo incluido, además de un cheque de tres mil euros.

—Esto es demasiado, don Enrique…

—Esto no es ni una mínima parte de lo que te mereces, Adriana.

—No sé qué decir, de verdad.

—Pues no digas nada y disfrútalo muchísimo, con la persona que tú quieras.

De reojo miró a su hermano, que no dudó en acercarse a mí cuando todos me felicitaron y me dieron un abrazo. Pero no lo hizo sin soltar una de las suyas.

—Te imagino en esa playa, en bikini, y me estoy poniendo malísimo.

—Pues tómate un paracetamol, que eso va bien para cualquier tipo de malestar.

Andrés soltó una carcajada, mientras su madre me miraba desde el pie de la tarima y dejaba aparecer una sonrisa en sus labios, como si supiera algo que los demás no sabíamos todavía.