Capítulo 6
Andrés
Cuando abrí los ojos y la vi ahí, en la cama, bocabajo y completamente desnuda, con su pelo extendido a lo largo de la almohada, me asusté.
No por ella, no por su cuerpo, que más perfecto no podía ser, ni siquiera por la noche que habíamos pasado, sino por lo que me hizo sentir en ese momento.
Me levanté rápidamente de la cama, como si me hubieran puesto un resorte. No miré ni la hora, cogí mi ropa, me vestí y salí de allí como los toros de Miura, sin decir ni adiós y sin mirar atrás.
¿Sería posible que, en una sola noche, esa mujer me hubiera cautivado? ¿A mí, que siempre decía que no me engancharía nunca a una mujer?
No, no podía ser eso. Quizás estaba confundido por la manera en la que habíamos conectado en el tema sexual, o porque era tan parecida a mí que me descolocaba.
Cuando salí del hotel y miré el reloj, me di cuenta de que eran las seis y media de la mañana.
Si hubiera tenido mi casa, me habría dado igual entrar a esa hora, pero, en casa de mis padres, podría darles un susto de muerte.
No me marché. Me senté en el interior de una cafetería que había frente al hotelito, junto al local del que habíamos salido la noche anterior, y que estaba abierta.
—Un café con leche, por favor.
—Ahora mismo, caballero. Si quiere, puede ocupar una mesa, que ahora mismo se lo llevo.
—Gracias.
Mi primer pensamiento fue tomarme el café y marcharme, pero no lo hice. Me mantuve ahí, sentado, hasta que la vi salir.
Lo lógico habría sido salir de allí, darle una explicación o, al menos, inventarme una buena excusa, pero no lo hice. No podía, si no quería que mi corazón y mi salud mental se vieran comprometidos.
Cuando ya estuvo fuera del alcance de mi vista, me levanté y pagué lo que había consumido, que fueron dos cafés con leche y un desayuno completo.
Paré un taxi que pasaba por allí y le di la dirección de la casa de mis padres. Estuve pensando en cogerme algo para las dos semanas que me faltaban hasta que la obra estuviera terminada, pero se me ocurrió una cosa mejor.
—Caballero, si no le importa, lléveme mejor a esta otra dirección.
—Como usted quiera, señor.
Le di el domicilio de mi casa, donde estarían los obreros con la reforma, pues empezaban a las ocho y terminaban a las dos.
—Hola, señor Serrano, ¿qué le trae por aquí?
—Hola, Agustín, y solo Andrés, por favor, que el señor Serrano es mi padre.
—Bueno, pues nada, Andrés, ¿qué se te ofrece?
—Venía para hacerte una propuesta. Si, en vez de dos semanas, lo hacéis en una, os pago el doble.
—¿Lo dices en serio?
—Por supuesto. Tú no sabes lo que es vivir con mis padres a esta edad.
—Espera un momento, que hablo con los chicos.
Los llamó al salón, donde yo me encontraba revisando todos los cambios. Lo cierto era que estaba quedando precioso, con materiales de primera calidad y un lujo que no estaba al alcance de cualquiera.
—Tendríamos que hablar con la comunidad. Si nos dejan trabajar hasta las nueve y media de la noche, parando una hora para comer, podríamos tenerlo listo a mediados de la semana que viene.
—No te preocupes por eso, que de la comunidad me ocupo yo. Empezad con el horario nuevo y mañana mismo os adelanto otra parte del dinero.
—Gracias, Andrés, porque, además del beneficio económico que nos va a suponer, como la siguiente reforma no la tenemos que empezar hasta dentro de tres semanas, podríamos descansar esos días.
—Entonces, ganamos todos, Agustín.
Salí de mi casa y fui a buscar al administrador de la finca que, al plantearle lo que me habían sugerido los albañiles, no me puso ningún inconveniente.
—Andrés, el problema sería que quisieran trabajar por la noche, pero, hasta las diez, pueden hacer todo el ruido que quieran.
—No, hombre, si fuera de noche, ya me habría encargado yo de decirles que no.
—Nunca hemos tenido problemas contigo ni con los inquilinos que han vivido aquí los últimos años, así que pierde cuidado. Cuanto antes terminen, antes estarás viviendo aquí.
—No lo dudes, porque estoy deseando que eso suceda. Aguantar a unos padres a mis años no está pagado, ni para ellos ni para mí.
Me despedí del administrador dándole las gracias y marqué de nuevo el teléfono de Agustín, para que estuvieran tranquilos, porque nadie les iba a llamar la atención.
—Agustín, todo en orden, podéis empezar con el nuevo horario.
—Gracias, Andrés, procuraremos dejar los martillazos y los ruidos para la mañana y evitar el horario de la siesta.
—Muy considerado por tu parte, aunque no creo que nadie duerma en ese edificio, en el que casi todos somos ejecutivos.
—Te llamo el martes por la tarde para darte las llaves. Ve buscando los muebles nuevos.
—Los muebles ya están mirados y comprados, a la espera de que yo les avise para que los lleven.
—Pues nada, diles que el miércoles ya los pueden traer.
Soltamos una risa, yo por la manera en la que lo había dicho, y él porque me vio tan desesperado por tener mi casa que no dudó en adelantarlo incluso un día.
Al llegar a casa de mis padres, vi que eran pasadas las tres de la tarde y que me estaban esperando para comer.
—Andrés, te agradecería que, si no vas a venir a comer, nos avisaras antes —dijo mi madre.
—Es que sí vengo a comer, lo que ocurre es que se me ha hecho tarde.
—Pues no será trabajando, porque todavía no has pasado por la oficina —replicó mi padre.
—No, por la oficina, como tú dices, no tengo que ir hasta dentro de dos semanas. He pasado por el ático a ver cómo seguían las reformas.
—¿Te quedarás aquí hasta que te lo terminen?
—Sí, pero tan solo serán unos días. El martes por la tarde me darán las llaves.
—Perfecto, porque el miércoles tenemos una comida de empresa para que los empleados más cercanos te conozcan.
—Vamos, la ilusión de mi vida, una comida de trabajo.
—No seas irónico, Andrés. Tendrás que darte a conocer antes de ocupar tu puesto y que todo el mundo sepa de quién se trata.
—Si lo dices así, lo que parece es que quieres que todo el mundo me tema en la oficina, papá.
—No confundas el temor con el respeto, hijo.
—La mayoría de las veces van de la mano, papá.
—No digas tonterías. A tu hermano lo respetan y no lo temen.
—Hasta que abre la boca y empieza a echar broncas. Si ya le temían cuando estabas tú allí, imagínate ahora.
—Es el líder, y una persona con las responsabilidades que tiene tu hermano necesita imponerse y conseguir que los empleados no se les suban a las barbas.
—Pues parece que eso mismo es lo que hace en su casa, porque tan solo le hace falta mirar a los niños para que estos tiemblen.
—No puedes juzgar a tu hermano en su faceta de padre. Cuando tengas hijos, sabrás que no siempre podemos permitir que se salgan con la suya.
—Ya, pero tampoco se puede consentir que se le maneje la vida a su antojo.
—Bueno, dejemos este tema, o, al final, terminaremos enfadados.
—Sí, mejor, que tengo hambre y sueño.
—Cómo no vas a tener sueño, si no has pasado por aquí en toda la noche…
—Mamá, por favor, no empieces.
—Ni empiezo ni termino, Andrés, que ya tienes una edad.
—Por eso mismo, porque ya tengo una edad, estoy en plenas facultades para manejar mi vida como quiera. Ahora vamos a comer.
La chica del servicio, a la que no conocía porque era nueva, empezó a servirnos el primer plato, que era una sopa calentita, de esas que apetecían mucho con el día que se había puesto.
Terminé de comer y, automáticamente, subí a mi habitación. Me di una ducha y me puse ropa cómoda.
En Londres, me habría puesto un pijama, pero en casa de mis padres eso estaba terminantemente prohibido. Como mucho, un chándal de algodón, y aun así solían poner mala cara.
Me tumbé en la cama y cogí el portátil, pues quería ver el correo electrónico, a ver si tenía algo importante de la empresa.
Lo único que me encontré fue la convocatoria para la comida de trabajo, el miércoles a las tres, en un restaurante del centro, en la que se pedía a los empleados máxima puntualidad.
Eso era lo que más me jodía, que no les habían preguntado si tenían otros planes. Al fin y al cabo, no se iba a realizar en su horario laboral, sino fuera de él, y muchos tenían pareja e hijos.