Capítulo 7
Adriana
Llegó el momento de volver al trabajo. Esa noche, Camila se quedó a dormir en mi casa, y nos fuimos juntas hasta las oficinas.
Bueno, eso lo hacíamos siempre, lo único es que, en esta ocasión, no pasaría por su casa a recogerla, sino que saldríamos directamente desde la mía.
—He hecho café, lo tienes en la cocina.
—Voy, porque esta noche no he dormido muy bien y me vendrá de lujo.
—Claro, tienes que coger fuerzas para enfrentarte a don Enrique.
—Ni que lo digas, ya sabes que, los lunes, está más insoportable que nunca.
—Mira que es joven para estar tan amargado, pero, hija, es lo que toca.
—Mientras no me toque la primitiva…
Soltamos una carcajada y nos fuimos hacia la cocina juntas. Lo que la cabrona no me había dicho era que también había hecho tostadas con mermelada de fresa, porque la mantequilla no nos gustaba a ninguna de las dos.
Menos mal que íbamos con tiempo, porque, aunque me ahorraría el trayecto hasta la casa de Camila, me levanté a la misma hora de siempre.
Desayunamos tranquilamente. Tan tranquilas estábamos que, cuando nos quisimos dar cuenta, si tardábamos cinco minutos más, no llegábamos a la oficina.
—Verás cómo se pone don Enrique como llegue tarde.
—Que no, mujer, verás como llegamos a tiempo.
—Reza todo lo que sepas para que no nos coja ningún atasco de tráfico.
—¿Qué voy a rezar? Si no lo hago desde que hice la comunión, allá por el Pleistoceno.
—Hija, cualquiera que te escuche diría que tienes más años que la palangana de Pilatos.
Camila soltó una carcajada, pero sin pararse, porque, si lo hacía, no llegábamos.
Gracias al cielo, todo se confabuló para que hasta los semáforos nos cogieran en verde.
Entré por la puerta de su despacho a las ocho en punto y ya tenía a don Enrique en mi mesa.
—Espero que este retraso tenga una justificación, señorita Ríos.
—Don Enrique, son las ocho en punto, no he llegado tarde en ningún momento.
—Según mi reloj, son las ocho y cinco. Es lunes y sabes que, precisamente hoy, me gusta tenerte aquí al menos diez minutos antes para repasar juntos la agenda del día y la de la semana.
—Lo siento, pero el coche no arrancaba cuando salí y he tardado un poco más en emprender el camino.
—Está bien, por ser el primer día que te ocurre esto, lo dejaremos ahí. Espero que no se vuelva a repetir. La espero en diez minutos en mi despacho.
—Ahora mismo voy, don Enrique.
Me mordí la lengua, porque era la primera vez que llegaba al trabajo tan justa de tiempo, mientras que fueron muchos los días que eché más de una hora y más de dos después de terminar mi horario.
Encendí el ordenador mientras cogía mi tableta, que estaba sincronizada con la de mi jefe, así como mi bloc de notas para ir anotando lo que me iba indicando.
Respiré hondo y llamé a la puerta del despacho de don Enrique. Sabía que no sería un día fácil, porque, en cuanto se le cruzaban los cables, ya estaba todo el día de morros.
—Adelante, Adriana.
—Don Enrique, lo primero que tenemos hoy es una reunión…
Repasamos la agenda, pero no me estaba haciendo ni puto caso, la verdad. Algo le rondaba la cabeza y, aun corriendo el riesgo de que me mandara a la mierda y me dijera que no era asunto mío, le pregunté.
—¿Se encuentra usted bien, don Enrique?
—Pues, ciertamente, no.
—Si puedo ayudarlo en algo, no dude en decírmelo.
—Es algo complicado, Adriana.
—No quiero pecar de entrometida, pero, a veces, si se desnuda uno emocionalmente con una persona que no conoce, es más fácil.
—He tenido que pedirle ayuda a mi hermano para que venga a la empresa familiar, y ahora no sé si he hecho lo correcto.
—¿Tan petardo es?
—No, todo lo contrario. Es un tío que, a pesar de ser cargante y divertido, es muy trabajador y competente.
—Entonces, ¿dónde está el problema?
—En que es todo lo opuesto a mí, y creo que le gusta a mi mujer.
—Don Enrique, no me lo tome a mal, pero tiene una esposa preciosa y que está locamente enamorada de usted.
—¿De verdad cree eso?
—Sí, pero también le digo que tiene que cuidarla más. No todo es trabajar. Llévela a cenar, a bailar, a pasar un fin de semana romántico.
—¿Y los niños?
—Ellos también necesitan su atención, pero, primero, necesitan a unos padres que tengan una relación sólida. Creo que eso que usted piensa sobre su hermano y su esposa se debe a que él la escucha y puede ser su paño de lágrimas.
—Puede que tenga usted razón, Adriana. Tendría que pedirle otro favor.
—Dígame, si está en mi mano, no dude que lo haré.
—El miércoles es la presentación oficial de mi hermano en la empresa. Cuando se marchó, no estaban los mismos empleados que ahora, y quiero que lo conozcan.
—¿Cuál es mi papel en todo esto?
—La reserva en el restaurante ya está hecha, pero no me apetece tener que estar pendiente del menú y demás.
—¿Quiere que sea yo la que lo elija?
—Quiero que se encargue de todo: del menú, de los regalos para los empleados del mes —le enviaré el listado dentro de un rato— y también de encargar una placa para mi padre por su jubilación.
—Don Enrique, no quiero que me lo tome a mal, pero una placa es lo que se les da a los viejos que ganan un torneo de petanca. ¿Por qué no le encarga mejor un reloj?
—¿A los viejos que ganan un torneo de petanca?
Don Enrique soltó una carcajada. No lo había visto reír así en la vida. Como mucho, aparecía una sonrisita en su boca, nada más.
—Es usted única haciendo comparaciones, Adriana.
—Es que no pienso lo que digo, me sale solo. Lo siento si le ha molestado.
—¿Molestarme? Para nada, me ha hecho muchísima gracia. No dudo de que se va a llevar de maravilla con mi hermano, porque sois los dos iguales.
—Eso espero, porque tener que aguantar a un estirado…
Quise decirle tener que aguantar a otro estirado , pero me callé justo a tiempo. Aunque ahora estuviéramos de confidencias, no podía olvidar que era mi jefe y podía ponerme de patitas en la calle cuando le diera la gana.
Después de eso, me puse en contacto con el restaurante para que me pasara el listado de menús. Elegiría según las indicaciones que me había dado don Enrique.
Al final, me decanté por mezclar dos de ellos, porque de uno me gustaban los entremeses y, del otro, el plato principal. No pusieron ningún inconveniente en hacer los cambios que había pedido.
Si quería tener el reloj listo y grabado para el miércoles, tenía que ir al centro a encargarlo.
Como no me gustaba hacer estas cosas por internet, me levanté para decirle a mi jefe que me marchaba, pues las reuniones ya habían terminado.
—Don Enrique, si no me necesita para nada más, me marcho al centro a por el reloj para su padre.
—Espere un momento, Adriana, le daré el listado de los empleados y así podrá aprovechar para terminar de comprar todos los regalos.
—¿Con qué presupuesto cuento para cada uno?
—No sé, ¿qué tal ve quinientos euros?
—¿Quinientos euros? Con eso le preparo yo un regalo que ríase usted de los escaparates de El precio justo.
Don Enrique volvió a reír, y ya no me parecía tan ogro, la verdad. Era como si se hubiera vuelto más humano, más cercano a todos.
—No se olvide de coger la tarjeta de la empresa. Y coma algo en la calle, por supuesto, pagando con ella.
—Hombre, si no la cojo y tengo que pagar yo con la mía, la comida sería en el Burger King y los regalos, de los chinos de la esquina.
—Adriana, me estoy riendo hoy más con usted que en los últimos cinco años.
—Pues ya sabe, aplíquese el cuento y ría más a menudo, que es muy sano.
—Lo tendré en cuenta, gracias.
Los empleados eran cinco: tres mujeres y dos hombres. Así que, mientras iba de camino al centro, se me ocurrió que, con el presupuesto disponible, me daría para un bono de spa con cena para dos personas y algo de joyería para cada uno.
Avisé a Camila de que estaba en el centro por si quería venirse a comer conmigo, pero me dijo que Lucas iba a recogerla y que luego irían a su casa, así que me tocaría comer sola.
Primero entré en la joyería y encargué el reloj para el señor Serrano: una pieza de diseño único, con un grabado en la parte trasera por su jubilación.
Después pedí dos relojes más, de una gama bastante más baja, por supuesto, y tres pulseras de una firma muy famosa, con colgantes relacionados con sus profesiones.
Aun pagando todo eso, todavía me sobraba bastante dinero para añadir un bono de spa con cena y una cartera de firma para cada uno.