El amor y la madre que lo parió Capítulo 4
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Capítulo 4

Andrés

Cuando llegué al restaurante en el que mi amigo me había dicho que habían quedado, Lucas ya se encontraba en la puerta.

—Ven aquí, cabronazo.

—Joder, eso sí que es una buena bienvenida.

Nos fundimos en un fuerte abrazo, pues hacía muchos meses que no nos veíamos, al menos no en persona.

—Anda, entremos y, mientras viene mi chica con su amiga, nos tomamos una cervecita.

—Sí, por favor, que me muero de sed.

Nos pusimos a hablar de lo que nos había sucedido en esos meses, y también de cómo había sido mi llegada y mi relación con mis padres.

Nos encontrábamos inmersos en esa conversación cuando escuchamos unas risas y, al volverme, me quedé casi sin reaccionar.

Venían de dos mujeres preciosas, pero una más que otra. Le pedí al cielo que la chica de mi amigo fuera la rubia, porque la morena me había llamado muchísimo la atención.

La rubia era preciosa, no lo voy a negar, pero la morena era completamente mi tipo.

No era demasiado delgada, pero tampoco es que estuviera gordita. Tenía las curvas donde debía tenerlas, además de un pecho turgente que se asomaba tímidamente por el escote de su vestido.

Tengo que reconocer que la escaneé de arriba abajo, recorriendo con mi mirada todo su cuerpo, y tuve que apartarla, o terminaría duro como una piedra.

—Mira, ahí viene mi chica. Desde ya te digo que, a la rubia, ni mirarla.

—¡Gracias, Dios mío!

Lucas me miró, sin saber a qué me refería, hasta que vio cómo me acercaba a la morena.

Era bonita, pero, además, era muy interesante, porque no era una mujer que se anduviera por las ramas, sino de lo más clara y divertida, con un humor irónico muy parecido al mío.

El peor momento llegó a la hora del postre, cuando la escuché gemir al probar el chocolate y mi amiguito reaccionó.

Me removí en el asiento, y ella, que se dio cuenta de lo que había provocado en mí, en vez de poner remedio, lo hizo todavía peor.

¿Me quedé callado? Para nada. Si ella me había puesto cardíaco, ahora era mi turno de hacerlo yo, y lo conseguí.

Cuando la vi abanicándose, pinté en mi cara una sonrisa de lo más pícara. No sabía si me iba a acostar con ella esa noche, pero lo que sí sabía era que lograría tenerla en mi cama más pronto que tarde.

—¿Qué os parece si nos vamos a tomar una copa aquí cerca? —preguntó Lucas.

—Por mí, no hay problema. Todo depende de la señorita escapista, si necesita huir o se quiere quedar —respondí, mientras la miraba directamente.

—Contra todo pronóstico, y pronto te darás cuenta del motivo, me apetece quedarme y tomar esa copita, fíjate.

—¿No decías que no ibas a beber porque tenías que coger el coche? ¿Lo vas a dejar aquí aparcado?

—No, seguiré bebiendo sin alcohol. No me hace falta para divertirme, chaval.

—Esa es mi amiga —dijo Camila, riendo.

Salimos de allí, y tenía claro que la iba a poner todavía peor de lo que estaba, aunque eso me costara tener que masturbarme cuando llegara a casa.

Para ello, tenía que conseguir que fuéramos a uno de los locales que tuviera pista de baile, a ser posible, con música latina.

Iba a aprovechar mi situación, el hecho de que acababa de llegar de Londres y que no quería música en inglés, para conseguirlo.

—Solo quiero que haya pista de baile y que la música no sea en inglés. Por favor, os lo pido, que ya estoy harto de eso.

—Bueno, podemos ir al local latino que hay en la calle de atrás. Adriana y yo solemos ir a menudo —dijo Camila.

¡Bingo! Eso indicaba que le gustaría la opción, ya que no era nada nuevo para ella.

Entramos en el local que había dicho Camila y el ambiente no podía ser mejor. La música sonaba al volumen adecuado para que no tuviéramos que gritar si manteníamos una conversación, pero se podía bailar perfectamente.

Había gente, pero no estaba abarrotado hasta el punto de no poder moverse o de resultar agobiante.

—Mira, allí hay una mesa libre, vamos —dijo Camila.

—Yo no sé vosotros, pero yo no me pienso quedar sentado toda la noche —respondí.

—Vaya, el inglesito nos ha salido bailarín —ironizó Adriana.

—¿No te gusta bailar?

—A mí me encanta. Pero antes vamos a tomarnos algo, que estoy seca, y luego te demuestro cómo se baila salsa, chavalote.

—Te tomo la palabra, aunque no sé quién le va a demostrar a quién cómo se baila.

—Eso habrá que verlo.

Nos retamos con la mirada, y no solo por el baile, porque estaba claro que, detrás de todo esto, había un pulso entre nosotros, una tensión sexual que, aunque no estaba resuelta, lo estaría muy pronto.

Yo me pedí un whisky con hielo, al igual que Lucas, ya que, cuando salíamos, era lo que tomábamos. Las chicas se pidieron un San Francisco cada una, porque Camila decía que, después de las dos copas de vino que se había tomado en el restaurante, no quería beber más.

Empezó una canción de Marc Anthony que me encantaba, y no me lo pensé. La cogí de la mano y me la llevé a la pista.

«Y volar, volar tan lejos

Donde nadie nos obstruya

El pensamiento

Volar, volar sin miedo

Como palomas libres

Tan libres como el viento»

La pegué a mi cuerpo, de manera que notara cómo mi miembro iba cogiendo cuerpo y dureza, y la vi coger una fuerte bocanada de aire varias veces.

La giré y la pegué a mi pecho, de manera que la parte baja de su espalda quedara a la altura de mi entrepierna, mientras mi mano reposaba en su vientre y hacía círculos con la cintura.

Lo que ella no sabía era que, cuando yo era pequeño, mi madre me llevaba con ella a sus clases de bailes de salón. Al final terminé bailando de todo, porque me encantaba hacerlo.

Tres años estuve en clases de baile, y dominaba la salsa, que era lo que más me gustaba bailar.

No negaré que, en otras ocasiones, había utilizado eso para atraer y conseguir que una mujer se metiera en mi cama, porque había perdido la cuenta de las veces que lo había hecho.

Pero, en este caso, no era solo que quisiera meterme entre sus piernas. Con ella era algo diferente, aunque todavía no había descubierto qué era.

No quería separarme de ella, quería seguir sintiendo su cuerpo junto al mío, su calor y su sensualidad, porque sensual era un rato, y tenía unas caderas que me llamaban.

—Dios, Adriana, me estás poniendo cardíaco.

—A ver si te vas a pensar que yo soy de piedra, guapo.

—Pues eso tiene fácil solución…

No me contestó, pero me dio igual, porque el hecho de que dejara caer su cabeza en mi pecho me indicó que ella estaba en el mismo estado que yo.

Empecé a besar su cuello mientras nos mecíamos con la música y a susurrarle cosas al oído. En un momento determinado, Adriana giró la cabeza y me dio acceso a sus labios.

La fui llevando hasta una columna que teníamos cerca y que nos daría algo más de privacidad.

Cuando la tuve donde quería, me lancé a su boca, mientras mis manos se situaban en sus caderas y apretaba mi cuerpo contra el suyo.

—¿Qué es lo que quieres, Andrés?

—Uf, ahora quedaría estupendamente decirte que lo que tú quieras, pero sería mentira.

—No me gustan las mentiras, y necesito saber lo que quieres de mí.

—Quiero desnudarte, recorrer tu cuerpo con mi boca hasta que te corras en ella. Quiero que me pidas que te folle como nunca antes lo ha hecho nadie y hacerlo hasta que grites mi nombre… ¿Sigo?

—No, mejor hazlo.

Eso fue todo lo que necesitamos para salir de allí cagando leches. Ni siquiera le dijimos adiós a nadie, sino que, como las chaquetas estaban en el guardarropa de la entrada, las cogimos y nos marchamos.

—No te propongo ir a mi casa porque todavía está de reforma, pero, si no quieres ir a la tuya, podemos buscar un hotel.

—Sí, será lo mejor, porque mi hogar es mi refugio y no me gusta llevar allí a los tíos con los que me acuesto.

—Vamos.

La cogí de la mano y cruzamos la calle. Antes de entrar al local de copas me había fijado en un hotelito con encanto, y no me apetecía esperar más ni dejar que se enfriara la cosa.

Pedimos una habitación, que pagué yo, por supuesto, y subimos en el ascensor. No era de cinco estrellas, ni mucho menos, pero sí nuevo y limpio, y con eso nos bastaba.

No perdimos el tiempo y, nada más entrar en el ascensor, nos comimos a besos.