El amor y la madre que lo parió Capítulo 8
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Capítulo 8

Andrés

Había llegado el día de la comida y, para mí, era como si me llevaran al matadero, pues no había nada que me apeteciera menos que pasar la tarde rodeado de gente que no conocía.

Lo único bueno era que ya no vivía en casa de mis padres, pues Agustín me había dejado las llaves el domingo por la noche, y el mismo lunes ya tenía en mi casa a una empresa de limpieza por la mañana y al chico de los muebles por la tarde.

Quedé con mi hermano y mis padres en que nos veríamos directamente en el restaurante, pues así me ahorraba tener que aguantar el discurso de siempre por parte de ellos.

—Buenas tardes, tenemos una reserva a nombre de Serrano Importaciones —le dije al chico de la entrada.

—Sí, los señores Serrano ya están en el interior, puede usted pasar al salón de celebraciones.

Entré y sí, allí estaban mis padres junto a mi hermano, que había acudido con su esposa.

Amelia era una mujer encantadora, que se moría por los huesos de mi hermano, pero a la que él tenía un poco abandonada por el trabajo.

No fueron pocas las veces que, estando en Londres, me hacía una videollamada para contarme sus problemas con Kike y llorar conmigo.

Siempre le aconsejé que hablara con él, que le dijera cómo se sentía, pero ella tenía miedo a que le respondiera que ya no estaba enamorado de ella.

Los estaba viendo y me parecía mentira, pues mi hermano la tenía cogida por la cintura y le decía cosas al oído.

—Ya está aquí la alegría de la familia —dije, al entrar en el salón.

—Yo diría más bien que ya está aquí el payaso de la familia —me dijo Kike, riendo.

—Hermanito, ¿qué te ocurre? ¿Te encuentras bien?

Fui directo a él y le puse la mano en la frente, para ver si tenía fiebre o no. ¿Mi hermano haciendo bromas y riendo?

—No digas tonterías, simplemente, he decidido seguir el consejo de mi asistente y reír más, que es bueno para la salud.

—¿Dónde está esa asistente? Es que la voy a sacar de aquí a hombros, como los toreros.

—Ahora vendrá, está en el otro salón, donde les daremos los premios a los empleados y tomaremos una copa.

—Es una chica estupenda y muy trabajadora —dijo mi padre.

—Además, antes de que vengan los demás, quisiera hablar con vosotros —les dijo mi hermano a mis padres.

—¿Qué ocurre, hijo?

—Pues, en una charla con la señorita Ríos, me dijo que mi mujer estaba muy enamorada de mí, pero también que debía cuidarla más. Y eso voy a hacer, aunque necesito vuestra ayuda.

—Si es para cuidar de los niños, y papá y mamá no pueden, me quedo yo con ellos.

—¿Por qué no íbamos a poder quedarnos con los niños? —preguntó mi madre.

—Yo qué sé, mamá, porque podéis tener una cena o cualquier otro plan.

—Por la felicidad de mis hijos, anulo yo cualquier cosa que tenga en los próximos cien años.

—Bueno, a lo que iba, antes de que lleguen los demás. Me gustaría que os quedarais con los niños este fin de semana. Quiero llevarme a Amelia a un parador rural, en plan romántico.

Amelia me miró con una sonrisa en los labios y lágrimas en los ojos, dándome a entender que por fin mi hermano había reaccionado, pero él no lo interpretó así.

—¿No te apetece hacer esa escapada, Amelia?

—¿Cómo no me va a apetecer? Es un sueño hecho realidad, aunque nos quedáramos encerrados en casa, pero contigo.

—Pensé que, al mirar a Andrés, le estabas pidiendo que te salvara de ese plan.

—No digas tonterías, Kike. Si lo he mirado, ha sido por todas las conversaciones que hemos tenido sobre ti y tu obsesión por el trabajo.

—¿Por qué no me dijiste cómo te sentías?

—Porque me daba miedo que me dijeras que ya no me querías, que querías el divorcio.

Kike se quedó sin saber qué decir ni qué hacer, pero la puerta del salón se abrió y lo salvó, porque entraron todos los empleados invitados a la comida.

Mi hermano me fue presentando a todos, uno por uno, e indicándome a qué departamento pertenecían.

Había varias mujeres que estaban realmente buenas y a las que, en cualquier otro momento, no habría dudado en tirarles los tejos, pero todavía tenía a mi morena metida en la cabeza.

Hasta que no consiguiera quitármela de encima, no iba a ser capaz de estar con nadie más, así que mejor ni me fijaba. Estaba completamente seguro de que se me escaparía su nombre cuando estuviera metido en faena.

Justo íbamos a sentarnos cuando la puerta se abrió de nuevo, y supe que sería la asistente de mi hermano, esa de la que todos hablaban maravillas. Debía de ser una de esas señoras mayores con gafas y moño en la cabeza, así que ni me moví.

—Andrés, ven un momento, por favor, quiero presentarte a mi asistente.

—¿Tiene que ser ahora?

—Sí, tiene que ser ahora y, además, está allí hablando con nuestros padres y con mi mujer.

Dejé la conversación que estaba teniendo con aquella mujer. No recordaba su nombre, pero era del departamento de contabilidad, por lo que me estaba contando.

No es que fuera la conversación más amena de la historia, porque esa mujer era más aburrida que una ameba, pero, a cambio, tenía un generoso escote que me estaba alegrando la vista.

—Andrés, esta es la señorita Ríos, mi asistente personal —dijo mi hermano.

—Encantada, señor Serra… No me lo puedo creer.

—Hombre, Adriana, cuánto tiempo.

No sabía qué decir, os lo prometo. Me quedé de lo más cortado, y eso fue lo único que me salió. Así que me tocó aguantar su desprecio y todo lo que vino después.

—Don Enrique, si me disculpa, creo que ya sé de su hermano todo lo que tenía que saber, y me marcho a mi casa. No me gusta comer con gusanos en la mesa.

—Adriana, yo…

—Tú me dejas en paz y, de paso, te vas a la mierda, con billete de ida, pero no de vuelta.

—¿Se puede saber de qué la conoces y qué le has hecho? —preguntó mi hermano, enfadado.

—Adriana, no es necesario que se marche. Siéntese junto a nosotros, si es tan amable —le pidió mi padre.

—Si me quedo, no es por él, sino por usted, aunque no sé cómo ha podido engendrar dos hijos tan diferentes.

—No soy tan diferente de mi hermano, lista.

—Ah, ¿no? ¿Vamos a jugar ahora a las diez diferencias? Porque, desde ya te digo que, a simple vista, tengo más de veinte.

—Claro, la primera es que él es un sieso y yo no, y utilizo tus propias palabras.

Sé que había metido la pata, no solo por la mirada que me dedicó ella, sino también por la de mis padres, mi hermano e incluso mi cuñada.

En un momento determinado, vi sonreír a mi madre y supe que la había cagado, pero por completo. Ya había elegido a la siguiente candidata y, lo peor, la idea no me desagradaba.

—Ahora sí, será mejor que me marche. Don Enrique, me gustaría aclararle lo que ha dicho su hermano…

—Adriana, a mí no me tiene que explicar nada. La entiendo y sé que, algunas veces, sí que he sido un sieso, por eso no se lo tendré en cuenta. Ahora bien, en un futuro, elija bien a quién le cuenta sus cosas; ya ve que hay mucho bocazas suelto.

La vi marcharse y no pude dejarla salir, así que corrí detrás de ella para evitar que abriera la puerta.

—No es justo que, después de haber organizado todo esto, tengas que marcharte por mi culpa.

—A mí lo que me parece injusto es que, después de todo lo que has dicho y hecho, esa sea tu disculpa.

—Lo siento, tienes razón. No debí decir eso, igual que tampoco debí salir de la habitación del hotel como un ladrón, de madrugada y sin hacer ruido.

—¿Pensabas que te iba a pedir matrimonio? ¿O que te diría de volver a vernos? Para nada, fue un polvo. No te voy a negar que fue bueno, pero hasta ahí.

Escuchar esas palabras de su boca me dolió como si me hubieran dado una patada en la boca del estómago, pero intenté disimularlo.

Lo único positivo de todo eso fue que conseguí que Adriana no se marchara, aunque se sentó en la otra punta de la mesa, lejos de mí.