El amor y la madre que lo parió Capítulo 5
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Capítulo 5

Adriana

El baile me había puesto cardíaca y me notaba de lo más mojada. Definitivamente, este hombre tenía todas las papeletas para complicarme la vida, pero no iba a darle vueltas ahora, porque, entre otras cosas, mi cabeza no estaba para pensar en nada que no fuera tenerlo dentro de mí.

Salimos de allí como las balas y, después de decirle que no quería ir a mi casa, entramos en un hotelito que había enfrente.

El ascensor fue el primer testigo de nuestro encuentro, pues no pudimos quedarnos quietos, y nuestras manos se empeñaron en reconocer el cuerpo del otro.

Nuestros labios se buscaban como si estuviéramos sedientos y encontráramos en la boca del otro el mejor de los manantiales.

Llegamos torpemente hasta la puerta de la habitación. Digo torpemente porque no podíamos separarnos, aunque nos empezábamos a quedar sin aire.

—Abre la puerta ya, o te lo hago en el pasillo.

—Joder, no me digas eso, que no voy a durar ni un minuto.

Le dio una patada a la puerta en cuanto estuvimos dentro, con la intención de cerrarla lo antes posible.

En pocos minutos, ya nos encontrábamos los dos desnudos. Me empujó suavemente hasta dejarme caer en la cama.

Me miró como el que mira la mejor de las obras de arte, cuando, en realidad, lo que estaba viendo era a una mujer normal, con sus kilitos de más, pero eso no implicaba el más mínimo de los complejos.

—Dios, Adriana, eres preciosa.

—Me tienes a punto, no hace falta que digas cosas que no sientas.

—Créeme, si no lo sintiera, no te lo diría.

Se situó entre mis piernas e hizo lo que me había adelantado en el local. Fue besando mi cuerpo a lo largo y ancho, hasta que llegó a mi monte de Venus, donde se recreó bastante.

Decir que llegué al orgasmo enseguida sería exagerar, porque creo que, en la segunda pasada de su lengua por mi clítoris, ya estaba gritando de placer y sacudiéndome por el orgasmo que me había atravesado.

Andrés me miró con una sonrisa de suficiencia en la boca, como si hubiera hecho una hazaña épica, y yo levanté una ceja a modo de interrogante.

No quería romper lo que había nacido entre nosotros, ese deseo, y lo dejé pasar. Ya luego le explicaría el motivo por el que me había corrido de inmediato.

Andrés cogió un preservativo de su cartera, se lo colocó y me penetró de una fuerte estocada que me hizo gritar de nuevo.

No era lo que yo había pensado, no era que llevara tanto tiempo sin sexo que cualquier cosa que me hiciera me hubiera hecho explotar de placer.

Ese hombre sabía cómo hacerlo, cómo tocarme para que mi cuerpo fuera por libre, y pensaba disfrutarlo hasta que nos quedaran fuerzas.

No fue la única vez que tuvimos sexo esa madrugada, tanto con penetración como sexo oral, que yo también le practiqué a él en la ducha.

Terminé completamente agotada y caí rendida en la cama, con él abrazado a mi espalda.

Cuando abrí los ojos, estaba sola en la habitación. Toqué su lado de la cama y lo noté frío, señal de que no se había levantado hacía poco tiempo.

Miré a ver si estaba en el baño, pero nada, no había señales de vida de Andrés en toda la habitación.

No esperaba que me pidiera matrimonio, ni siquiera que me dijera de vernos en otra ocasión, pero, al menos, esperaba que me dijera adiós, y eso me cabreó, muchísimo.

Me di una ducha y me vestí para salir de allí y entregar la llave, pues la teníamos reservada hasta las doce de la mañana y eran las once y cuarto.

Por suerte, no tenía el coche aparcado muy lejos, así que me fui andando hasta el aparcamiento. Me vino bien que el frío de ese día me diera en la cara, porque así me despejaba.

Miré el teléfono y tenía dos llamadas perdidas y un mensaje de Camila, así que entré a leer lo que me decía y le contestaría. Cuando estuviera en casa, tranquila, ya la llamaría.

Camila: Amiga, supongo que te habrás ido con Andrés. Yo me marcho a casa de Lucas, cuando me levante, te llamo. Pásalo bien.

Adriana: Voy camino de mi casa, ya te contaré. Si no quieres llamarme, vente a casa y allí hablamos tranquilamente. Te quiero.

Metí las llaves en el contacto del coche y arranqué. No sé ni cómo hice el camino, porque, cuando me di cuenta, ya estaba abriendo la verja de mi casa y entrando por ella.

Dejé mi coche aparcado bajo el techado y entré en mi casa. Nunca me había sentido mejor que en ese momento, porque allí dentro no era necesario que mantuviera la fachada que mantenía en la calle.

Desde pequeña, la rabia y el enfado los había gestionado muy mal y, de la única manera en la que lo conseguía, era metiéndome bajo la ducha y soltándolo todo a modo de lágrimas.

Me desnudé y entré en mi ducha, donde me desahogué como necesitaba. Ahora, después de eso, venía el momento de bajón.

—¿Por qué tengo tan mala suerte? ¿Por qué tengo que fijarme siempre en los hombres que me van a hacer más daño?

Todo eso me lo pregunté mirándome al espejo, con las últimas lágrimas cayendo por mis mejillas.

El día se mimetizó con mi estado de ánimo y se puso negro, empezando a llover de manera abrupta y repentina.

Me puse mi pijama gordito, mis calcetines, y me senté en el sofá con la televisión encendida, pero sin estar viendo nada realmente.

—Adriana, ¿estás bien?

—¿Cuándo has llegado?

—Hace un rato, pero te he visto tan concentrada que no he querido molestarte.

—Camila. ¿Tendré algo malo que me impide ser feliz?

—¿De qué coño estás hablando, loca?

—Se ha marchado y no me ha dicho ni adiós.

—¿No era eso lo que querías? ¿No decías que tan solo era sexo?

—Sí, pero me ha molestado tanto que se marchara como un vulgar ladrón…

—Chica, no te pongas en lo peor. Lo mismo ha tenido una urgencia.

—Sí, la urgencia de huir de mí antes siquiera de que abriera los ojos.

—Anda, no digas tonterías. Piensa tan solo en una cosa. ¿Te lo has pasado bien? ¿Has disfrutado de la noche?

—Sí, en eso no tengo ninguna queja, me ha hecho gritar de placer hasta casi perder la voz.

Camila me miró con una sonrisa, y supe que a ella le había pasado lo mismo, pero con una diferencia.

Mi amiga había empezado algo con Lucas. No sabía si era serio o no, pero al menos tenía continuidad. En mi caso, yo no tenía su teléfono y apenas sabía de él más que su nombre: Andrés.

Como yo misma había dicho antes, no es que quisiera volver a quedar, pero sí quería tener algún contacto, aunque fuera como amigos.

Decidí desterrar esa idea y hacerle caso a mi amiga: quedarme con lo bien que me lo había hecho pasar y, si te he visto, no me acuerdo.

Miré el reloj y eran más de las cuatro de la tarde. Ni Camila ni yo habíamos comido todavía, así que, mientras ella se cambiaba de ropa, yo me fui a la cocina.

Por suerte para nosotras, el día anterior había hecho lasaña para toda la urbanización, y aún quedaba mucho más de la mitad.

La tenía metida en el horno, así que tan solo tenía que calentarla y poner la mesa.

Cuando mi amiga salió, ya estaba todo listo para que pudiéramos comer. Yo terminaba de hacer una ensalada para compartir y complementar el almuerzo con la lasaña.

—¿Sabes que te quiero mucho y que no me gusta verte así?

—Yo también te quiero mucho y no dudes de que se me pasará en unos días.

—Me siento culpable. Si no te hubiera insistido en venir, no estarías ahora en estas condiciones.

—Anda ya, loca. Ha pasado porque tenía que pasar y, siendo sincera, tampoco ha sido como para ponerme en este estado. Simplemente, me ha cogido bajita de forma.

—De forma estás estupenda, no hay más que verte.

—Sí, sobre todo con el pijama y el moño en el pelo. Vamos, para una portada de revista de moda estoy.

—Hasta si te pusieras un saco, seguirías estando buenísima.

Solté una carcajada mientras negaba con la cabeza y llevaba la ensalada a la mesa. Camila había servido el refresco y ya estaba sentada, comiendo pan calentito que ella misma había traído.

Durante la comida hablamos de todo lo que teníamos que hacer a lo largo de la semana y, cuando revisé la agenda de mi jefe, casi me caigo de culo.

—A mí me acaban de poner una comida el miércoles. La ilusión de mi vida, vamos.

—Bueno, siempre te puedes recrear la vista con don Enrique, porque no me negarás que bueno está un rato.