El amor y la madre que lo parió Capítulo 3
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Capítulo 3

Adriana

Aparqué el coche lo más cerca de la puerta del restaurante que pude, como si tuviera que salir corriendo en cualquier momento.

Mi cara tampoco era la ideal para una cita a ciegas, no os voy a mentir en eso, porque me incomodaba muchísimo.

Me daba igual que fuera guapo o feo; lo único que le pedía al destino era que no fuera uno de esos tipos gilipollas que miran a los demás por encima del hombro.

—Por favor, sonríe un poquito, aunque sea mentira.

—Sonreiré cuando me salga solo, no por imposición. Ya sabes que el falserío no va conmigo.

—Sí, hija, lo tengo claro desde hace mucho tiempo.

—Pues ya sabes. Y, si no estás conforme, no haberme traído.

Sabía que estaba siendo un poquito antipática, pero es que a mí estas encerronas no me gustaban.

Camila trabajaba en la misma empresa que yo, pero ella como secretaria del jefe de Recursos Humanos, por lo que nos veíamos a menudo, sobre todo cuando yo tenía tiempo para desayunar y no había ninguna reunión preparada para esa hora.

Entré y, por mi amiga, puse una sonrisa, ya que tampoco quería quedar como la antipática amiga de Camila. Además, el chico que salía con ella me caía bien.

Lo encontramos en la barra, riendo, junto al hombre más increíblemente guapo que había visto en mi vida.

Era moreno, con una nariz y unos labios que incitaban a mirarlos, por no decir a pasar la lengua por ellos sin ninguna prisa.

Sus ojos eran de un color gris, mezcla entre azul marino y negro, que se te clavaban en el alma, y tenía un cuerpazo como pocos había visto.

—Adriana, vuelve a la tierra, que te has quedado ahí, medio alelada.

—De medio nada, hija, alelada entera. Vaya maromo el amigo de tu chico.

—Sí, es guapito el chaval.

—¿Guapito? Es un bombonazo que me comía yo hasta sin quitarle el papel, chavala.

—Pues ya sabes, ataca y te das una alegría para el cuerpo, que hace mucho que no te das ninguna.

—Bueno, todavía no sabemos cómo es, lo mismo es un gilipollas de cuidado.

—Chica, que te lo vas a tirar, no le vas a pedir que te dé un discurso.

—Pues también es verdad.

Ambas soltamos una carcajada que hizo que los dos giraran la cara para mirar de dónde venían esas risas.

La mirada de ese hombre se endureció y se mostró envuelta en deseo. Lo que no sabía era si lo había provocado yo o lo había hecho mi amiga.

—Mira, aquí están mi chica y su amiga —dijo Lucas.

—Hola, chicos —dijo Camila, dándole un beso en los labios a Lucas.

—Andrés, ellas son Camila, mi chica, y su amiga, Adriana.

—Encantado, chicas.

Andrés se acercó a nosotras y nos dio dos besos, pero, cuando llegó a mí, y en un susurro para que no lo escuchara nadie, me dejó unas palabras.

—Yo hubiera preferido que me saludaras como Camila lo ha hecho con mi amigo.

—Sigue soñando, chavalote.

Andrés soltó una carcajada que me provocó una sonrisa. Venía con una actitud muy negativa, pero, después de conocer a semejante personaje, tuve claro que me lo iba a pasar pipa.

—Veo que el amigo de Lucas te ha caído bien, o no tendrías esa sonrisa pintada en la cara.

—No puedo decir si me ha caído bien o mal, porque no hemos cruzado más de dos palabras, la verdad.

—Entonces, ¿por qué sonríes?

—Camila, el amigo de tu chico tiene más cara que un álbum de cromos de fútbol.

Mi amiga empezó a reírse, y los chicos, al vernos reír, no dudaron en preguntarnos.

—¿De qué os reís? —preguntó Lucas.

—Mejor no quieras saberlo —contestó mi amiga.

—Claro que queremos saberlo. Venga, id desembuchando. —Nos alentó su amigo, pensando que era algo sobre su físico, algún comentario de esos que te elevan el ego.

—Pues nada, yo te lo cuento. Le estaba diciendo a mi amiga que tú tienes más cara que una tienda de caretas.

Lucas soltó una risotada que nos contagió a todos, mientras que Andrés me miraba con la boca abierta, pero con una sonrisa en los ojos.

Nos indicaron la mesa que teníamos reservada y nos acompañaron hasta allí para tomarnos nota de las bebidas que íbamos a pedir.

—Yo quiero un refresco de cola sin azúcar, por favor.

—¿Eso es lo que vas a tomar? —me preguntó Andrés, extrañado.

—Sí, he traído el coche y no bebo nada de alcohol cuando tengo que conducir.

—¿Para qué lo has traído?

—Por si me caías mal y tenía que salir corriendo.

—No será verdad eso.

—Claro que sí, no te miente. Si te digo que ha aparcado en el hueco más cercano a la puerta que ha encontrado…

—Vamos, que no lo ha metido en la cocina porque le iban a oler los asientos a refrito —dijo Andrés.

Todos empezamos a reírnos, porque eso era lo mismo que yo había pensado antes de aparcar, y mi amiga lo sabía.

A la hora de pedir la comanda de la comida, nos decidimos por un menú degustación para cuatro, que consistía en varias raciones para compartir.

—Joder, esta carne asada está de lo más sabrosa —dijo Andrés.

—Claro, como que tú te has hartado en Londres de fish and chips , y ya no te acordabas de cómo sabía esto —contestó Lucas.

—Ni que lo digas, amigo. No hay nada como la comida española, y la andaluza, mucho más.

—¿Has estado en Londres? ¿A qué te dedicabas? —pregunté, porque lo cierto era que me estaba gustando su manera de ser y quería saber más de él.

—Sí, durante cinco años. Allí era asesor financiero, lo mismo que haré ahora, solo que en la empresa familiar. ¿Y tú? ¿A qué te dedicas?

—Pues soy asistente personal de un alto ejecutivo de una empresa grande, y tengo un jefe que está tan bueno como sieso es.

—No me digas que tu jefe es uno de esos estirados que te miran por encima del hombro.

—No tanto como eso, pero sí que es la persona más recta y seria que he conocido en mi vida. Además, ni se te ocurra equivocarte, porque los gritos se escuchan desde la recepción.

—Tiene que ser un coñazo no ir a gusto al trabajo.

—No, si yo voy a gustísimo, lo que pasa es que me llevaba mejor con su padre, que era más comprensivo y amable.

—¿Cuánto tiempo llevas trabajando allí?

—Desde que me gradué en la universidad. Hice allí mis prácticas y, como la asistente de dirección se marchaba de la ciudad, el jefe me planteó que me quedara.

—Bueno, supongo que será cuestión de acostumbrarse al nuevo jefe.

—A ti te va a pasar lo mismo, a no ser que tu jefe en Londres fuera uno de esos que te dan carta blanca.

—Exactamente así era John, y eso mismo le he pedido a mi hermano, que no quiero horarios ni reglas. Si algún día no me apetece salir de casa, pues teletrabajaré.

—¡Tócate los huevos! Eso es lo que queremos todos.

—Hombre, preferiría que me los tocaras tú, pero todo se andará.

—Como te dije antes, sigue soñando, chavalote.

Nuestros amigos nos miraban a los dos, para luego mirarse entre ellos. La sonrisa que Camila puso no me gustó nada, porque ya se estaba imaginando cosas que no sucederían nunca, y así se lo hice saber.

—No pongas esa cara, porque no va a pasar nada de lo que estás pensando.

—Claro que no, tú vas a ser la vieja de los gatos de tu urbanización.

—Ni eso, ya sabes que soy alérgica a los pelos de los animales.

Camila soltó una risotada que me contagió, negando con la cabeza.

Llegó el momento del postre y, desde lejos, vi que la mayoría eran de chocolate, mi vicio oculto. Bueno, oculto no, que me ponía púa comprando en el supermercado.

—Veo que te gusta el postre, te han hecho los ojos chiribitas —me dijo Andrés.

—No lo sabes tú bien, chaval.

Cogí una pequeña porción de tarta de selva negra y, al meterme la primera cucharada en la boca, no pude evitar que se me escapara un gemido.

Vi cómo Andrés se tensaba e intentaba acomodarse en la silla. ¿Me reprimí? En absoluto, lo volví a hacer un par de veces más, siendo consciente de lo que estaba provocando en él.

—Preciosa, que no soy de piedra.

—Pues ya sabes, come chocolate, que dicen que es el sustitutivo del sexo.

—Nada puede sustituir eso. Como mucho, incluirlo en el lote.

De repente, a mi mente vino la imagen de ese hombre cubierto de chocolate y yo limpiándolo a lametazos, y me entró un calor que me tuve que abanicar.

Definitivamente, este hombre sería un gran problema para mí, por eso lo mejor sería evitarlo en futuras ocasiones, porque terminaría con las bragas calcinadas.